Terrorismo en la ONU
El compromiso, suscrito el 26 de junio de 1945, de los diversos gobiernos que, por intermedio de sus respectivos delegados, concurrieron al cónclave de San Francisco, se plasmó en la máxima organización internacional que denominaron Naciones Unidas.
Entre las motivaciones que gravitaron para la creación de este representativo organismo constan la reafirmación de la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la creación de condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia, la promoción del progreso social, la práctica de la tolerancia y la convivencia bajo atmósfera de concordia, como buenos vecinos.
Sus principales obligaciones quedaron determinadas en la cohesión de esfuerzos para el mantenimiento de la armonía y la seguridad internacionales, en la aplicación de la fuerza armada en servicio del interés común y en emplear un válido mecanismo para promover el progreso económico, educativo y social, de todos los pueblos, sin excepciones.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se convirtió en el símbolo de cooperación internacional para la solución de problemas de carácter económico, social, cultural o humanitario, para el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, en centro de convergencia para el cumplimiento de otros nobilísimos propósitos. La paz se constituyó en el eje de su razón de ser.
El terrorismo es todo lo contrario de los enunciados precedentes, a los que vulnera con crueldad y cobardía. Ello se acaba de comprobar con un hecho de incalificable naturaleza, que ratifica la barbarie de sus protagonistas y el riesgo para el planeta de este fenómeno que debe ser atacado por todos los países, con energía y sin pausa, ya que se trata de un flagelo ecuménico.
Nada menos que la sede de las Naciones Unidas en Bagdad fue blanco de un camión bomba que, al explotar, ocasionó más de un centenar de víctimas, entre muertos y heridos. Un periodista francés que estuvo presente en el atentado lo calificó de verdadera carnicería.
Como consecuencia de esta abominable acción, que además produjo grandes destrozos materiales, pereció el máximo jefe de la ONU en Irak, el apreciado y veterano diplomático brasileño Sergio Vieira de Mello, el candidato con mayores opciones para reemplazar a Kofi Annan.
La red terrorista del siniestro Osama bin Laden se adjudicó la autoría de este ruin ataque, con lo cual quedó demostrado, una vez más, el riesgo que existe actualmente en el planeta por los zarpazos del terrorismo cuya demencial incidencia, no hay que olvidar, es de carácter universal.
Si se llegó a cometer un acto de esas características en contra de la ONU, nada puede esperarse sino hechos similares por parte de estos homicidas que, repletos de odio y con obsesiva premeditación, cometen actos de ignominia.
Esos criminales pertenecen al imperio del caos, por cuanto nada les importa la vida humana, ni siquiera la suya, por eso mueren en el cometimiento de sus atrocidades guiados por el ciego y perverso fanatismo que les devora.
La propia ONU, que debe intensificar la lucha antiterrorista, con el ataque en referencia, acaba de sufrir en carne propia los aleves y demoledores golpes del flagelo al que, acertadamente, la comunidad internacional califica como crimen de lesa humanidad, precisamente por su enorme y devastador peligro.
Entre las motivaciones que gravitaron para la creación de este representativo organismo constan la reafirmación de la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la creación de condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia, la promoción del progreso social, la práctica de la tolerancia y la convivencia bajo atmósfera de concordia, como buenos vecinos.
Sus principales obligaciones quedaron determinadas en la cohesión de esfuerzos para el mantenimiento de la armonía y la seguridad internacionales, en la aplicación de la fuerza armada en servicio del interés común y en emplear un válido mecanismo para promover el progreso económico, educativo y social, de todos los pueblos, sin excepciones.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se convirtió en el símbolo de cooperación internacional para la solución de problemas de carácter económico, social, cultural o humanitario, para el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, en centro de convergencia para el cumplimiento de otros nobilísimos propósitos. La paz se constituyó en el eje de su razón de ser.
El terrorismo es todo lo contrario de los enunciados precedentes, a los que vulnera con crueldad y cobardía. Ello se acaba de comprobar con un hecho de incalificable naturaleza, que ratifica la barbarie de sus protagonistas y el riesgo para el planeta de este fenómeno que debe ser atacado por todos los países, con energía y sin pausa, ya que se trata de un flagelo ecuménico.
Nada menos que la sede de las Naciones Unidas en Bagdad fue blanco de un camión bomba que, al explotar, ocasionó más de un centenar de víctimas, entre muertos y heridos. Un periodista francés que estuvo presente en el atentado lo calificó de verdadera carnicería.
Como consecuencia de esta abominable acción, que además produjo grandes destrozos materiales, pereció el máximo jefe de la ONU en Irak, el apreciado y veterano diplomático brasileño Sergio Vieira de Mello, el candidato con mayores opciones para reemplazar a Kofi Annan.
La red terrorista del siniestro Osama bin Laden se adjudicó la autoría de este ruin ataque, con lo cual quedó demostrado, una vez más, el riesgo que existe actualmente en el planeta por los zarpazos del terrorismo cuya demencial incidencia, no hay que olvidar, es de carácter universal.
Si se llegó a cometer un acto de esas características en contra de la ONU, nada puede esperarse sino hechos similares por parte de estos homicidas que, repletos de odio y con obsesiva premeditación, cometen actos de ignominia.
Esos criminales pertenecen al imperio del caos, por cuanto nada les importa la vida humana, ni siquiera la suya, por eso mueren en el cometimiento de sus atrocidades guiados por el ciego y perverso fanatismo que les devora.
La propia ONU, que debe intensificar la lucha antiterrorista, con el ataque en referencia, acaba de sufrir en carne propia los aleves y demoledores golpes del flagelo al que, acertadamente, la comunidad internacional califica como crimen de lesa humanidad, precisamente por su enorme y devastador peligro.