Teorema del pleno empleo
¿Se acuerdan ustedes de aquellas proposiciones científicas que, partiendo de supuestos, enunciados o relaciones hipotéticas, podían ser demostradas mediante la aplicación de axiomas? Nos enseñaron que se llamaban teoremas. Pero nunca nos dijeron que no todos estaban inventados ni se referían sólo a las Ciencias exactas, sino también a las sociales.
Hace dos siglos, por ejemplo, se intentó demostrar que "el verdadero remedio contra los impuestos es la haraganería" y hace veinte años, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) demostró que "no es el sistema impositivo el instrumento más eficaz para conseguir una distribución equitativa de la renta, sino más bien el pleno empleo y unas políticas sociales que funcionen correctamente". Hoy está demostrado que los tipos impositivos altos desincentivaban el trabajo de los más eficientes y, como consecuencia, las haciendas públicas recaudan menos, como demostró la curva de Laffer.
Y hace sólo un decenio el empleo para todos pasó al plano de las utopías políticas, económicas y sociales, porque el Estado de Bienestar empezó a universalizarse en beneficio de los menos eficientes, lo que estimulaba la haraganería. Así que hoy, el concepto de pleno empleo, reelaborado, vuelve a la actualidad. En un mundo industrializado en el que la tecnología sustituye a la mano de obra; en donde la clave es la competencia y las ventajas competitivas; en el que el modelo de crecimiento es con baja inflación; donde surgen graves crisis financieras y monetarias en Latinoamérica, Rusia y el sureste asiático; en el que la implantación del Euro obliga a severos ajustes en la Unión Europea; el pleno empleo, al que aspira éste y cualquier otro gobierno que venga, sólo puede venir de la mano de la reducción de la presión fiscal y las cotizaciones sociales ... que es lo que queríamos demostrar.
Pero el concepto de pleno empleo es relativo; depende también de una gran cantidad de circunstancias, no necesariamente relacionadas al tema fiscal. De hecho, se puede demostrar que si existe una alta propensión al trabajo, es posible que se logren tasas bajas de desempleo y un mayor crecimiento económico. En otras palabras, entre más la gente quiera permanecer en sus puestos de trabajo "trabajando", mejor no sólo para sus propios bolsillos sino también para el bienestar de la sociedad.
Los economistas llevan invertidas algunas horas de sus vidas tratando de desentrañar los misterios macros y microeconómicos que rodean la muy sostenida recuperación de la economía norteamericana. Como es sabido, EEUU entró en el noveno año de expansión, con una inflación por debajo del 2%, una tasa de desempleo del 4.2% que recuerda los niveles de la década de los sesenta, y con un superávit presupuestario que permite a los políticos en campaña anunciar la más o menos inminente desaparición de la otrora explosiva deuda pública.
A estas alturas del ciclo, todo aquel que en algún momento ha creído tener una explicación sobre por qué EEUU ha crecido tanto, tan bien y durante tanto tiempo ya ha tenido tiempo de explicarlo. La mayoría, incluso, ha tenido la oportunidad de lamentar que el tiempo y los vaivenes de las variables macroeconómicas hayan echado por tierra sus cábalas sobre las causas del "milagro" norteamericano.
Cuando aún eran legión los que divagaban sobre si el responsable de todo era Clinton por haber llegado al acuerdo bipartito que logró eliminar el déficit público, o Greenspan por haberse erigido como el más creíble banquero central del mundo y haber mantenido, contra todo pronóstico, bajos los tipos de interés reales, o, incluso, se preguntaban si EEUU se lo debía todo a Bill Gates y a Internet, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) nos saca de dudas: sencillamente, EEUU creció mucho en los noventa porque en su economía cada vez trabajó más gente, durante más horas y con un costo laboral unitario que aumentó solamente 1.5% por año y que, siendo un 70% el de los europeos, no creció ni de lejos a tasas europeas. Y como si fuera poco, la productividad también aumentó en un 4% durante 1999, lo que significa que el bienestar de los norteamericanos mejoró notablemente. En otras palabras, si la productividad aumenta 1% anual, tomaría 70 años a una familia típica norteamericana doblar su nivel de vida, mientras que si la productividad alcanza 4% tardaría sólo 8 años. En consecuencia, la economía norteamericana crece por las razones más tradicionales y calvinistas del mundo. En efecto, mientras que los panameños que trabajan lo hacen 1,640 horas, y los europeos, dependiendo de los países, entre 1,400 y 1,750 horas, los norteamericanos que han logrado situar el desempleo en el 4.2% de la población activa, trabajan un promedio anual de 1,996 horas, 133 más que lo que hacían en 1980. De hecho, ya trabajan siete horas anuales más que los japoneses, líderes seculares de esta clasificación. Añádanle a esto toda la inmigración ilegal, la extensión de jornada laboral que para muchos ha supuesto la tan cacareada revolución de las telecomunicaciones -celulares sonando los fines de semana, e-mailes leídos y enviados fuera de jornada, etcétera - y se tiene una explicación razonable de por qué EEUU va bien.
Al igual que aquellos que clamaban que sin eliminar el déficit público no era posible obtener crecimientos del 4%, han tenido que reconocer que la causalidad del razonamiento es a la inversa, es decir, no hay déficit que se pueda resistir a una economía que crece al 4% por nueve años. A lo mejor a los panameños nos convendría revisar algunos de los apriorismos con los que se suelen ver nuestros problemas de mercado de trabajo. Aunque haya que reconocer que para la hedonista Panamá es más atractivo el mensaje de los treinta días de vacaciones anuales, los diez días festivos y los innumerables "días puentes", medios días y días libres que suelen multiplicarse como pan en Caná, no estaría de más que mirásemos si nos interesa esta realmente novedosa "revolución de la oferta" que también viene de EEUU. Me temo que no..., pero había que intentarlo. ¡O demostrarlo!
Hace dos siglos, por ejemplo, se intentó demostrar que "el verdadero remedio contra los impuestos es la haraganería" y hace veinte años, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) demostró que "no es el sistema impositivo el instrumento más eficaz para conseguir una distribución equitativa de la renta, sino más bien el pleno empleo y unas políticas sociales que funcionen correctamente". Hoy está demostrado que los tipos impositivos altos desincentivaban el trabajo de los más eficientes y, como consecuencia, las haciendas públicas recaudan menos, como demostró la curva de Laffer.
Y hace sólo un decenio el empleo para todos pasó al plano de las utopías políticas, económicas y sociales, porque el Estado de Bienestar empezó a universalizarse en beneficio de los menos eficientes, lo que estimulaba la haraganería. Así que hoy, el concepto de pleno empleo, reelaborado, vuelve a la actualidad. En un mundo industrializado en el que la tecnología sustituye a la mano de obra; en donde la clave es la competencia y las ventajas competitivas; en el que el modelo de crecimiento es con baja inflación; donde surgen graves crisis financieras y monetarias en Latinoamérica, Rusia y el sureste asiático; en el que la implantación del Euro obliga a severos ajustes en la Unión Europea; el pleno empleo, al que aspira éste y cualquier otro gobierno que venga, sólo puede venir de la mano de la reducción de la presión fiscal y las cotizaciones sociales ... que es lo que queríamos demostrar.
Pero el concepto de pleno empleo es relativo; depende también de una gran cantidad de circunstancias, no necesariamente relacionadas al tema fiscal. De hecho, se puede demostrar que si existe una alta propensión al trabajo, es posible que se logren tasas bajas de desempleo y un mayor crecimiento económico. En otras palabras, entre más la gente quiera permanecer en sus puestos de trabajo "trabajando", mejor no sólo para sus propios bolsillos sino también para el bienestar de la sociedad.
Los economistas llevan invertidas algunas horas de sus vidas tratando de desentrañar los misterios macros y microeconómicos que rodean la muy sostenida recuperación de la economía norteamericana. Como es sabido, EEUU entró en el noveno año de expansión, con una inflación por debajo del 2%, una tasa de desempleo del 4.2% que recuerda los niveles de la década de los sesenta, y con un superávit presupuestario que permite a los políticos en campaña anunciar la más o menos inminente desaparición de la otrora explosiva deuda pública.
A estas alturas del ciclo, todo aquel que en algún momento ha creído tener una explicación sobre por qué EEUU ha crecido tanto, tan bien y durante tanto tiempo ya ha tenido tiempo de explicarlo. La mayoría, incluso, ha tenido la oportunidad de lamentar que el tiempo y los vaivenes de las variables macroeconómicas hayan echado por tierra sus cábalas sobre las causas del "milagro" norteamericano.
Cuando aún eran legión los que divagaban sobre si el responsable de todo era Clinton por haber llegado al acuerdo bipartito que logró eliminar el déficit público, o Greenspan por haberse erigido como el más creíble banquero central del mundo y haber mantenido, contra todo pronóstico, bajos los tipos de interés reales, o, incluso, se preguntaban si EEUU se lo debía todo a Bill Gates y a Internet, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) nos saca de dudas: sencillamente, EEUU creció mucho en los noventa porque en su economía cada vez trabajó más gente, durante más horas y con un costo laboral unitario que aumentó solamente 1.5% por año y que, siendo un 70% el de los europeos, no creció ni de lejos a tasas europeas. Y como si fuera poco, la productividad también aumentó en un 4% durante 1999, lo que significa que el bienestar de los norteamericanos mejoró notablemente. En otras palabras, si la productividad aumenta 1% anual, tomaría 70 años a una familia típica norteamericana doblar su nivel de vida, mientras que si la productividad alcanza 4% tardaría sólo 8 años. En consecuencia, la economía norteamericana crece por las razones más tradicionales y calvinistas del mundo. En efecto, mientras que los panameños que trabajan lo hacen 1,640 horas, y los europeos, dependiendo de los países, entre 1,400 y 1,750 horas, los norteamericanos que han logrado situar el desempleo en el 4.2% de la población activa, trabajan un promedio anual de 1,996 horas, 133 más que lo que hacían en 1980. De hecho, ya trabajan siete horas anuales más que los japoneses, líderes seculares de esta clasificación. Añádanle a esto toda la inmigración ilegal, la extensión de jornada laboral que para muchos ha supuesto la tan cacareada revolución de las telecomunicaciones -celulares sonando los fines de semana, e-mailes leídos y enviados fuera de jornada, etcétera - y se tiene una explicación razonable de por qué EEUU va bien.
Al igual que aquellos que clamaban que sin eliminar el déficit público no era posible obtener crecimientos del 4%, han tenido que reconocer que la causalidad del razonamiento es a la inversa, es decir, no hay déficit que se pueda resistir a una economía que crece al 4% por nueve años. A lo mejor a los panameños nos convendría revisar algunos de los apriorismos con los que se suelen ver nuestros problemas de mercado de trabajo. Aunque haya que reconocer que para la hedonista Panamá es más atractivo el mensaje de los treinta días de vacaciones anuales, los diez días festivos y los innumerables "días puentes", medios días y días libres que suelen multiplicarse como pan en Caná, no estaría de más que mirásemos si nos interesa esta realmente novedosa "revolución de la oferta" que también viene de EEUU. Me temo que no..., pero había que intentarlo. ¡O demostrarlo!