Superar la crisis
Era el cumpleaños de su esposa, un 4 de diciembre, cuando salió a correr como cada mañana. De pronto lo interceptaron, lo único que logró ver fue una miniuzi, sintió una pistola en la sien y una mano que tapaba su boca. Fernando Araújo, ex canciller del hermano país colombiano habló sobre su experiencia en cautiverio, una lección de vida que me orilló a dejar de lado los temas cotidianos, pues la forma en que superó la crisis que vivió merece ser compartidas.
Araújo se vio en el piso del carro amarrado de manos cuando descifró que las FARC se adueñaban de su libertad física. Fue a dar a la selva, un mundo que se reducía a él, su hamaca y su mente que nunca vivió secuestrada. En esos momentos de angustia, miedo y soledad concibió que su mejor compañero era el autocontrol. Sin nada, absolutamente nada que hacer, recordó los ejercicios de respiración que le había enseñado su padre. Respirar le daba serenidad; camino infalible para llegar a casa.
Durante los seis años de secuestro muchas fueron las lecciones; éstas consistían en practicar valores que lo hicieron crecer inmensamente como ser humano y que hoy puede repetir en una sola toma, lo que tragó en gruesas cucharadas por todo este tiempo. Algunas de estas enseñanzas consistían en evitar victimizarse o preguntarse el porqué de lo ocurrido. Eso solo lo llevaba a un hoyo negro del que se le hacía imposible salir. Entonces decidió asumir responsabilidades; “casi todos tenemos la tendencia a responsabilizar a los demás de nuestros problemas, pero cuando nos alejamos y miramos desde un extremo las cosas, asumimos el control y retomamos la posibilidad de ser felices”. El hombre añadió que el dolor, cuando no se convierte en verdugo llega a ser un gran maestro. Así, comprendió que los problemas tienen la dimensión que uno quiera darles, y que la felicidad o la tristeza son una decisión personal, no es la vida quien lo destina.
Araújo aprendió a no desfallecer; “cuando uno está dispuesto a hacer esfuerzos adicionales, las crisis son más pequeñas”.
Estas palabras podrían aplicarse a cualquier individuo o situación, pero como nos cuestan más trabajo ejecutarlas, a veces preferimos esquivarlas. Cierro con una frase cívica que mencionó Araújo; cumplir nuestros deberes es muy distinto a exigir nuestros derechos.