Sobre las obras públicas
Superado felizmente el momento histórico en que la estulticia y la incultura garantizaban un mullido lecho ecológico en el ecosistema de las obras públicas (al igual que en otros sectores socioeconómicos), resulta una tontería subrayar la importancia de la percepción sensible de la obras públicas. Tal es su presencia, su escala, su condición envolvente de la vida humana, que hoy nos resulta intelectualmente anodina la discusión que estuvo vigente hasta bien entrados los años "90, sobre la necesidad de devolver a la ingeniería civil sus características más antropológicas, que a modo de condición de contorno última validan la utilidad y el valor definitivo de las obras.
La historia de la percepción sensible de las grandes - y pequeñas - obras sobre el territorio es la de una tradición que, más que otras, fue aparcada por la ilustración, a pesar de los esfuerzos de Kant por explicar la subjetividad y lo que está mas allá -o más acá- de la razón.
La mediocridad y la corrección política, exhibidas como valores democráticos, han sustituido a la incultura y sus amigos en el tribunal que decide cuánta inteligencia y sensibilidad hay que poner en cada proyecto y obra para que éstos sean percibidos, y sentidos, por la ciudadanía como algo bueno y bello que inmediatamente pasa a formar parte de sus vidas.
Hay que tener cuidado con aquellos que intentan enfrentar inteligencia y sensibilidad, que no son sino las dos caras de la misma moneda. Y en el que niegue a cualquiera de las dos, en el que quiera escindirlas, separarlas, partirlas por la mitad, hay que reconocer a la madre falsaria del juicio de Salomón. Al falso jugador que siempre quiere jugar la misma partida, al que quiere vivir siempre el mismo día, y repetir hasta la saciedad los mismos ejercicios esperando que siempre merezcan el mismo premio.
Siempre pretendió la mejor ingeniería civil que su tarea fuera "ajustar" la naturaleza a nuestras legítimas necesidades. Así, a la contemplación de la naturaleza debemos remitirnos para encontrar nuestros cánones. De la naturaleza natural y también de la naturaleza humana, con sus arborescencias culturales arracimadas sobre las ciudades.
La contemplación de la causalidad inexorable de los fenómenos naturales nos permite descubrir lo sublime a través de la belleza de lo siniestro. Contrariamente, cuando lo siniestro se cruza con los frutos de la razón da lugar, sencillamente, al horror. En los tiempos que corren, a los ingenieros y arquitectos sólo la belleza nos acerca a la excelencia; eso y la propia raíz semántica de la palabra construir. El horror sin belleza de las bombas y la destrucción que promueven son el antónimo de nuestro mundo (la construcción).
No renunciemos nunca a transmitir con nuestras obras bondad y belleza, cada uno según sus posibilidades, pues así nos mantendremos alejados del horror.
La historia de la percepción sensible de las grandes - y pequeñas - obras sobre el territorio es la de una tradición que, más que otras, fue aparcada por la ilustración, a pesar de los esfuerzos de Kant por explicar la subjetividad y lo que está mas allá -o más acá- de la razón.
La mediocridad y la corrección política, exhibidas como valores democráticos, han sustituido a la incultura y sus amigos en el tribunal que decide cuánta inteligencia y sensibilidad hay que poner en cada proyecto y obra para que éstos sean percibidos, y sentidos, por la ciudadanía como algo bueno y bello que inmediatamente pasa a formar parte de sus vidas.
Hay que tener cuidado con aquellos que intentan enfrentar inteligencia y sensibilidad, que no son sino las dos caras de la misma moneda. Y en el que niegue a cualquiera de las dos, en el que quiera escindirlas, separarlas, partirlas por la mitad, hay que reconocer a la madre falsaria del juicio de Salomón. Al falso jugador que siempre quiere jugar la misma partida, al que quiere vivir siempre el mismo día, y repetir hasta la saciedad los mismos ejercicios esperando que siempre merezcan el mismo premio.
Siempre pretendió la mejor ingeniería civil que su tarea fuera "ajustar" la naturaleza a nuestras legítimas necesidades. Así, a la contemplación de la naturaleza debemos remitirnos para encontrar nuestros cánones. De la naturaleza natural y también de la naturaleza humana, con sus arborescencias culturales arracimadas sobre las ciudades.
La contemplación de la causalidad inexorable de los fenómenos naturales nos permite descubrir lo sublime a través de la belleza de lo siniestro. Contrariamente, cuando lo siniestro se cruza con los frutos de la razón da lugar, sencillamente, al horror. En los tiempos que corren, a los ingenieros y arquitectos sólo la belleza nos acerca a la excelencia; eso y la propia raíz semántica de la palabra construir. El horror sin belleza de las bombas y la destrucción que promueven son el antónimo de nuestro mundo (la construcción).
No renunciemos nunca a transmitir con nuestras obras bondad y belleza, cada uno según sus posibilidades, pues así nos mantendremos alejados del horror.