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Terrorismo y derechos humanos


La Declaración Universal del 10 de diciembre de 1948 se basa en aquel permanente ideal común de libertad, justicia y paz, lejos de los actos de barbarie y en pro del advenimiento de un mundo mejor.
No obstante los adelantos en esta importante materia, falta todavía bastante para vencer la intransigencia, los prejuicios, los excesos y las crueldades. Es preciso insistir que los derechos humanos no son patrimonio exclusivo de tal o cual persona o grupo sino de toda la humanidad; mal hacen quienes se arrogan monopolio de los mismos como escudo de protervos intereses que van en desmedro, incluso, de las víctimas de repugnantes atrocidades. De otro lado, los auténticos y desinteresados líderes en esta materia merecen aplauso y gratitud, ya que se trata de un trabajo sacrificado, edificante y no exento de riesgos.
La sociedad necesita sólidos mecanismos para protegerse de sujetos que despiadadamente matan a niños, mujeres y ancianos, que circulan por la vía pública y son alcanzados por la bomba criminal de narcotraficantes que llevan a cabo repudiables hechos amparados en el espectro de la droga y la virulencia armada, de secuestradores que realizan brutales actos, de asaltantes que roban y matan con la mayor sangre fría e, incluso, sevicia, de indolentes sediciosos, de los enemigos de la concordia y el respeto a los demás, de los exaltados que manejan vituperables métodos de intimidación, de los autócratas que pisotean la libre expresión del pensamiento y cometen tropelías de diversa índole. En este recuento de la realidad contemporánea, se puede hacer otros y numerosos enunciados que reflejan flagrantes atropellos a la dignidad humana.
El terrorismo es el más pertinaz violador a los derechos humanos, por eso se le declaró crimen de lesa humanidad, en razón de que no tiene límites para perpetrar sus incalificables acciones. Si se analiza los treinta artículos de la mencionada e histórica Declaración se concluye que todos son vulnerados por los seguidores de la violencia y el caos, singularmente el tercero y el quinto que conciernen a la vida y a la seguridad, a los tratos inhumanos y degradantes.
El 11 de septiembre del año en curso se produjo un suceso de enorme tribulación, que se convirtió en el más explícito indicador de lo que son capaces de cometer los terroristas. Miles de seres inocentes perdieron la vida, incontables hogares sufrieron luto y cuantiosas privaciones, debido a esos ataques organizados por mentes fraguadas en la obscuridad de las cavernas. ¿Hubiese sido lo recomendable no aplicar el derecho a la legítima defensa y dejar que esos sanguinarios homicidas sigan haciendo de las suyas?
A pesar de lo inaudito de lo acontecido, hubo gente que aplaudió semejantes ruindades, no solamente entre los rudimentarios alzados en armas de Asia Central, sino entre dirigentes occidentales que ostentan el membrete de defensores de los derechos humanos, cual fue el caso de Hebe de Bonafini que, con satisfacción, exclamó públicamente: "Sentí alegría. No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada". ¿Desconocerá esta señora lo que se llama hechos genocidas? ¿Podrá una persona en sus cabales, más aún si es abuela, aplaudir a bestiales asesinos? ¿Se habrá enterado de la esclavitud a que fueron sometidas las mujeres en el régimen talibán?
Osama bin Laden y los integrantes de Al Qaeda, esa red de carniceros extendida a casi cien países, merecen el desprecio de las generaciones, por cuanto se han colocado en lugares iguales a los de Hitler y de cuantos otros monstruos engendrados por el odio, el fanatismo y el extravío de la ruta de la racionalidad y el bien. La Conferencia Islámica que agrupa a cincuenta y seis naciones, en asamblea efectuada en Doha, el 10 de octubre del 2001, refiriéndose a lo que pasó en Nueva York y Washington, se pronunció textualmente de la siguiente manera: "Estos actos terroristas contradicen las enseñanzas de todas las religiones y los valores humanos y morales".
Como el primer desafío mundial calificó José María Aznar al terrorismo, añadiendo que si no se castiga a este inhumano fenómeno se garantizaría la impunidad del terror, consiguientemente a los más crasos atropellos a los derechos humanos.

101 años de Panamá América

 
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