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Sociedad civil y afrolatinos


La ciudad de Nueva York ha sido desde siempre la gran puerta de entrada a Estados Unidos, por la cual ingresaron oleadas sucesivas de inmigrantes procedentes de los rincones más distantes del planeta. Este flujo humano incesante que enriquece su geografía urbana, economía, cultura y tejido social constituye una de sus características más sobresalientes. Entre los numerosos grupos que contribuyeron y continúan aportando a la grandeza de Nueva York se encuentran los Afrolatinos -puertorriqueños, panameños, dominicanos, hondureños y colombianos, entre otros- quienes tanto forman parte activa de la vida de la ciudad, como mantienen fuertes vínculos con sus patrias de origen.
Dado este antecedente, resultó oportuna la elección de Nueva York como sede de la conferencia de la Organización Negra Centroamericana (ONECA). El encuentro fue realizado entre los días 7 y 8 de septiembre y convocó a líderes, dirigentes y activistas comunitarios afro-descendientes de Honduras, Panamá, Nicaragua, Costa Rica, Belice, Estados Unidos y Guatemala. Durante dos jornadas marcadas por presentaciones, debates e intercambios, los participantes analizaron la situación actual de las comunidades negras en Centroamérica y los Estados Unidos.
Se estima que en nuestros países los afrolatinos superan los 160 millones de personas, constituyendo aproximadamente el 29 por ciento de la población total de Latinoamérica. Sin embargo, esa formidable fuerza numérica no logra aún incidir en aquellos espacios de discusión e implementación de las políticas públicas que afectan a las mismas comunidades. Como fue resaltado en la conferencia, los indicadores sociales y económicos que exhiben los afrolatinos (constituyen el 50 por ciento de los pobres de toda la región), posicionan a la minoría dentro del segmento poblacional más vulnerable. Este cuadro de marginación se traduce en un limitado acceso a los servicios de salud, asistenciales, culturales, educacionales o formativos y de capacitación laboral básicos. El caso del SIDA es particularmente alarmante: a la falta de campañas preventivas que informen a los jóvenes afrodescendientes, debemos agregar la escasez de programas que provean cobertura, tratamiento y atención a quienes han sido infectados. Esta realidad tiene un impacto muy fuerte en la comunidad Garifuna de Centroamérica.
A la problemática de salud, debe sumarse una exigua o inexistente representación política en los distintos estamentos de gobierno que aliena la participación cívica y electoral de los afro-descendientes. Desde el punto de vista cultural, el desconocimiento o desinterés por parte de la sociedad en general acerca de la herencia cultural africana desalienta el mantenimiento de sus tradiciones, folklore y en algunos casos de las lenguas propias. La escasa o nula visibilidad colectiva del grupo contribuye a consolidar esta postergación. Todos estos factores, combinados y entrelazados, están presentes a lo largo del continente recreando un fenómeno eminentemente transnacional o "interamericano".
Frente a este diagnóstico, corresponde preguntarse: ¿Cuál es la función o responsabilidad de la sociedad civil organizada de cada uno de los países involucrados? La labor de educación y abogacía llevada adelante por las mismas organizaciones representativas afrolatinas, tales como ONECA, ODECO (Honduras), Respuesta Afropanameña (Panamá), Mujeres Afrocostarricenses (Costa Rica), Organizaciones Garifuna de Guatemala (Guatemala) entre otras, ha provocando un cambio de actitud en los formadores de políticas públicas en los espacios de decisión política. Lentamente, las organizaciones internacionales, los organismos multilaterales y los gobiernos comienzan a reconocer la necesidad de insertar a los afrodescendientes en las sociedades latinoamericanas. Sin embargo, la tarea recién se ha iniciado. Corresponde ahora que las organizaciones no gubernamentales asuman un verdadero liderazgo como voceros activos de este movimiento integrador. Sólo un esfuerzo mancomunado que enlace a la comunidad internacional, el sector público o gubernamental, el sector privado y las ONGs estará en condiciones de llevar a delante los cambios culturales, sociales y legales que integren efectivamente a los afrolatinos. La sociedad civil tiene la palabra.
Agregó que no les ha quedado otra alternativa que inyectar todo el ganado para intentar controlar en parte el problema, porque todas las noches alrededor de 24 animales son mordidos, desangrándose algunos, mientras otros resisten más tiempo.
La procedencia de los murciélagos se desconoce. De acuerdo con Carrillo, éstos tienen la capacidad de consumir litros de sangre.
Por su parte, un menor de 16 años, residente también en el distrito de Gualaca, comentó que su abuelo y él fueron atacados por estos animales hace algún tiempo, mientras dormían, a esos de las 3:00 a.m.
Indicó que se dieron cuenta del suceso al amanecer, porque nunca se despertaron cuando eran mordidos.
Explicó que las mordeduras se registraron en el dedo índice del pie izquierdo, donde el menor y su abuelo perdieron una considerable cantidad de sangre. Los animales entraron por la ventana de la casa.
Mientras tanto, en Darién se registraron casos de rabia selvática en 1996, cuando tres indocumentados colombianos fallecieron, producto de mordeduras de los hematófagos, cuando intentaban ingresar a Panamá.
Los dos que lograron llegar con vida a las instancias de salud, para recibir atención médica, aunque tarde, declararon que otro compañero había fallecido con síntomas similares a los que ellos presentaban y que habían sido mordidos en los pies por murciélagos vampiros.

101 años de Panamá América

 
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