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TLC, transparencia y justicia


La posibilidad de que nuestro país llegue a ser elegible por los Estados Unidos (EU) como contraparte para negociar un Tratado de Libre Comercio (TLC), ha tenido en el tiempo, altas y bajas, dependiendo del momento político y el nivel de las relaciones con EU. Ahora, vuelve el tema al tapete, pero siguen las ambigüedades latentes, propias de algo tan complejo como el tema que nos ocupa. La mayor de todas, el aparente silencio con que la Administración Bush y la prensa de Washington trataron el resultado de la reunión de ambos mandatarios. Según lo que informó la Sra. Presidenta, los logros fueron importantes, pero ¿qué dice la contraparte?
Hemos tenido la iniciativa, junto al Prof. Rubén Darío Carles, de tratar de actualizarnos sobre la real posibilidad de que este asunto se convierta en una realidad. Mucha agua ha pasado debajo del puente desde que veía estos asuntos, razón por lo que iniciamos el contacto, claro está, desde una perspectiva general, sin entrar en detalles técnicos. Sería el escenario ideal y conveniente para Panamá. Los TLC serán, a mi juicio, un tremendo valor agregado a nuestra posición geográfica. Sin embargo, va a tomar tiempo y muchas decisiones, profundas todas ellas, antes de que EU acceda a nuestra aspiración. Veamos algunos temas.
Durante la primera administración de Guillermo Endara, Panamá inicia la transformación y modernización económica, cónsona con el momento internacional de la época. Con los EU se firma, por parte de Roberto Alfaro como Ministro de Comercio, un documento que sienta las bases para esa aspiración panameña. Luego, como paso previo y necesario, Panamá inicia las gestiones para ingresar al GATT, hoy OMC, proceso que tomó varios años y muchas negociaciones integradas por el gobierno y el sector privado, el cual se concluyó bajo la Administración Pérez-Balladares. En el camino, surge toda clase de hipótesis acerca de la conveniencia o no de abandonar los esquemas proteccionistas de las décadas anteriores, para dar paso a la apertura económica, tema que aún es objeto de debates. Paralelo a ello, la Administración Endara dio pasos de acercamiento a Centroamérica. Primero, como he escrito, como una vía para romper el aislamiento político de los primeros años de su gobierno, pero luego y en serio, para estudiar la manera de cómo Panamá podía, salvadas las diferencias económicas y de sistemas, incorporarse al proceso de integración centroamericano. Hago la salvedad de que para esas fechas, Panamá se encontraba casi al margen de todas las iniciativas regionales por razón de las medidas adoptadas por las mismas contra el régimen de Noriega, pero a medida que se fueron rompiendo los aislamientos, el mensaje era claro y contundente: el esfuerzo debe ser regional y no aislado, por lo poco relevante que era y sigue siendo nuestro mercado como atractivo para iniciativas comerciales. El sector privado de la época, dirigido por APEDE, inició los estudios sobre Centroamérica y fueron ellos quienes a través de un documento extenso (1992), recomendaron al gobierno de Guillermo Endara, dar el paso hacia la región, teniendo como condiciones dos elementos claves: la integración tenía que ser gradual y complementaria. Ambos conceptos abarcaban sabiamente nuestras posibilidades e impedimentos, cosa que siempre se dejó planteado con sinceridad política a nivel de presidentes del área, incorporándose cláusulas a los distintos acuerdos comerciales que le permitieran a Panamá acceder a ellos, siempre sujetos a esas dos condiciones.
La Unión Europea, en esos tiempos Comunidad Económica, era precisa al decir que con Centroamérica todo, individualmente nada. Centroamérica siempre la visualizamos como un medio, no como un fin, lo cual nunca fue entendido con posterioridad, iniciando el camino del aparente limbo regional en que nos encontramos hoy.
Ya desde esos años, los mandatarios buscaban la forma de llegar en bloque a EU y pedir el TLC regional como una forma indirecta pero favorable para estabilizar la democracia en la región y disminuir la pobreza galopante. Eran los años que siguieron a la guerra en varios países y sin desarrollo era difícil alcanzar la paz plena y duradera.
Los antecedentes son importantes ahora que volvemos a buscar el TLC con EU, en momentos en que Centroamérica ha avanzado bastante y no parece ni prudente ni recomendable, salvo mejores criterios técnicos, adherirse a un tratado en el que en sus etapas fundamentales no hemos sido negociadores con relación a nuestros intereses, que siguen siendo bien distintos a los del resto de los países, a pesar de que existan las llamadas "docking clauses" que, entiendo, se utilizan para estos propósitos. Sin embargo, pareciera desprenderse de las palabras de la mandataria, que se abre la puerta para que veamos cuál esquema de tratado encaja mejor con nuestras realidades, teniendo como parámetros el de Chile y Singapur, países a años luz de nosotros en materia de apertura y libre comercio. Sería interesante ver el modelo Singapur, por aquello de las eventuales similitudes en relación a los servicios con que se ha desarrollado ese pequeño gran país.
Aunque positiva como iniciativa, la disposición de sentarse a hablar de libre comercio conlleva, a mi entender, un cambio cultural profundo que no estoy seguro que estemos decididos como país a realizar, me refiero a la integralidad del mismo.
Hay que ver las causas que motivan algunos de los cotidianos cierres de calles y carreteras para darse cuenta de esto. Con EU en una mesa de este tipo, se tiene que hablar de todo y nada puede quedar por fuera de la mesa. Si se comienza por las exclusiones, se acabará con la iniciativa. Ese todo implica las aspiraciones máximas de ambos países y conlleva costos políticos que de seguro esta administración ni puede ni quiere pagar, habida cuenta el déficit político en que se encuentra, entre otros.
Dentro de los temas que podrían interesar a la contraparte, están varios que, aunque a simple vista nada tienen que ver con un TLC, sí tienen connotaciones importantes: la falta de transparencia en la gestión pública, la ineficiencia y corrupción de la administración de justicia, la falta de reglas claras para que los inversionistas puedan tener tranquilidad de que su participación en Panamá está regida por normas invariables, compromiso real de lucha contra la corrupción más allá de discursos vacíos, una clara postura a favor del libre comercio y la libertad económica; blanqueo de capitales; seguridad y lucha antiterrorismo; en pocas palabras, a los EU y a cualquier otro país que negocie libre comercio con Panamá requerirá un ambiente legal justo, transparente, equitativo, ágil, entre otras características, que propicien ese buscado libre comercio sin obstáculos. (Un buen amigo me preguntaba la semana pasada que si acaso estos problemas son distintos a las realidades de los países centroamericanos. Aspirar a vivir en un Panamá decente, no es sólo una contraprestación para lograr un TLC, le dije).
Una de las personas consultadas al respecto, ponía el ejemplo de Chile, a quien todos miran y alaban en cuanto al efecto final de sus logros -pocos hablan o entienden sobre lo que ha tenido que hacer y sacrificar para alcanzar su actual posición-, pero nos comentaba que ese acuerdo recién firmado lo denominan un "Goldstandard Comprehensive Agreement", lo cual significó que EU y Chile hablaron y negociaron todos lo temas sobre la mesa. ¿Estamos nosotros pensando en lo mismo? ¿O creen que una negociación con los EU será algo así como los "diálogos para la reactivación económica o el fallido -desde el inicio- diálogo para "salvar" la CSS? Del resultado de éstos, ya conocemos un tanto.
El TLC con EU es positivo, cuando se materialice, pero me preocupa que para ello no estemos todos en sintonía con las implicaciones, decisiones y cambios profundos que tal aventura conlleva. La relación actual con EU y el mantel largo con que pareciera que se cubre, no alcanza para tanto. En lo comercial, ni EU ni nadie negocia libre comercio por razones o como forma de retribuir favores políticos, aún después de Irak, que definitivamente ha hecho variar la lista de amigos. Entonces, creo que lo prudente es ser realista.
El esfuerzo hay que continuarlo, pero el saneamiento de los temas que he mencionado, como tantos otros, con impacto directo en el agotado modelo de gestión y de administración pública que estamos sufriendo a diario, deben ser revisados y debiera ser uno de los principales compromisos del nuevo gobierno. Mientras tanto, volvamos a nuestra dura realidad para ver qué hacemos con ella.

101 años de Panamá América

 
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