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Tendamos la mano al campesino


EN MIS AÑOS mozos, aún graduado del Colegio La Salle, colaboré mucho con los jesuitas, lo que me permitió ser instructor en algunos de los retiros que hacían. En uno de ellos di una charla a un grupo de aspirantes a sacerdote en el Seminario de Las Cumbres, donde hoy opera el Colegio Monseñor Francisco Beckman. Allí conocí a un joven, algo mayor que yo, quien por su chispa e inteligencia, supe que iba a llegar lejos en la jerarquía de la Iglesia panameña.
Estuve con él, el pasado 1 de mayo, en la inauguración de las remodelaciones que se hicieron al Mercado Artesanal de El Valle, auspiciadas por el Despacho de la Primera Dama y que contó con la presencia del presidente Torrijos. Aquel vivaz seminarista de hace 40 años, es hoy el primer Obispo de la Diócesis de Coclé.
A Monseñor Uriah Ashley le tocó dar la bendición en el acto, pero fue mucho más allá que una oración. Durante su plegaria le dijo al Presidente que él se alegraba por los trabajos que se habían hecho en El Valle, centro de convergencia de muchos campesinos de las montañas aledañas de los distritos de Antón y Penonomé, en la provincia de Coclé, y del distrito de San Carlos en la provincia de Panamá. Monseñor Ashley, sin embargo, planteó al Presidente y colaboradores presentes que los campesinos del Mercado de Penonomé también tenían derecho a que sus productos, en lugar de ser exhibidos en el suelo, tuvieran las facilidades que en enhorabuena se estaban brindando en el remodelado mercado donde estaban.
La preocupación del sencillo pastor de la Iglesia espero que no caiga en oídos sordos, porque es en ese tipo de obras que directamente beneficia a la gente del campo, es donde la grandeza del país puede sustentarse.
Si bien se hacen necesarias las costosas obras que requieren las grandes ciudades, el campo no puede ser olvidado, porque además de producirnos la comida que a diario requerimos, es allí donde las raíces de nuestra nacionalidad mejor se conservan. Y es allí donde, lastimosamente, se dan los más elevados grados de pobreza y de extrema pobreza, vergüenza para un país que cada día se promueve como la nueva meca latinoamericana.
A un costo relativamente bajo, alrededor de 250 mil balboas, se ha remodelado un sitio que hoy se ha convertido en un icono de los sitios a visitar por los turistas que llegan al país y que sirve de sustento a cientos de familia que allí venden sus productos.
Conversando en el evento con el director general del IFARHU, Belgis Castro, le comenté la importancia que tendría llevar a El Valle, a expertos artesanos de otros lares, como serían de República Dominicana, para que los nuestros puedan aprender y así mejorar su oferta de productos. IFARHU e INADEH podrían unir sus esfuerzos, no sólo para el caso de los artesanos, sino para especializar a los horticultores en las milenarias técnicas del bonsái, con el apoyo de países como China y del Japón, que tantas misiones técnicas traen a Panamá.
Mi experiencia de 15 meses al frente de la Alcaldía de Panamá me permitió sentir lo que quieren gente sencilla como los artesanos y los horticultores: Simplemente, las facilidades necesarias para poder exhibir y vender sus productos; que se les tome en cuenta y se les proteja contra aquellos que nos invaden con artesanías del exterior.
Si además de comprometerse el Gobierno Nacional, como lo ha hecho en El Valle de Antón, remodelando los mercados públicos del país, a promover la ayuda técnica que tantos países estarían ávidos en facilitarnos, seguro estoy de que se le daría un vuelco importante a la economía de muchos panameños, con grandes habilidades y destrezas, pero sin voces que verdaderamente puedan transmitir sus necesidades y puedan interpretar sus anhelos. No cuesta mucho hacerlo. La remodelación por tantos años postergada que logró en El Valle de Antón Vivian de Torrijos, demuestra que sí se puede hacer.
gcochez@cableonda.net

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