Solidaridad con América Central
Las cifras oficiales de muertos en los países de América Central -alrededor de diez mil personas- no reflejan la realidad de los estragos humanos y materiales provocados por el fatídico huracán Mitch. El Presidente de Honduras calcula que sólo en su país existe más de un millón de personas afectadas por los desastres de las lluvias y el desbordamiento de los ríos sobre las poblaciones y los campos de labor. En Nicaragua nunca se podrá conocer la identidad de los desaparecidos en las zonas rurales, ya que fueron enterrados en fosas comunes en rápidas tareas de urgencia por la descomposición de los cadáveres. En conjunto la región centroamericana, castigada antes por terremotos y guerras civiles, no ha soportado una prueba tan grande que la pone virtualmente de rodillas en el umbral del próximo milenio.
Antes del huracán, las estadísticas de Naciones Unidas indicaban que el setenta por ciento de la población centroamericana, de 31 millones, vive en condiciones de pobreza. En adelante, con las cosechas destruidas, las carreteras y puentes desvencijados, con las viviendas desmoronadas, no resulta fácil calcular la dimensión de la pobreza en los hermanos países centroamericanos. Porque no se trata de la pobreza determinada por un ingreso reducido pero más o menos estable. En las nuevas y trágicas circunstancias desencadenadas por la agresión de los elementos naturales, la pobreza histórica se plantea en términos de supervivencia básica, al desplomarse la estructura productiva, sobre todo en el área alimenticia.
Países como Honduras, Nicaragua, El Salvador requieren urgente ayuda de la comunidad internacional para iniciar la gigantesca tarea de su reconstrucción económica. Es indispensable que todas las agencias internacionales de socorro, es decir, la FAO, UNICEF, PNUD, la Cruz Roja, etc., concurran en socorro de Centroamérica, ya sea con alimentos, medicinas, carpas, para impedir que estalle la crisis mayor en forma de hambruna, infecciones, enfermedades, contaminación ambiental. En esta cadena de solidaridad obviamente no deberían estar ausentes los países desarrollados, algunos de los cuales han empezado a enviar aviones con vituallas y enseres.
En cuanto a Panamá, situada en la vértebra final centroamericana a donde no llegan los grandes huracanes, deberes fraternales y políticos nos instan a situarnos en posición de vanguardia en la onda de solidaridad. Más que nunca debemos agradecer a la Providencia que los estragos naturales presentados en algunas provincias no alcanzan las pavorosas dimensiones del apocalipsis centroamericano. Como miembros del Sistema de Integración Centroamericano, y del racimo de instituciones regionales, debemos tender la mano de la ayuda a los hermanos en desgracia.
Antes del huracán, las estadísticas de Naciones Unidas indicaban que el setenta por ciento de la población centroamericana, de 31 millones, vive en condiciones de pobreza. En adelante, con las cosechas destruidas, las carreteras y puentes desvencijados, con las viviendas desmoronadas, no resulta fácil calcular la dimensión de la pobreza en los hermanos países centroamericanos. Porque no se trata de la pobreza determinada por un ingreso reducido pero más o menos estable. En las nuevas y trágicas circunstancias desencadenadas por la agresión de los elementos naturales, la pobreza histórica se plantea en términos de supervivencia básica, al desplomarse la estructura productiva, sobre todo en el área alimenticia.
Países como Honduras, Nicaragua, El Salvador requieren urgente ayuda de la comunidad internacional para iniciar la gigantesca tarea de su reconstrucción económica. Es indispensable que todas las agencias internacionales de socorro, es decir, la FAO, UNICEF, PNUD, la Cruz Roja, etc., concurran en socorro de Centroamérica, ya sea con alimentos, medicinas, carpas, para impedir que estalle la crisis mayor en forma de hambruna, infecciones, enfermedades, contaminación ambiental. En esta cadena de solidaridad obviamente no deberían estar ausentes los países desarrollados, algunos de los cuales han empezado a enviar aviones con vituallas y enseres.
En cuanto a Panamá, situada en la vértebra final centroamericana a donde no llegan los grandes huracanes, deberes fraternales y políticos nos instan a situarnos en posición de vanguardia en la onda de solidaridad. Más que nunca debemos agradecer a la Providencia que los estragos naturales presentados en algunas provincias no alcanzan las pavorosas dimensiones del apocalipsis centroamericano. Como miembros del Sistema de Integración Centroamericano, y del racimo de instituciones regionales, debemos tender la mano de la ayuda a los hermanos en desgracia.