Tayson, Madame Tonya y Tres Patines
Es la actualidad, la gota ácida de la violencia, la sublimación de la información pornográfica, el comics, la patología del morbo, la muda carcajada de la impotencia de una sociedad sin rumbo, huérfana de espíritu y sometida al solitario callejón sin salida.
La sociedad global montada sobre la lupa de la promiscuidad, de la suave sed pornógrafa, en la jaula del cuadrilátero, mordiéndose la oreja, derribando árbitros en la hipnosis de la violencia y riéndose a lo Tres Patines, con la misma carcajada, una y mil veces.
Muchas cosas nuevas en el sol del posmodernismo, que es el tiempo que nos ha tocado vivir, bajo el comando de la tecnología informática y del veloz mundo de las comunicaciones, cuyo producto es reflejado en la "caja idiota", donde pareciera que el control lo manejara, a veces, un personaje vesánico.
El infinito mundo de las libertades, posibilidades y el universo instantáneo al alcance de la mano, mantienen, por una parte, saturado de información y en vilo a un individuo con capacidad económica, y por la otra, una población marginada de los recursos básicos y alentada por una información espectáculo, amarilla, que la entretiene y que además la motiva al delito.
El morbo decapita la información orientadora, el papel de servicio, ético y responsable del periodista, y daña irreparablemente lo que la libertad de expresión admite universalmente y que consagra la Declaración Universal de Derechos Humanos, sobre la no invasión de la privacidad de las personas y el daño a su honra.
La información es un bien público, indudablemente, y el periodista, fiel balanza de la administración de ese patrimonio social, es el llamado a decidir entre morbo e información, y acompañar siempre su nota con el respaldo de fuentes creíbles, documentadas y responsables en una palabra.
José Martí, apóstol de la verdad y de la palabra, dijo hace118 años: "La prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vehículo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y lujosa imaginación".
Veracidad, objetividad y exactitud, tres palabras claves para un periodista en cualquier época, lugar y circunstancia.
El periodista está llamado a investigar, reportear con acuciosidad, esmero, para encontrar la verdad y documentar la información sin riesgo a equívocos y para evitar los fantasmas de la imprecisión y de las debilidades humanas.
En este mar globalizado de especulaciones en que a veces suele nadar la información, se requiere de principios claros, y la transparencia debe comenzar por casa, lo que no quiere decir impunidad frente a la corrupción, a la ausencia de liderazgo, a la incapacidad de gobiernos o al delito en sus múltiples formas.
El Servicio Público y el bien común, son el gran telón de fondo del Periodismo de este tercer milenio, y no debieran chocar con la dictadura del mercado, ni la libertad empresarial per se, ni con la ética de la dirección y personal del propio comunicador social.
El escritor de un periódico debe vivir en casa de cristal, reza la leyenda del periódico colombiano El Tiempo, y es algo más que una frase que impone un límite no sólo al profesional del periodismo, sino al empresario.
La censura y la autocensura son meras palabras, denotan temor, inseguridad, encubrimiento, y forman parte de la antesala de la impunidad y de la corrupción, y son camino pavimentado al deterioro social.
La ausencia de objetividad, análisis, investigación y comparación de fuentes, el olvido de temas sustanciales en la marcha de una sociedad, la vocación publicitaria de las ideas y proyectos, la jerarquización sesgada a través de un dudoso titular en primera plana, la presentación del bestiario humano sin una guía, enfoque, la doble moral, no abonan precisamente al mayor logro de un medio de comunicación: su credibilidad.
La verdad no es absoluta, no está a la vuelta de la esquina esperándonos, ni es frágil capullo que podamos soslayar o ultrajar, porque ella, más temprano que tarde, como dicen los alemanes, se impone como "supremo mandamiento".
La sociedad global montada sobre la lupa de la promiscuidad, de la suave sed pornógrafa, en la jaula del cuadrilátero, mordiéndose la oreja, derribando árbitros en la hipnosis de la violencia y riéndose a lo Tres Patines, con la misma carcajada, una y mil veces.
Muchas cosas nuevas en el sol del posmodernismo, que es el tiempo que nos ha tocado vivir, bajo el comando de la tecnología informática y del veloz mundo de las comunicaciones, cuyo producto es reflejado en la "caja idiota", donde pareciera que el control lo manejara, a veces, un personaje vesánico.
El infinito mundo de las libertades, posibilidades y el universo instantáneo al alcance de la mano, mantienen, por una parte, saturado de información y en vilo a un individuo con capacidad económica, y por la otra, una población marginada de los recursos básicos y alentada por una información espectáculo, amarilla, que la entretiene y que además la motiva al delito.
El morbo decapita la información orientadora, el papel de servicio, ético y responsable del periodista, y daña irreparablemente lo que la libertad de expresión admite universalmente y que consagra la Declaración Universal de Derechos Humanos, sobre la no invasión de la privacidad de las personas y el daño a su honra.
La información es un bien público, indudablemente, y el periodista, fiel balanza de la administración de ese patrimonio social, es el llamado a decidir entre morbo e información, y acompañar siempre su nota con el respaldo de fuentes creíbles, documentadas y responsables en una palabra.
José Martí, apóstol de la verdad y de la palabra, dijo hace118 años: "La prensa no puede ser, en estos tiempos de creación, mero vehículo de noticias, ni mera sierva de intereses, ni mero desahogo de la exuberante y lujosa imaginación".
Veracidad, objetividad y exactitud, tres palabras claves para un periodista en cualquier época, lugar y circunstancia.
El periodista está llamado a investigar, reportear con acuciosidad, esmero, para encontrar la verdad y documentar la información sin riesgo a equívocos y para evitar los fantasmas de la imprecisión y de las debilidades humanas.
En este mar globalizado de especulaciones en que a veces suele nadar la información, se requiere de principios claros, y la transparencia debe comenzar por casa, lo que no quiere decir impunidad frente a la corrupción, a la ausencia de liderazgo, a la incapacidad de gobiernos o al delito en sus múltiples formas.
El Servicio Público y el bien común, son el gran telón de fondo del Periodismo de este tercer milenio, y no debieran chocar con la dictadura del mercado, ni la libertad empresarial per se, ni con la ética de la dirección y personal del propio comunicador social.
El escritor de un periódico debe vivir en casa de cristal, reza la leyenda del periódico colombiano El Tiempo, y es algo más que una frase que impone un límite no sólo al profesional del periodismo, sino al empresario.
La censura y la autocensura son meras palabras, denotan temor, inseguridad, encubrimiento, y forman parte de la antesala de la impunidad y de la corrupción, y son camino pavimentado al deterioro social.
La ausencia de objetividad, análisis, investigación y comparación de fuentes, el olvido de temas sustanciales en la marcha de una sociedad, la vocación publicitaria de las ideas y proyectos, la jerarquización sesgada a través de un dudoso titular en primera plana, la presentación del bestiario humano sin una guía, enfoque, la doble moral, no abonan precisamente al mayor logro de un medio de comunicación: su credibilidad.
La verdad no es absoluta, no está a la vuelta de la esquina esperándonos, ni es frágil capullo que podamos soslayar o ultrajar, porque ella, más temprano que tarde, como dicen los alemanes, se impone como "supremo mandamiento".