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Tenga un Espíritu de Reconciliación


LA DESCONFIANZA, los malos entendidos, las peleas y enemistades son lesiones que hieren frecuentemente a la humanidad. Estas actitudes son motivadas por nuestro pecado personal, el pecado social y por el arrastre que durante siglos ha generado el mal hábito del conflicto que produce divisiones, algunas veces irreparables. Hay tantos casos de padres e hijos que viven distanciados o maridos y esposas que no se soportan, como resultado de estos conflictos.
La buena noticia es que existe un remedio llamado reconciliación. Esta palabra tan importante debe quedar grabada en su corazón. Dios nos llama a reconciliarnos con Él, los demás y nosotros mismos.
Vivimos en un mundo que no quiere perdonarse. Hay tantas familias en las que eso de reconciliación es algo absurdo. A nivel político o empresarial es sumamente difícil la convivencia y las relaciones interpersonales. La brecha que se abre en muchos hogares, empresas y comunidades por la ausencia de un espíritu de tolerancia, se convierte en un problema bastante serio, ya que muchas personas, simplemente se rehúsan a perdonar y olvidar para poder reestablecer la relación.
Todos cargamos un depósito que otras personas, de una manera u otra, se han encargado de llenar en nosotros, con percepciones y visiones muchas veces distorsionadas de la realidad.
Entre los conceptos negativos que conservamos en ese depósito - que es el subconsciente - están todos los prejuicios que nos hacen creer que hay razas superiores e inferiores, que los hombres valen más que las mujeres, que nuestra manera de ver las cosas es más verdadera que la de otros, que nuestra familia, partido político, religión y país, es mejor que otros. Esa manera distorsionada de ver la realidad nos condiciona en nuestro actuar.
Antes de establecer cualquier relación humana, estamos juzgando a las personas por el color de su piel, sus creencias, su condición social, asumiendo que unas valen y otras no, lo cual es realmente dramático.
Cuando esta manera de pensar se hace radical, se justifica la marginación, el rechazo y hasta la aniquilación de los pueblos.
De hecho, los asesinos en el mundo y los que han llevado a la humanidad a genocidios han creído que existe una raza, partido político o religión superior y los otros, por ser inferiores, no merecen ni la vida.
Estos prejuicios los aplicamos aun en el seno de nuestra familia, provocando antagonismos, rivalidades y encontronazos. En algunas familias, hay enfrentamientos constantes entre unos y otros para convertirse en dueños de toda la verdad y relegar a los demás. Cuando pensamos de esta manera distorsionada, nos convertimos en un peligro, porque justificamos cualquier ofensa, humillación o insulto creyendo que tenemos toda la razón y los demás están equivocados.
Con esa visión empobrecida de la realidad y protegidos en nuestro baluarte nos preparamos para la batalla, convencidos de que somos los únicos depositarios de la verdad. Cuando nos constituimos en jueces, caemos en un tremendo error.
¿Quién puede vivir reconciliado con los demás, si asume actitud de juez? Tenemos que eliminar esa postura de enjuiciador que nos han inculcado, algunas veces, desde pequeños. En cada situación que aparezca algo negativo, dejemos de buscar a quien juzgar, acusar y señalar como culpable. Andar por la vida señalando a los otros como culpables es un hábito muy arraigado, que todos tenemos en cierta medida. ¿Quién puede vivir reconciliado y en armonía, si todos nos acusamos mutuamente y estamos siempre sospechando de aquel o del otro?
Si quiere vivir feliz, en armonía, equilibrado, satisfecho y realizado, haga un acto de reconciliación con los demás. Purifíquese mental y espiritualmente, borre esa sombra tenebrosa que empaña su mirada y le hace ver o pensar que todos los demás son malos. Si quiere vivir en paz, mire a los otros con los ojos de Dios. Para eso, desarrolle una confianza sana en los demás, vea su lado positivo y comprenda que todo ser humano ha sido agraciado y bendecido por Dios. Por eso, tiene un cúmulo de amor y bondad en su alma. Previo a iniciar toda relación humana, piense que esa persona es buena. Cambie su visión de la vida y destruya los prejuicios, porque estamos muy contaminados y necesitamos una purificación.
La reconciliación es una gran arma de amor para empezar nuevamente con más entusiasmo la comunión con los demás. No siembre divisiones, sino más bien promueva la aproximación con los demás, con usted mismo y con Dios. Tenga espíritu de reconciliación y no cultive resentimientos, no se diferencie ni sea instrumento de las tinieblas. Si se siente impotente, pida mucho al Señor que le ayude, porque con Dios, usted es ¡Invencible!

101 años de Panamá América

 
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