Sorpresas tristes
A todos, aficionados al balompié o no, en estos días, nos ha impresionado tristemente la noticia del súbito fallecimiento del joven de 23 años español, jugador del club de fútbol Sevilla, Don Antonio Puerta.
Se agachó llevándose las manos a la cara, como un gesto intrascendente, luego se desplomó y al instante, lo asistió un compañero de equipo tratando de sacarle la lengua para que no se asfixiase, luego todos lo rodearon, se levantó y caminó normalmente, a continuación siguieron los partes médicos anunciando la gravedad y lacónicamente se informó del deceso luego de titánicos esfuerzos de los médicos por salvarlo. ¿Causa? Una deficiencia congénita.
No ha sido el único como nos informan los medios. En Singapur, Ho Si Qiu, atleta de 25 años en una actividad de atletismo colectivo, sucumbió súbitamente y a pesar de los auxilios ofrecidos, falleció.
Otro corredor, Francisco Vital en México, de 47 años, en el último tramo de un maratón internacional también expiró. Y en Israel, el zambio Chscwe Nsfwa, de 26 años, en un entrenamiento asimismo, pese a las ayudas urgentes ofrecidas, terminó sus días.
Y esto nos lleva a recordar que esto no es una excepción, ya que hace algunos años nos tocó ver en la pantalla de televisión al jugador camerunés Marc-Vivien Foé mientras jugaban frente al equipo de Colombia en una competencia internacional. En esa oportunidad me resultó impactante la actitud noble de los jugadores colombianos que se olvidaron de la jugada que se estaba dando en su contra y acudieron a asistir al jugador caído.
En nuestro medio, últimamente la noticia de la niña de 13 años de un colegio público de la ciudad, cuando iba a iniciar la clase de Educación Física, asimismo se desmayó y falleció a pesar de todas la atenciones ofrecidas.
En el caso del atleta español, sobresalió la solidaridad proverbial de los españoles que quedó manifiesta como se movilizó espontáneamente la población y la reacción de la comunidad frente al suceso como si fuera un miembro de la familia. Y es que la muerte súbita en jóvenes atletas es un acontecimiento infrecuente, pero catastrófico y difícil de entender en un mundo donde los avances científicos se encuentran en su apogeo.
En Italia, se sabe, tienen una ley de protección médica para actividades deportivas en la que obligan a sus deportistas a obtener un certificado de idoneidad previo a la competición, ya que la prevención es la única manera de evitar desenlaces fatales.
Hoy, cuando no solo se recomienda el ejercicio como medio de conservar la salud sino que unos hacen ejercicios para conservar la forma física o para sentirse mejor, resulta que los atletas, que son como el parangón de las buenas condiciones físicas, súbitamente luego de haber sido declarados hábiles para competir, caen redondo al piso inexplicablemente y para siempre.
Esto nos lleva a recordar la frase llena de humildad de un joven médico que me afirmó en una ocasión, "no sabemos nada". Indicándome que a pesar de tantos conocimientos y estudios y técnicas se dan estas sorpresas en personas sanas.
Pienso cómo se sentirán algunos vanidosos científicos locales o seudocientíficos que se burlan de los creyentes con sus conocimientos científicos cuando suceden estas sorpresas. Y es que nadie tiene comprada la existencia y siempre seguirá siendo impredecible la muerte. Y permanecerán siempre las incógnitas.
Mudos quedamos cuando nos informan de alguien a quien estamos tratando de forma normal, de manera misteriosa, fallece. Nunca nos acostumbraremos a aceptar ese tipo de noticias e incluso, muchos prefieren cambiar de tema y consideran que tocar este tema, de la posibilidad de nuestra propia muerte, resulta deprimente y de mal gusto. Pero sucede.
Siempre queremos mostrar nuestra solidaridad con los deudos de las personas que mueren así y pedimos al Señor les dé la resignación necesaria para llevar con garbo esta prueba. Me repetía un amigo y con gran sensatez, nunca digas a quien sufre una pérdida similar; "yo sé cómo te sientes", pues es falso. Nadie puede saber el "cómo". El mundo de los sentimientos es inabarcable e impenetrable. No sentimos igual. Ni la persona fallecida tiene el significado idéntico para todos.
La prioridad uno de todos debe ser, estar alerta porque no sabemos ni el día, ni la hora, ni el sitio donde nos tocará el aldabonazo final.
Se agachó llevándose las manos a la cara, como un gesto intrascendente, luego se desplomó y al instante, lo asistió un compañero de equipo tratando de sacarle la lengua para que no se asfixiase, luego todos lo rodearon, se levantó y caminó normalmente, a continuación siguieron los partes médicos anunciando la gravedad y lacónicamente se informó del deceso luego de titánicos esfuerzos de los médicos por salvarlo. ¿Causa? Una deficiencia congénita.
No ha sido el único como nos informan los medios. En Singapur, Ho Si Qiu, atleta de 25 años en una actividad de atletismo colectivo, sucumbió súbitamente y a pesar de los auxilios ofrecidos, falleció.
Otro corredor, Francisco Vital en México, de 47 años, en el último tramo de un maratón internacional también expiró. Y en Israel, el zambio Chscwe Nsfwa, de 26 años, en un entrenamiento asimismo, pese a las ayudas urgentes ofrecidas, terminó sus días.
Y esto nos lleva a recordar que esto no es una excepción, ya que hace algunos años nos tocó ver en la pantalla de televisión al jugador camerunés Marc-Vivien Foé mientras jugaban frente al equipo de Colombia en una competencia internacional. En esa oportunidad me resultó impactante la actitud noble de los jugadores colombianos que se olvidaron de la jugada que se estaba dando en su contra y acudieron a asistir al jugador caído.
En nuestro medio, últimamente la noticia de la niña de 13 años de un colegio público de la ciudad, cuando iba a iniciar la clase de Educación Física, asimismo se desmayó y falleció a pesar de todas la atenciones ofrecidas.
En el caso del atleta español, sobresalió la solidaridad proverbial de los españoles que quedó manifiesta como se movilizó espontáneamente la población y la reacción de la comunidad frente al suceso como si fuera un miembro de la familia. Y es que la muerte súbita en jóvenes atletas es un acontecimiento infrecuente, pero catastrófico y difícil de entender en un mundo donde los avances científicos se encuentran en su apogeo.
En Italia, se sabe, tienen una ley de protección médica para actividades deportivas en la que obligan a sus deportistas a obtener un certificado de idoneidad previo a la competición, ya que la prevención es la única manera de evitar desenlaces fatales.
Hoy, cuando no solo se recomienda el ejercicio como medio de conservar la salud sino que unos hacen ejercicios para conservar la forma física o para sentirse mejor, resulta que los atletas, que son como el parangón de las buenas condiciones físicas, súbitamente luego de haber sido declarados hábiles para competir, caen redondo al piso inexplicablemente y para siempre.
Esto nos lleva a recordar la frase llena de humildad de un joven médico que me afirmó en una ocasión, "no sabemos nada". Indicándome que a pesar de tantos conocimientos y estudios y técnicas se dan estas sorpresas en personas sanas.
Pienso cómo se sentirán algunos vanidosos científicos locales o seudocientíficos que se burlan de los creyentes con sus conocimientos científicos cuando suceden estas sorpresas. Y es que nadie tiene comprada la existencia y siempre seguirá siendo impredecible la muerte. Y permanecerán siempre las incógnitas.
Mudos quedamos cuando nos informan de alguien a quien estamos tratando de forma normal, de manera misteriosa, fallece. Nunca nos acostumbraremos a aceptar ese tipo de noticias e incluso, muchos prefieren cambiar de tema y consideran que tocar este tema, de la posibilidad de nuestra propia muerte, resulta deprimente y de mal gusto. Pero sucede.
Siempre queremos mostrar nuestra solidaridad con los deudos de las personas que mueren así y pedimos al Señor les dé la resignación necesaria para llevar con garbo esta prueba. Me repetía un amigo y con gran sensatez, nunca digas a quien sufre una pérdida similar; "yo sé cómo te sientes", pues es falso. Nadie puede saber el "cómo". El mundo de los sentimientos es inabarcable e impenetrable. No sentimos igual. Ni la persona fallecida tiene el significado idéntico para todos.
La prioridad uno de todos debe ser, estar alerta porque no sabemos ni el día, ni la hora, ni el sitio donde nos tocará el aldabonazo final.