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Sobre medidas de seguridad que afectan


Hace poco más de tres décadas, una llamada urgente llegó a mi teléfono en la redacción del New York Times. Una voz palpablemente agitada me informaba que las autoridades de inmigración de Estados Unidos impedían la entrada al novelista mexicano Carlos Fuentes, por considerar que "era o fue" miembro del Partido Comunista.
Uno de los tantos aspectos curiosos de ese episodio es que Fuentes, el escritor mexicano nacido en Panamá, ni estaba en uno de los aeropuertos de Nueva York ni tampoco en la cercana Nueva Jersey, sino que lo mantenían encerrado en una nave anclada en San Juan, Puerto Rico, donde iba en tránsito de España al puerto mexicano de Veracruz.
La llamada la hizo su editor Roger W. Straus Jr., presidente de Farrar, Straus & Giroux, una de las editoriales más prestigiosas de Estados Unidos.
Hasta el día de hoy no sé cómo Roger logró que el propio Fuentes se comunicara conmigo, pero los resultados de esa conversación fueron una nota de primera plana en el New York Times, un editorial el día siguiente protestando el decreto ley que fue utilizado para impedir entrada al país a "sospechosos" de tener vínculos con las izquierdas y, finalmente, una severa reprimenda a las autoridades por parte del senador William Fulbright, el célebre presidente de la comisión de Relaciones Exteriores, en una entrevista telefónica que me concedió desde su oficina en Washington.
A raíz de ese episodio, Fulbright promovió un decreto ley para que una vez que un destacado artista extranjero recibía un visado para entrar a Estados Unidos, ese documento podía ser usado para múltiples entradas. Ese reglamento acaba de ser sobreseído por las medidas de seguridad adoptadas contra el terrorismo por el gobierno de Bush. Demás está decir que Fuentes no es ni nunca fue comunista.
En ese período, el Departamento de Estado también había impedido el ingreso a Estados Unidos del gran flautista italiano Severino Gazzelloni quien, a los 16 años, se había inscripto por un breve tiempo al Partido Comunista italiano, que entonces estaba encabezado por una junta totalmente opuesta al stalinismo. Lo único que lograron era incurrir en la ira de los amantes de música que periódicamente llenan la famosa sala de Carnegie Hall en Nueva York, ya que Gazelloni murió pocos años después sin jamás haber podido actuar "en vivo" en Estados Unidos, donde hacía tiempo se vendían sus grabaciones.
Estos episodios regresaron vivamente a mi memoria la pasada semana cuando se anunció la muerte de Straus, que acababa de cumplir 87 años.
Una necrología que ocupó una página entera del New York Times lo caracteriza de "el impertinente noble que presidió por casi seis décadas sobre una casa editorial que lleva su nombre, como el último sobreviviente de una era de editoriales independientes, cuyos dueños eran caballeros de excelentes criterios literarios [a diferencia de las numerosas editoriales que fueron absorbidas por las grandes corporaciones y multinacionales].
La amistad que se creó entre Straus y Fuentes también tuvo importantes consecuencias para la vida literaria de Estados Unidos y Latinoamérica. Gracias a la influencia de Fuentes, Straus contrató numerosas novelas de autores latinoamericanos. Entre ellos figuran Cabrera Infante, Cortazar y Lezama Lima, además de Fuentes.
Como dijo el columnista Verlyn Klinkenborg del New York Times, "lo más importante para el mundo editorial es sostener un criterio de excelencia, que fue precisamente la gran contribución de Roger.W. Straus, Jr ."
Una cosa es tomar medidas preventivas contra terroristas que pretenden quebrar la paz y la seguridad de un país. Completamente otra es que una sociedad abierta y democrática permita que el temor y las sospechas lo lleven a adoptar medidas que no sólo afectan su reputación internacional sino que tampoco pueden ser demasiado efectivas si uno considera las ilimitadas oportunidades que un terrorista en serio tiene para llevar adelante sus atentados. No todos los terroristas viajan por avión ni necesariamente optan por el ingreso a Estados Unidos por los puestos de acceso en las fronteras. Tanto hacia México como a Canadá hay bosques, lagos, y hasta miles de kilómetros de desierto que eluden la vigilancia de las "migras" y los helicópteros.

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