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Tengamos fe en Panamá


Casi siempre escribo acerca de los políticos porque ellos son los que les toca dirigir la cosa pública. Sin embargo, todos los partidos parecen estar hechos leña ante las poco promisorias esperanzas de un resurgir nacional en lo moral, económico, social y político.
Las pasadas elecciones diezmaron a partidos tradicionales como el Arnulfista y el MOLIRENA. La loable actuación de Solidaridad, con una buena e inspirada dirección por parte de Endara, junto con cabecillas de este partido y notorios colaboradores, se desvaneció en cuestión de tres semanas después de las elecciones por las razones que todos percibimos o conocemos. ¡Qué lástima! Le toca a Solidaridad, con o sin Endara, consolidar su triunfo como tercera fuerza abriendo nuevos surcos de esperanza con base en el vehemente deseo y la profunda determinación de refinar el intento de democracia que vivimos para beneficio del país y de su gente.
Mientras, no nos queda más remedio que desearle lo mejor al presidente electo en su futura gestión sabiendo que la situación del país es grave. Tantos son los problemas. El más inmediato, me parece, y que se viene advirtiendo por años, es el déficit actuarial de la CSS. Poco tiempo resta para resolverlo y los afectados, los derechohabientes, nunca han demostrado que están dispuestos a sacrificarse. Todos quieren mantener sus derechos, pero ninguno parece reconocer que para salvarlos primero tienen que estar dispuestos a aceptar sacrificios, repito.
Yo creo que la convocatoria a una Constituyente es indispensable para iniciar una lucha sin cuartel contra la corrupción. Es imperativo que se saquen a los mercaderes del templo de la patria. Tenemos que buscar la forma no revolucionaria, es decir, incruenta, de contar con un poder judicial que imparta justicia no contaminada por la política vernacular; un poder legislativo que sacrifique todos sus privilegios indebidos para recuperar prestigio, si alguna vez lo tuvo; un Ejecutivo que eche a un lado el clientelismo, el amiguismo, el nepotismo, y que así demuestre al pueblo que va a cumplir su promesa de cero corrupción, la cual ya ha sido puesta en tela de duda.
Si tan solo los políticos se atrevieran a bajarse los sueldos y prebendas y dedicar palmariamente esos fondos a obras que beneficien a los más desposeídos. Si se eliminasen los subsidios a los partidos políticos, con el mismo fin, hasta que el calibre de nuestra "democracia" impida el hacer gastos que no son justificables.
Todos los panameños debemos admitir que tenemos también un deber de aportar con nuestro trabajo y nuestro ejemplo para que la maldita corrupción rampante empiece a declinar. Todos, en los sectores público y privado, tenemos una deuda enorme con Panamá. Y no la pagamos.
La construcción del segundo puente sobre el Canal se ve como un paso positivo. Pero ANCON ha exigido que se saneen las áreas contaminadas cercanas al mismo. Con toda razón. Muchos hemos pensado igual. Si ocurriera una muerte por la detonación de uno de esos explosivos ocultos en esas áreas, que se alega pomposamente que se han saneado "dentro de lo practicable", ¿quién deberá cargar con la responsabilidad de esa tragedia? Menciono esto porque el nuevo gobierno deberá redefinir nuestras relaciones con el coloso.
Se supone que recuperamos nuestro territorio canalero y ya no existe una cláusula a perpetuidad, por ejemplo, de modo que es imprescindible que diseñemos unas nuevas relaciones exteriores. Esto va atado a una patria supuestamente nueva.
Y hablar de megaproyectos como la cacareada ampliación o expansión del canal no es suficiente. El nuevo gobierno deberá encarar a los poderosos navieros de las mayores potencias económicas del mundo y decidir si hipoteca varias generaciones de panameños para beneficio de Panamá primero. El beneficio al mundo deberá venir por añadidura.
Expreso los mejores deseos hacia el gobierno que se iniciará el 1º de septiembre, no sin advertirle que hay muchas nubes que se acumulan en el cielo istmeño y que anuncian tempestades para las cuales debemos estar preparados y dispuestos a aportar nuestro grano de arena, por insignificante que sea la contribución. Porque, después de Dios, nada es más importante que nuestro Panamá.

101 años de Panamá América

 
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