Sobre lecciones olvidadas
El empeño norteamericano por lograr que Naciones Unidas rechace categóricamente la "flagrante falta de cooperación" del gobierno de Irak con los monitores enviados por el organismo internacional, no ha logrado vencer una enorme resistencia. Tanto en Occidente como en el mundo árabe, la perspectiva de una guerra inminente en el Medio Oriente despierta una gran inquietud y múltiples interrogantes.
Sin embargo, resulta sorprendente para los analistas políticos que esa resistencia sea encabezada por Alemania.
Desde 1945, Berlín ha sido uno de los principales aliados e interlocutores europeos más confiables de Estados Unidos. Apartándose de ese antecedente, el gobierno alemán cuestiona abiertamente la necesidad y oportunidad de iniciar una guerra. Hasta aquí, Alemania (y en menor medida, Francia) se convirtió en "vocero" de quienes ven como precipitada y arbitraria la escalada militar de Washington en la región.
El canciller alemán Gerhard Schroeder expresó con claridad: "con o sin aprobación de Naciones Unidas, no participaremos de una coalición militar contra Irak." Resulta oportuno recordar que Alemania no sólo se desempeña como miembro rotativo del Consejo de Seguridad (ONU), sino que además aspira en un futuro a convertirse en miembro permanente del cuerpo. A pesar de ello, según la perspectiva alemana, la pertenencia al máximo organismo no genera la obligación de implementar sus decisiones. Este tema ha repercutido fuertemente en la opinión pública europea.
El año pasado, Schroeder basó toda su estrategia electoral en un rechazo rotundo a la pretensión norteamericana, manipulando con fines políticos el grave conflicto para asegurarse la reelección. Su coalición gobernante (integrada por socialdemócratas y ecologistas) dice estar motivada por una clara vocación "pacifista." Sin embargo, ciertos comportamientos en el Medio Oriente sugieren objetivos menos altruistas.
Según los informes presentados por Irak a Naciones Unidas, 150 compañías extranjeras contribuyeron a desarrollar su programa armamentístico, químico y biológico. De ese total, "80 son empresas alemanas." Esto indica que Berlín (hoy enrolado en un pacifismo a ultranza) consintió durante años la agresiva presencia de sus empresarios en Irak, fortaleciendo militarmente uno de los regímenes más brutales de la región.
Esa transferencia de tecnología, equipos y conocimientos puso en manos de un déspota impredecible una enorme capacidad bélica. Permitió a Bagdag disponer de los medios para fumigar con químicos a la población civil kurda del norte del país, una práctica innegablemente genocida. También facilitó a Hussein atacar al ejército de Irán con gases tóxicos (prohibidos por las convenciones internacionales), durante la guerra que envolvió a ambos países entre 1980 y 1988.
Los cuerpos desfigurados de los jóvenes (y en muchos casos niños) combatientes iraníes testimonian el horror hecho posible con aportes tecnológicos alemanes y de otros países de Occidente.
El último medio siglo de historia de Alemania continúa proyectando sombras sobre su realidad política. Esto resulta evidente en el diseño de la política exterior y de defensa.
De la destrucción feroz de todo un continente a causa del militarismo desenfrenado del Tercer Reich (1933-1945) y el legado del Holocausto se desprenden dos claras lecciones: el rechazo del armamentismo y el expansionismo irracional. Lamentablemente, esas enseñanzas parecen perder su fuerza orientadora cuando entran en juego los intereses económicos de las grandes corporaciones.
Resulta paradójico y alarmante que la democracia alemana, renacida de los escombros de uno de los regímenes más opresivos del siglo XX, haya consentido que sus empresas armaran a un genocida como Hussein. La preocupación de Berlín por preservar la paz es legítima.
También lo es el llamado internacional a insistir en la negociación para solucionar el conflicto. Sería importante que ese llamado también fuera hecho en el ámbito interno: los empresarios alemanes parecen haber olvidado algunas lecciones históricas.
Sin embargo, resulta sorprendente para los analistas políticos que esa resistencia sea encabezada por Alemania.
Desde 1945, Berlín ha sido uno de los principales aliados e interlocutores europeos más confiables de Estados Unidos. Apartándose de ese antecedente, el gobierno alemán cuestiona abiertamente la necesidad y oportunidad de iniciar una guerra. Hasta aquí, Alemania (y en menor medida, Francia) se convirtió en "vocero" de quienes ven como precipitada y arbitraria la escalada militar de Washington en la región.
El canciller alemán Gerhard Schroeder expresó con claridad: "con o sin aprobación de Naciones Unidas, no participaremos de una coalición militar contra Irak." Resulta oportuno recordar que Alemania no sólo se desempeña como miembro rotativo del Consejo de Seguridad (ONU), sino que además aspira en un futuro a convertirse en miembro permanente del cuerpo. A pesar de ello, según la perspectiva alemana, la pertenencia al máximo organismo no genera la obligación de implementar sus decisiones. Este tema ha repercutido fuertemente en la opinión pública europea.
El año pasado, Schroeder basó toda su estrategia electoral en un rechazo rotundo a la pretensión norteamericana, manipulando con fines políticos el grave conflicto para asegurarse la reelección. Su coalición gobernante (integrada por socialdemócratas y ecologistas) dice estar motivada por una clara vocación "pacifista." Sin embargo, ciertos comportamientos en el Medio Oriente sugieren objetivos menos altruistas.
Según los informes presentados por Irak a Naciones Unidas, 150 compañías extranjeras contribuyeron a desarrollar su programa armamentístico, químico y biológico. De ese total, "80 son empresas alemanas." Esto indica que Berlín (hoy enrolado en un pacifismo a ultranza) consintió durante años la agresiva presencia de sus empresarios en Irak, fortaleciendo militarmente uno de los regímenes más brutales de la región.
Esa transferencia de tecnología, equipos y conocimientos puso en manos de un déspota impredecible una enorme capacidad bélica. Permitió a Bagdag disponer de los medios para fumigar con químicos a la población civil kurda del norte del país, una práctica innegablemente genocida. También facilitó a Hussein atacar al ejército de Irán con gases tóxicos (prohibidos por las convenciones internacionales), durante la guerra que envolvió a ambos países entre 1980 y 1988.
Los cuerpos desfigurados de los jóvenes (y en muchos casos niños) combatientes iraníes testimonian el horror hecho posible con aportes tecnológicos alemanes y de otros países de Occidente.
El último medio siglo de historia de Alemania continúa proyectando sombras sobre su realidad política. Esto resulta evidente en el diseño de la política exterior y de defensa.
De la destrucción feroz de todo un continente a causa del militarismo desenfrenado del Tercer Reich (1933-1945) y el legado del Holocausto se desprenden dos claras lecciones: el rechazo del armamentismo y el expansionismo irracional. Lamentablemente, esas enseñanzas parecen perder su fuerza orientadora cuando entran en juego los intereses económicos de las grandes corporaciones.
Resulta paradójico y alarmante que la democracia alemana, renacida de los escombros de uno de los regímenes más opresivos del siglo XX, haya consentido que sus empresas armaran a un genocida como Hussein. La preocupación de Berlín por preservar la paz es legítima.
También lo es el llamado internacional a insistir en la negociación para solucionar el conflicto. Sería importante que ese llamado también fuera hecho en el ámbito interno: los empresarios alemanes parecen haber olvidado algunas lecciones históricas.