Sobre las costumbres de los campesinos viejos
Llega el día en que la aspirina no es remedio para los dolores de la edad. Todos, absolutamente, debemos transitar ese peregrinaje, si las estadísticas deciden incluirnos; es como una procesión en la que el ateo y el creyente se convierten en activos feligreses. Un porcentaje enorme de la población envejece y otro porcentaje enorme de la población nace, crece y envejece también. Durante los años invencibles de la juventud, nos sentimos imbatibles y hacemos frente al mundo, venga como venga, sin pensar en el mañana. Pero el reumatismo corroe nuestros huesos y con él nos llega el paso lento y todo el peso de los achaques que son inevitablemente propios de la edad adulta.
En las áreas urbanas, el anciano tiene aceras y farmacias y hasta elevadores, por lo menos, pero en nuestros campos, los caminos o las trochas de la juventud no cambian y deben ser el paso obligatorio tanto de la planta del infante, que aprende a caminar, como del anciano que camina lento y con tres piernas (una que ahora empuña dentro de la cuenca de su mano).
Allá en el Norte de Penonomé, en áreas como Boca de la Mina, Boca de Tulú, U Centro, Sagrejá, Oajaca, Pozo Azúl, Limón y otros, me ha tocado ver a ese anciano que alguna vez fue joven y que hizo su morada hace generaciones, con el esfuerzo propio, al pie de la colina, cruzando la quebrada, al fondo muy profundo de los valles quebradizos, donde el agua serpentea y se congrega. Para llegar allí el pulmón se expande y se contrae con esfuerzo y, sin embargo, el campesino, anciano ahora, hace a diario sus ascensos para llegar hasta el camino del poblado. Por lo general vive en lo que podemos considerar un paraíso, con cinturones verdes de naturaleza y aves por doquier, habitando la morada aquella que, aún siendo pobre, nos habla del orgullo de quienes construyen con sus propias manos lo que es suyo. En muchos de estos lugares tan hermosos de nuestra campiña, el campesino viejo vive así, como atrapado por el tiempo. Cocina en su fogón de leña, alimentado por la estaca seca que tuvo que cortar y recoger con esas manos que, siendo jóvenes un día, hoy las entumece la dolencia de los huesos. Todavía hace largas caminatas, llevando a sus espaldas el cañizo de los viejos tiempos, que es una mochila improvisada y dura, que se hunde en un anclaje incómodo de las costillas, empuñando su vara de naranjillo para sostenerse y balanceando el peso frágil de los años con sacos de naranja o mandarina. Sube y baja por esas cuestas endiabladas, pero hermosas, y recuerda con nostalgia aquellos años jóvenes, cuando ni la espalda ni rodilla le dolían. Reubicarlos hacia áreas más urbanas, sería como adelantarles la caída del reloj biológico que portan. Tenemos que llegar a ellos sin ningún otro remedio, mientras que a sus descendientes se les llegue a reeducar en las ventajas de vivir más cerca el poblado, porque no hay eterna juventud ni en ellos ni en nosotros.