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Tiembla Estambul


El hombre no suele escoger los mejores lugares para vivir en este mundo. Generalmente, aquellos sitios llenos de beneficios como las tierras fértiles y una buena ubicación geográfica engañan a los mortales. Grandes civilizaciones han desaparecido producto de esos factores. La bonanza de la tierra volcánica en Indonesia, Italia, Grecia y América Central ha provocado desastres terribles que durante los siglos asesinaron a millones de personas.
Una de las zonas más inestables sísmicamente hablando, es la región de la Anatolia Septentrional, ubicada en la parte norte del Asia Menor. Los movimientos de las placas terrestres moldearon esa área, levantando las montañas, formando profundos valles y crearon varios efectos entre los mares Negro y Mediterráneo, conocidos como Bósforo y Dardanelos. Las aguas del Mármara bañan la provincia más productiva de Turquía, cerca de la megalópolis de Estambul, que fue antigua sede del Sultán Otomano y del Imperio de Solimán el Magnífico.
En el pasado, la parte europea de Turquía, al igual que el noroeste del Asia Menor, fueron sacudidos por violentos terremotos. Después de la caída de Constantinopla, un sismo mató a trece mil personas en septiembre de 1509 en dicha región. Siglos después, en Erzincán, otro movimiento telúrico, de 7.6 grados en la Escala Richter, cobró la vida de 32,700 personas. Por si fuera poco, a mediados de esta década, Turquía ya había sentido las inclemencias de varios desastres aislados en la costa con el Egeo y el centro del país. Pero nadie se imaginaba que una peor tragedia a las anteriores, caería sobre el punto turco.
Como sí la sombra del eclipse solar de este año hubiese sido una alerta premeditada, en la madrugada del pasado lunes 16 de agosto, un cataclismo colosal aterrorizó a Turquía. El poderoso sismo, de casi 8 grados, destruyó las ciudades costeras de Izmit y Golchuk, frente al Mármara. Estambúl sufrió mediados daños. Industrias, fábricas de automóviles, refinerías y edificios se derrumbaron ante la oleada sísmica como si se tratara de un juego de dominó. En un radio de 150 kilómetros al centro del estrecho de Bósforo, casi todas las ciudades fueron destruidas. El apocalipsis fue adelantado a este humilde pueblo de creencia musulmana.
Cifras no alentadoras demuestran nuestra imprudencia de vivir cerca de las fallas tectónicas. Más de 12 mil muertos, unos 35,000 desaparecidos y 13,000 heridos deja la estela de destrucción en la conflagración. Millones de damnificados están en la intemperie. Es tal el desastre que en algunas zonas corren peligro de propagarse epidemias, producto de la descomposición de los restos humanos. Aún incluso se recomendó detener las operaciones socorristas internacionales, para evitar el pandemonio.
Hoy Turquía enfrenta el reto de reconstruir una nación que estaba a punto de entrar en la Unión Europea, pero el desastre natural causó un "shock" que costará 24,000 millones de euros y un atraso en décadas para lograr un desarrollo pleno. Los estudios económicos posteriores al fenómeno indican que la economía turca perdió su pujanza. La producción petrolera fue reducida a un 40% tras el sismo por el incendio en la refinería de Izmit; mientras, las transnacionales General Motors y Fiat reportan pérdidas millonarias en sus plantas de ensamblaje turcas.
Los pronósticos futuros de los expertos en sismología mencionan la posibilidad de otro poderoso terremoto similar, que puede repercutir en el Oeste de Turquía, específicamente en Estambul, la ciudad más poblada del país, que concentra unos 8 millones de habitantes. Imagine usted lo que ocurriría si un sismo de 8 grados asolara a la Nueva Constantinopla. El terremoto de 1976, que sucedió en Tengshán, China, sería un evento pequeño. Aquel causó medio millón de víctimas y en Estambul pueden morir hasta dos millones de personas.
Y como observamos en Turquía, la culpa fue de los malos constructores de edificios, los cuales diseñaron estructuras sin medidas de seguridad adecuadas para soportar los movimientos telúricos de la Anatolia. Recemos por que no se repita esta tragedia en otro lugar del mundo, mucho menos en Panamá, que tampoco está tan bendita.

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