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Taxi, taxi…


Si Gardel afirmó que veinte años no son nada, razones tendrán los taxistas para afirmar que seis tampoco representan un gran periodo como para demostrar su irrespeto por la ley. No hay ninguna justificación para que después de esa cantidad de años haya quienes traten de detener la decisión oficial de impedir la circulación a aquellos vehículos de transporte selectivo que no hayan sido pintados de amarillo. Si por día cada dueño o palanca hubiera ahorrado venticinco centavos en los últimos seis años seguramente que cada taxi habría sido pintado varias veces de amarillo o del color que fuera. Lo que sucede es que hay quienes se han acostumbrado a despreciar de tal manera la ley que la anarquía es hoy en Panamá, para algunos, una forma de vida. Cada quien quiere hacer lo que le da la gana y pocos son los que respetan ese pacto social enmarcado en las leyes, con el que todos debíamos estar comprometidos. Los taxistas que han esgrimido la amenaza de los tranques, que han argumentado no tener dinero para pintar sus vehículos o que quieren que el Estado se los pinten rayan en la sinvergüenzura, en la ilegalidad y carecen de cualquier escusa para no cumplir con lo mandado. Bien haría el Estado con sancionar debidamente a aquellos que, además de la mora en la pintada de los vehículos, ahora quieren someter a la sociedad a una zozobra injustificable, que de por si practican con el irrespetuoso “no voy”.

101 años de Panamá América

 
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