Tiempos de Pasión
Por supuesto que también la vi. O sea, la película de Mel Gibson. Después de muchos comentarios y opiniones encontradas, decidí hacerlo con la mente abierta y tratando de ser lo más receptivo posible, hasta donde mi humanidad me lo permite. Digo esto porque observo que muchas personas acuden a ver esta película con criterios preconcebidos, luego de tanta fanfarria entorno.
Así, asisten los que están dispuestos a derramar baldes de lágrimas, aún sin haberse iniciado la función. Los que van preparados, previamente informados, a contar los fuetazos, patadas y las trompadas recibidas por el Señor. Y desde luego, no faltan los que sin criterio alguno salen del cine, tal como entraron, sin descubrir nada que ya no supieran. Es decir, poco.
Pienso que a un espectáculo que ha recibido tanta publicidad y sobre el que cada quien tiene alguna referencia, se debe acudir con el corazón, pero sobre todo con el razonamiento.
No me refiero a las especulaciones teologales, ni presuntamente discriminatorias, de las tertulias.
Tampoco se trata de ver con un solo ojo, el cual nos conduce a no sacar el provecho debido de semejante empeño cinematográfico.
De mi parte, quise redescubrir y descifrar muchos de los múltiples mensajes plasmados en la película.
Gibson persigue, en primer lugar, a la traición. Más que de Judas se trata, a mi manera de ver, de condenar la traición como antivalor. La hipocresía. Las promesas y los compromisos violados, o lo que es lo mismo, "jurar su nombre -el del Señor- en vano".
La traición, al fin, es perseguida, acorralada por la pureza, por los niños-conciencia, tras la mirada siempre permanente y conminatoria del Maestro... "aquella mirada..."
Hay que decir que la película se aproxima en buen grado a la historia-leyenda, presentándonos la un Jesús rebelde, resistiendo física y moralmente el infundio y la calumnia, hasta la tortura y la infamia de los clavos en la cruz.
Y pidió perdón para todos. Un perdón que debe interpretarse en su correcta dimensión, que no es el "borrón y cuenta nueva" de la impunidad.
A renglón seguido a la muerte terrenal, el cielo se desgarra en terremoto poniendo en fuga a los victimarios, cómplices y gestores del crimen, destruyendo los palacios del privilegio y la corrupción. Antes los había sacado a latigazos del templo.
En consecuencia, más que especular, anatemar o sollozar, el espectador, en este caso los panameños, deberíamos reflexionar con mucho más profundidad en torno a la llamada tragedia del Calvario, particularmente en estos tiempos en que el país se aboca a uno de esos momentos decisivos de su historia, como lo son las próximas elecciones generales. Hemos de reflejarnos, para bien o para mal, en cada uno de los pasos transitados por Jesucristo en sus crueles y últimas doce horas.
Allí veremos las pupilas de cada uno: los que van a los templos con rostros plañideros y de arrepentimientos relativos, para al minuto siguiente destrozar los juramentos.
Aquellos que oran por la justicia y la pobreza de los demás, para seguir exacerbando el egoísmo, haciendo de Panamá uno de los países con mayor desigualdad en el Continente, en medio de enormes fortunas.
Quisiera pensar que quienes a la fecha han dejado en las taquillas de los cines del mundo cientos de millones de dólares, aprendieron el hondo significado del sufrimiento, nada más y nada menos, que del Hijo de Dios. De los miles que todavía sufren la intolerancia, la opresión, la tortura y el destierro, o el exterminio por el hambre, la cibernética guerrerista, física o mediática de millones de seres humanos, en todas partes del mundo, sobre todo niños, hijos igualmente de Dios.
De poco y nada valdrán, pues, nuestros pasajeros y quejumbrosos gemidos ante los azotes y la crucifixión fílmica o real del Maestro, las peregrinaciones, las grotescas representaciones "en vivo", así como y los golpes de pechos en Semana Santa, si al cabo y como quien dice "antes que cante el gallo", el 2 de mayo próximo persistimos en la mentira, la corrupción y la desvergüenza.
Que ese mismo Dios, nos ilumine.
*El autor es Presidente de la Red de Periodistas Ambientalistas de Panamá -REDPA -
(adagal43@hotmail.com)
Así, asisten los que están dispuestos a derramar baldes de lágrimas, aún sin haberse iniciado la función. Los que van preparados, previamente informados, a contar los fuetazos, patadas y las trompadas recibidas por el Señor. Y desde luego, no faltan los que sin criterio alguno salen del cine, tal como entraron, sin descubrir nada que ya no supieran. Es decir, poco.
Pienso que a un espectáculo que ha recibido tanta publicidad y sobre el que cada quien tiene alguna referencia, se debe acudir con el corazón, pero sobre todo con el razonamiento.
No me refiero a las especulaciones teologales, ni presuntamente discriminatorias, de las tertulias.
Tampoco se trata de ver con un solo ojo, el cual nos conduce a no sacar el provecho debido de semejante empeño cinematográfico.
De mi parte, quise redescubrir y descifrar muchos de los múltiples mensajes plasmados en la película.
Gibson persigue, en primer lugar, a la traición. Más que de Judas se trata, a mi manera de ver, de condenar la traición como antivalor. La hipocresía. Las promesas y los compromisos violados, o lo que es lo mismo, "jurar su nombre -el del Señor- en vano".
La traición, al fin, es perseguida, acorralada por la pureza, por los niños-conciencia, tras la mirada siempre permanente y conminatoria del Maestro... "aquella mirada..."
Hay que decir que la película se aproxima en buen grado a la historia-leyenda, presentándonos la un Jesús rebelde, resistiendo física y moralmente el infundio y la calumnia, hasta la tortura y la infamia de los clavos en la cruz.
Y pidió perdón para todos. Un perdón que debe interpretarse en su correcta dimensión, que no es el "borrón y cuenta nueva" de la impunidad.
A renglón seguido a la muerte terrenal, el cielo se desgarra en terremoto poniendo en fuga a los victimarios, cómplices y gestores del crimen, destruyendo los palacios del privilegio y la corrupción. Antes los había sacado a latigazos del templo.
En consecuencia, más que especular, anatemar o sollozar, el espectador, en este caso los panameños, deberíamos reflexionar con mucho más profundidad en torno a la llamada tragedia del Calvario, particularmente en estos tiempos en que el país se aboca a uno de esos momentos decisivos de su historia, como lo son las próximas elecciones generales. Hemos de reflejarnos, para bien o para mal, en cada uno de los pasos transitados por Jesucristo en sus crueles y últimas doce horas.
Allí veremos las pupilas de cada uno: los que van a los templos con rostros plañideros y de arrepentimientos relativos, para al minuto siguiente destrozar los juramentos.
Aquellos que oran por la justicia y la pobreza de los demás, para seguir exacerbando el egoísmo, haciendo de Panamá uno de los países con mayor desigualdad en el Continente, en medio de enormes fortunas.
Quisiera pensar que quienes a la fecha han dejado en las taquillas de los cines del mundo cientos de millones de dólares, aprendieron el hondo significado del sufrimiento, nada más y nada menos, que del Hijo de Dios. De los miles que todavía sufren la intolerancia, la opresión, la tortura y el destierro, o el exterminio por el hambre, la cibernética guerrerista, física o mediática de millones de seres humanos, en todas partes del mundo, sobre todo niños, hijos igualmente de Dios.
De poco y nada valdrán, pues, nuestros pasajeros y quejumbrosos gemidos ante los azotes y la crucifixión fílmica o real del Maestro, las peregrinaciones, las grotescas representaciones "en vivo", así como y los golpes de pechos en Semana Santa, si al cabo y como quien dice "antes que cante el gallo", el 2 de mayo próximo persistimos en la mentira, la corrupción y la desvergüenza.
Que ese mismo Dios, nos ilumine.
*El autor es Presidente de la Red de Periodistas Ambientalistas de Panamá -REDPA -
(adagal43@hotmail.com)