Sociedad globalizada y anarquía mundial
Los Estados nacionales han dejado de ser la máquina impulsora de la economía. La sociedad de naciones está en crisis. La economía y la sociedad se han globalizado, sin que haya sido reemplazado el gobierno estatal por uno mundial. Esas son señales de los tiempos que ni ríos de llanto pueden aliviar, ni la pollera clientelista de los alquimistas de la política puede ocultar.
Un desconocimiento casi absoluto de lo anteriormente expresado es lo que induce a políticos y tecnócratas panameños a reconocer, con una candidez que ronda en la ignorancia, como legítimas las relaciones económicas y financieras impuestas por un puñado de países a través de su brazo coercitivo denominado "Grupo de Acción Financiera" (GAFI). En ese contexto se inscribe también el reciente razonamiento de un distinguido Legislador de la República quien, aunque cuenta chistes, ésta no parece ser otra de sus payadas: solicitó públicamente a la mandataria Mireya Elisa Moscoso Rodríguez, separar a Panamá de la OEA. El pedido del diputado panameñista se fundamenta en que el ente regional sí pudo presionar a la Presidenta para que aceptara refugiar al asesor del presidente peruano Alberto Fujimori, sin embargo, no ha mediado para que el país salga de la "lista negra" donde fue incluido por el organismo brujo GAFI, por mandato expreso de la también bruja institución, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), integrada por los 19 países más ricos del mundo.
Unde malum. El mal proviene de no haber sometido a un debate profundo, el fenómeno conocido como globalización, que incide en la vida política, económica y social de todos los pueblos del orbe. En Panamá, a mediados de la década de los noventa del siglo y milenio pasado, y bajo el auspicio del gobierno de turno, portavoz del neoliberalismo criollo, se "vendió" la idea del carácter irreversible y unívoco del capitalismo salvaje. Es decir, que sólo por la vía del neoliberalismo podía el país incorporarse a la nueva economía. Como ocurre en el presente con el GAFI y la OCDE, instituciones erigidas al margen del derecho internacional por los 19 Estados delincuentes globales; también en el pasado reciente, sin información, sin debate nacional, poniendo de lado a la sociedad civil; se impuso la versión nativa del capitalismo salvaje, responsable primario de la debacle socio-económica. Y que se entienda bien claro, no se está insinuando, siquiera, retrotraer el país a las vivencias de hace diez años. Se trata de promover el más amplio y democrático debate sobre el presente y futuro de la nación, en el marco de una sociedad y economía globalizada.
En otras palabras, así como a nivel nacional la discusión debe traducirse en un nuevo contrato social, ésta también debe ser impulsada en el ámbito regional y mundial. Cuidado que, contrario a lo ocurrido con la administración pasada, el gobierno puede informar a los panameños que además del modelo neoliberal, coexiste una visión económica con rostro humano que propone convertir la revolución de la información y la tecnología un instrumento de desarrollo del ser humano. Que si bien, la sociedad se ha mundializado y la economía globalizado, las reglas del juego financiero establecidas por los 19 Estados que se han arrojado el papel de gendarmes fiscales del planeta, son espúreas e inmorales. Validez que sólo proporciona el consenso democrático de todos los pueblos y naciones de la tierra. Que esto ocurra porque los economistas que se mueven en las alturas del poder, en dichos países imperialistas, profesan un amor lujurioso por el mercado y todo lo reducen a una lógica primitiva, brutal, excluyente y deshumanizada.
¿Qué hacer ante esta encrucijada mundial? Primero, entender algunos dogmas económicos que determinan el accionar de la banda de los 19. Por ejemplo, para los economistas y tecnócratas de estos países, la seguridad jurídica la proporciona el mercado. Ello significa, y los panameños podemos darlo por seguro, que si Panamá, en vez de tener poco menos de tres millones de habitantes, tuviese un mercado como el de Brasil con más de 150 millones de habitantes, o proclamado un país paria como Taiwan, excluido de la ONU y apenas reconocido por una veintena de pequeños Estados del Africa y Centroamérica, pero con 23 millones de personas que venden y compran miles de millones de dólares anuales al mundo, aunque fuera un paraíso fiscal, no hubiese sido incluido en la arbitraria lista del GAFI.
En síntesis, lo que se propone no es desandar el reloj de la historia, enarbolando banderas de nacionalismos trasnochados. De lo que se trata, es de identificar adecuadamente el momento que se vive. Porque como bien anunciara Víctor Hugo, "ninguna fuerza del mundo puede detener una idea cuya hora ha llegado". Para los panameños ha llegado la hora de la unidad nacional. Ha llegado la hora de transformar los foros regionales y mundiales, llámese OEA, ONU, etc., en voceros de un nuevo orden económico y social, basado en la justicia y la equidad. Vivimos, pues, el amanecer del internacionalismo de los pueblos y la solidaridad de los excluidos.
Un desconocimiento casi absoluto de lo anteriormente expresado es lo que induce a políticos y tecnócratas panameños a reconocer, con una candidez que ronda en la ignorancia, como legítimas las relaciones económicas y financieras impuestas por un puñado de países a través de su brazo coercitivo denominado "Grupo de Acción Financiera" (GAFI). En ese contexto se inscribe también el reciente razonamiento de un distinguido Legislador de la República quien, aunque cuenta chistes, ésta no parece ser otra de sus payadas: solicitó públicamente a la mandataria Mireya Elisa Moscoso Rodríguez, separar a Panamá de la OEA. El pedido del diputado panameñista se fundamenta en que el ente regional sí pudo presionar a la Presidenta para que aceptara refugiar al asesor del presidente peruano Alberto Fujimori, sin embargo, no ha mediado para que el país salga de la "lista negra" donde fue incluido por el organismo brujo GAFI, por mandato expreso de la también bruja institución, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), integrada por los 19 países más ricos del mundo.
Unde malum. El mal proviene de no haber sometido a un debate profundo, el fenómeno conocido como globalización, que incide en la vida política, económica y social de todos los pueblos del orbe. En Panamá, a mediados de la década de los noventa del siglo y milenio pasado, y bajo el auspicio del gobierno de turno, portavoz del neoliberalismo criollo, se "vendió" la idea del carácter irreversible y unívoco del capitalismo salvaje. Es decir, que sólo por la vía del neoliberalismo podía el país incorporarse a la nueva economía. Como ocurre en el presente con el GAFI y la OCDE, instituciones erigidas al margen del derecho internacional por los 19 Estados delincuentes globales; también en el pasado reciente, sin información, sin debate nacional, poniendo de lado a la sociedad civil; se impuso la versión nativa del capitalismo salvaje, responsable primario de la debacle socio-económica. Y que se entienda bien claro, no se está insinuando, siquiera, retrotraer el país a las vivencias de hace diez años. Se trata de promover el más amplio y democrático debate sobre el presente y futuro de la nación, en el marco de una sociedad y economía globalizada.
En otras palabras, así como a nivel nacional la discusión debe traducirse en un nuevo contrato social, ésta también debe ser impulsada en el ámbito regional y mundial. Cuidado que, contrario a lo ocurrido con la administración pasada, el gobierno puede informar a los panameños que además del modelo neoliberal, coexiste una visión económica con rostro humano que propone convertir la revolución de la información y la tecnología un instrumento de desarrollo del ser humano. Que si bien, la sociedad se ha mundializado y la economía globalizado, las reglas del juego financiero establecidas por los 19 Estados que se han arrojado el papel de gendarmes fiscales del planeta, son espúreas e inmorales. Validez que sólo proporciona el consenso democrático de todos los pueblos y naciones de la tierra. Que esto ocurra porque los economistas que se mueven en las alturas del poder, en dichos países imperialistas, profesan un amor lujurioso por el mercado y todo lo reducen a una lógica primitiva, brutal, excluyente y deshumanizada.
¿Qué hacer ante esta encrucijada mundial? Primero, entender algunos dogmas económicos que determinan el accionar de la banda de los 19. Por ejemplo, para los economistas y tecnócratas de estos países, la seguridad jurídica la proporciona el mercado. Ello significa, y los panameños podemos darlo por seguro, que si Panamá, en vez de tener poco menos de tres millones de habitantes, tuviese un mercado como el de Brasil con más de 150 millones de habitantes, o proclamado un país paria como Taiwan, excluido de la ONU y apenas reconocido por una veintena de pequeños Estados del Africa y Centroamérica, pero con 23 millones de personas que venden y compran miles de millones de dólares anuales al mundo, aunque fuera un paraíso fiscal, no hubiese sido incluido en la arbitraria lista del GAFI.
En síntesis, lo que se propone no es desandar el reloj de la historia, enarbolando banderas de nacionalismos trasnochados. De lo que se trata, es de identificar adecuadamente el momento que se vive. Porque como bien anunciara Víctor Hugo, "ninguna fuerza del mundo puede detener una idea cuya hora ha llegado". Para los panameños ha llegado la hora de la unidad nacional. Ha llegado la hora de transformar los foros regionales y mundiales, llámese OEA, ONU, etc., en voceros de un nuevo orden económico y social, basado en la justicia y la equidad. Vivimos, pues, el amanecer del internacionalismo de los pueblos y la solidaridad de los excluidos.