Tareas impostergables: nuevas formas de hacer política
Los gobernantes que serán electos -esperemos que limpiamente por el bien del país- el 2 de mayo, lo que no pueden hacer es gobernar cosméticamente, pues el país necesita cambios fundamentales que son tareas impostergables. Entre los cambios necesarios se encuentra la necesidad de una impulsar otras formas de hacer política si en verdad quieren más democracia para Panamá.
La cultura política y del poder, heredada por una práctica histórica, dan lugar a la vigencia de la cultura patrimonialista, a través de la cual se concibe y maneja la política como una extensión del espacio privado.
La política es privatizada, pues no hay separación entre espacio público y privado. Deja de ser un espacio público colectivo para transformarse en un escenario para la satisfacción de intereses particulares.
El poder es percibido como un medio para satisfacer intereses creados, hasta el punto que se hace algo tan ordinario que los propios partidos no lo cuestionan, en la medida en que la mayoría son poco modernos y débilmente institucionalizados.
El clientelismo: El elector vota por la representación, transfiriéndole su capacidad de decisión muchas veces sin condición alguna. Es el dar todo por nada. Con el voto pareciera entonces el inicio, y paradójicamente el fin, de la relación entre elector y elegido.
En cierta forma el elegido suplanta al elector en la capacidad de proyectar el poder transferido. Para lograr la suplantación, el elegido usa tanto mecanismos legítimos del sistema, como también otros -el clientelismo- consagrados por la práctica política real, donde el gamonal maneja la relación con los electores como una red de relaciones de complicidad y como mercado de favores, que se registran en la contabilidad clientelista y donde pesan también las redes de parentesco, compadrazgo, laborales y de clientela.
Los favores hechos por el gamonal ya no se devuelven siempre, gracias al voto secreto, y también por el hecho de que el voto de lealtad producto de la costumbre y tradición, y el voto de conveniencia restringido por las limitaciones de la capacidad de Estado, va siendo reemplazado lentamente por un voto con menos ataduras.
A la población se le trata como masa de consumidores políticos donde las artes y técnicas de la publicidad hacen su agosto. Las formas tradicionales de hacer política del sistema trabajan cada vez la complicidad consciente o inconsciente de la gente, y sabe descubrir muchas veces los resortes pragmáticos que lo mueven a operar políticamente de una determinada manera.
Prebendalismo: Es la expresión administrativa de la concepción patrimonial, y es dar cargos y puestos como prebendas, o beneficios personales de los favorecidos a cambio del apoyo. Se ofrecen apoyos a líderes de grupo que, a su vez, hacen lo mismo con sus bases formando una cadena vertical de ocupación de puestos públicos. Esto es un mecanismo de adhesión al partido, en función de un puesto prometido.
Los beneficiarios reclaman su pago, y dado que siempre hay mas promesas que realidades, protestan y migran a otros partidos en función que son vistos como agencias de empleo y de ayuda económica. Esto permite comprender que el 67% de la población los perciba así, según reciente encuesta.
Algunas consecuencias de esta cultura patrimonialista:
La democracia deja de representar un espacio pluralista e incluyente, y se convierte en un puro mecanismo de mercado en sentido más peyorativo.
La gente desvaloriza la democracia ubicándola como un sistema sólo al servicio de grandes intereses, a través de ubicar a los partidos como grupos de conveniencia y la política como el método inescrupuloso de acceder al poder. Todo esto hace más difícil el camino hacia la necesaria institucionalización de las organizaciones políticas y sociales , a través de la construcción de una esfera pública y otra privada, sin la cual la democracia no puede funcionar ni los partidos ser mediadores legítimos de las aspiraciones de la gente y sus genuinos representantes y voceros. Es importante afirmar que la corrupción sienta más fácilmente sus reales en el corazón de la cultura patrimonialista.
Urgen reformas políticas, electorales y constitucionales que ayuden a superar la descomposición de la política, un intenso proceso educativo y comunicativo de construcción de una nueva cultura política que permita que la democracia representativa sea transparente, al mismo tiempo que construye una democracia deliberativa y participativa.
(raulleisr@hotmail.com)
La cultura política y del poder, heredada por una práctica histórica, dan lugar a la vigencia de la cultura patrimonialista, a través de la cual se concibe y maneja la política como una extensión del espacio privado.
La política es privatizada, pues no hay separación entre espacio público y privado. Deja de ser un espacio público colectivo para transformarse en un escenario para la satisfacción de intereses particulares.
El poder es percibido como un medio para satisfacer intereses creados, hasta el punto que se hace algo tan ordinario que los propios partidos no lo cuestionan, en la medida en que la mayoría son poco modernos y débilmente institucionalizados.
El clientelismo: El elector vota por la representación, transfiriéndole su capacidad de decisión muchas veces sin condición alguna. Es el dar todo por nada. Con el voto pareciera entonces el inicio, y paradójicamente el fin, de la relación entre elector y elegido.
En cierta forma el elegido suplanta al elector en la capacidad de proyectar el poder transferido. Para lograr la suplantación, el elegido usa tanto mecanismos legítimos del sistema, como también otros -el clientelismo- consagrados por la práctica política real, donde el gamonal maneja la relación con los electores como una red de relaciones de complicidad y como mercado de favores, que se registran en la contabilidad clientelista y donde pesan también las redes de parentesco, compadrazgo, laborales y de clientela.
Los favores hechos por el gamonal ya no se devuelven siempre, gracias al voto secreto, y también por el hecho de que el voto de lealtad producto de la costumbre y tradición, y el voto de conveniencia restringido por las limitaciones de la capacidad de Estado, va siendo reemplazado lentamente por un voto con menos ataduras.
A la población se le trata como masa de consumidores políticos donde las artes y técnicas de la publicidad hacen su agosto. Las formas tradicionales de hacer política del sistema trabajan cada vez la complicidad consciente o inconsciente de la gente, y sabe descubrir muchas veces los resortes pragmáticos que lo mueven a operar políticamente de una determinada manera.
Prebendalismo: Es la expresión administrativa de la concepción patrimonial, y es dar cargos y puestos como prebendas, o beneficios personales de los favorecidos a cambio del apoyo. Se ofrecen apoyos a líderes de grupo que, a su vez, hacen lo mismo con sus bases formando una cadena vertical de ocupación de puestos públicos. Esto es un mecanismo de adhesión al partido, en función de un puesto prometido.
Los beneficiarios reclaman su pago, y dado que siempre hay mas promesas que realidades, protestan y migran a otros partidos en función que son vistos como agencias de empleo y de ayuda económica. Esto permite comprender que el 67% de la población los perciba así, según reciente encuesta.
Algunas consecuencias de esta cultura patrimonialista:
La democracia deja de representar un espacio pluralista e incluyente, y se convierte en un puro mecanismo de mercado en sentido más peyorativo.
La gente desvaloriza la democracia ubicándola como un sistema sólo al servicio de grandes intereses, a través de ubicar a los partidos como grupos de conveniencia y la política como el método inescrupuloso de acceder al poder. Todo esto hace más difícil el camino hacia la necesaria institucionalización de las organizaciones políticas y sociales , a través de la construcción de una esfera pública y otra privada, sin la cual la democracia no puede funcionar ni los partidos ser mediadores legítimos de las aspiraciones de la gente y sus genuinos representantes y voceros. Es importante afirmar que la corrupción sienta más fácilmente sus reales en el corazón de la cultura patrimonialista.
Urgen reformas políticas, electorales y constitucionales que ayuden a superar la descomposición de la política, un intenso proceso educativo y comunicativo de construcción de una nueva cultura política que permita que la democracia representativa sea transparente, al mismo tiempo que construye una democracia deliberativa y participativa.
(raulleisr@hotmail.com)