Soldados en la frontera México-E.U.
La presión migratoria de México hacia Estados Unidos ha sido tan grande que este último país ha probado de todo para detenerla, sin éxito alguno. Patrullas diurnas y nocturnas, cercas y alambres de púas, vigilancia por satélite, sofisticadas alarmas electrónicas, infrarrojos y demás. Todo ha sido inútil.
Otro intento fracasado fue el de la represión legislativa descarada, abiertamente discriminatoria. Empezó suprimiendo el idioma español en las escuelas públicas, para luego evolucionar hacia inequitativas reglas que privaban o entorpecían el goce de servicios de salud, enseñanza y similares en perjuicio de inmigrantes.
Las mismas leyes migratorias fueron endurecidas para restringir el efecto piramidal, es decir, para limitar las circunstancias en que un inmigrante legalizado pueda traer a sus parientes desde el extranjero. Se llegó a extremos curiosos, como el hecho de que hijos recién nacidos pudieran permanecer en el país, más no así sus progenitores.
Hubo asimismo verdaderos campos de concentración y juicios sumarísimos de inmediata expulsión. También se formaron grupos paramilitares civiles, encargados de patrullar la frontera y deportar inmigrantes ilegales por la fuerza. Pero la corriente migratoria siguió incontenible. Hay 33 millones de hispanos legales en Estados Unidos; y si a ellos se le sumaron los no legalizados, la cifra podría andar por los 45 millones.
El proceso tiene sin embargo connotaciones trágicas, cuando la ilegal industria que promueve la migración clandestina termina virtualmente asesinando a sus clientes, abandonándolos a su suerte en vastos desiertos, o sometiéndolos a travesías que les cuesta la vida a manos de ríos profundos y caminos sin ventilación.
En los 90 se encomendó al Ejército la responsabilidad de taponar la frontera. Pero la iniciativa cobró víctimas en gente que no hacía más que buscar empleos donde se los ofrecían, porque de eso se trata, de trabajo barato que se requiere en duras faenas agrícolas en los estados del sur y medioeste, porque igual que la esclavitud, la explotación de inmigrantes era riqueza. Pero la muerte a tiros de un joven de 18 años, Ezequiel Hernández, a manos de una patrulla de infantería de marina desató críticas que forzaron a abolir la absurda medida. Un soldado está entrenado para matar a un enemigo tan pronto lo tenga en la mira, no para pedir la vida a nadie.
Ahora, quieren volver a lo mismo. La Cámara de Representantes de Estados Unidos ha aprobado reimplantar otra vez el empleo de soldados para patrullar la frontera, so pretexto de combatir "el narcotráfico y el terrorismo". Por fortuna, es necesario que el Senado haga lo mismo, lo que hace no perder la esperanza de que la disparatada iniciativa sea finalmente rechazada.
Otro intento fracasado fue el de la represión legislativa descarada, abiertamente discriminatoria. Empezó suprimiendo el idioma español en las escuelas públicas, para luego evolucionar hacia inequitativas reglas que privaban o entorpecían el goce de servicios de salud, enseñanza y similares en perjuicio de inmigrantes.
Las mismas leyes migratorias fueron endurecidas para restringir el efecto piramidal, es decir, para limitar las circunstancias en que un inmigrante legalizado pueda traer a sus parientes desde el extranjero. Se llegó a extremos curiosos, como el hecho de que hijos recién nacidos pudieran permanecer en el país, más no así sus progenitores.
Hubo asimismo verdaderos campos de concentración y juicios sumarísimos de inmediata expulsión. También se formaron grupos paramilitares civiles, encargados de patrullar la frontera y deportar inmigrantes ilegales por la fuerza. Pero la corriente migratoria siguió incontenible. Hay 33 millones de hispanos legales en Estados Unidos; y si a ellos se le sumaron los no legalizados, la cifra podría andar por los 45 millones.
El proceso tiene sin embargo connotaciones trágicas, cuando la ilegal industria que promueve la migración clandestina termina virtualmente asesinando a sus clientes, abandonándolos a su suerte en vastos desiertos, o sometiéndolos a travesías que les cuesta la vida a manos de ríos profundos y caminos sin ventilación.
En los 90 se encomendó al Ejército la responsabilidad de taponar la frontera. Pero la iniciativa cobró víctimas en gente que no hacía más que buscar empleos donde se los ofrecían, porque de eso se trata, de trabajo barato que se requiere en duras faenas agrícolas en los estados del sur y medioeste, porque igual que la esclavitud, la explotación de inmigrantes era riqueza. Pero la muerte a tiros de un joven de 18 años, Ezequiel Hernández, a manos de una patrulla de infantería de marina desató críticas que forzaron a abolir la absurda medida. Un soldado está entrenado para matar a un enemigo tan pronto lo tenga en la mira, no para pedir la vida a nadie.
Ahora, quieren volver a lo mismo. La Cámara de Representantes de Estados Unidos ha aprobado reimplantar otra vez el empleo de soldados para patrullar la frontera, so pretexto de combatir "el narcotráfico y el terrorismo". Por fortuna, es necesario que el Senado haga lo mismo, lo que hace no perder la esperanza de que la disparatada iniciativa sea finalmente rechazada.