Todos los niños de la presidenta
A mediados de noviembre del año pasado se congregaron en la ciudad de Panamá los presidentes de los países de América Latina; según los portavoces de este cónclave, el propósito fundamental era la creación de un "Programa para el desarrollo de la niñez en Latinoamérica". Las reuniones de los presidentes -me dijo una vez un estudiante de mi clase de Historia- "no son otra cosa que una forma solapada de aliviar el "stress" ocasionado por las múltiples obligaciones y presiones a que son sometidos en sus respectivos países". El me decía con firmeza y sinceridad que, una vez concluida cada una de estas reuniones ellos se despiden del anfitrión, y al cabo de unos días todos los discursos colmados de perogrulladas y demagogias son echados al olvido. Por consiguiente, todos optan por lo más fácil, guardar silencio y engavetar todos los proyectos ilusorios que fueron presentados y aprobados allí de manera unánime.
En Panamá, país en donde el gobierno se gastó más de siete millones de dólares para la organización y realización de la tal reunión de presidentes, viven más de 200 mil niños en estado de pobreza y de pauperismo. Todavía los panameños no hemos detectado la planificación a nivel nacional de programas realísticos que tengan el propósito de mejorar las condiciones de vida de estos niños; ni siquiera se han iniciado las inversiones que tengan como meta el desarrollo integral de la niñez a la cual se hizo alusión en la reunión de presidentes.
La niñez a la que aludió doña Mireya en su discurso de aquella ocasión, ha evidenciado la falta de una política nacional que sirva de fundamento y de punto de partida para acabar con la desnutrición y la miseria en que ellos están sumidos. Necesitamos más que meras palabras y promesas basadas en proyectos ilusorios para hacer frente a la situación lastimosa en que vive esa parte de la población de este país.
Luego de transcurrido casi un año, los presidentes de América Central y de Panamá deben sentirse avergonzados por sus promesas hechas a través de sus discursos demagógicos en aquella reunión, cuando más de dos millones de niños que habitan en este ámbito geográfico están al borde de la muerte por inanición. Preguntamos ¿Tal vez están sus mentes tan despistadas respecto a las condiciones lamentables de esta niñez, a causa de la falta de amor o, por su ignorancia del arte de gobernar?.
A tales interrogantes no existe una respuesta sencilla, a menos que se acepte el principio de que tales gobernantes no tienen sensibilidad humana, ni sienten verdadero amor hacia los gobernados. Ellos -los gobernantes centroamericanos y de Panamá- tienen en común su incapacidad para mejorar o cambiar el actual sistema y metodología de gobernar. No obstante, me inclino a pensar que ellos sienten que poseen el monopolio de la sabiduría y, por tal motivo, no aceptan que los ciudadanos pensantes participen, promuevan y forjen ideas por las cuales se logre sentar las bases para la creación de instituciones capaces de mejorar el nivel de vida de los gobernados.
El crecimiento del círculo de la pobreza seguirá su ritmo actual, y seguramente llegará a niveles de alta peligrosidad para la convivencia en un estado de armonía y de paz, a menos que el gobierno de Panamá logre fortalecer la confianza de los ciudadanos. De igual manera, no podemos ser testigos mudos del despilfarro de los dineros de los contribuyentes en momentos en que se agrava la crisis económica mundial, y en la que una devastadora conflagración global amenaza el futuro de la humanidad.
También es importante señalar que cualesquiera de los métodos nuevos de gobernar que sean aplicados en un futuro cercano deben estar dirigidos fundamentalmente al incremento de la producción agrícola, es decir, a la producción de alimentos, puesto que ello nos haría menos dependientes de los productos que actualmente provienen de países desarrollados. Más aún, el incremento en la producción de bienes primarios, sobre todo de alimentos, podría asegurar la sobrevivencia de la niñez de América Latina, en un eventual estallido de la Tercera Guerra Mundial. Es obvio que el desarrollo económico que tanto anhelamos los panameños no se puede lograr sin la participación de los trabajadores y de los inversionistas, que son los dos factores esenciales en la formación de capital; más aún, es importante que el gobierno aliente y promueva el hábito del ahorro en la clase trabajadora, a fin de hacerle frente al flagelo de la pobreza.
Es, tal vez, un punto curioso que insistamos en la necesidad de crear programas y proyectos tangibles que conduzcan al mejoramiento del nivel de vida de la niñez hasta el último confín del territorio nacional, pero para ello es necesario la inversión en salud, educación, alimentación, vivienda y vestimenta. Para lograr el éxito de estos proyectos, es ineludible poner en práctica la inventiva, el trabajo arduo y, sobre todo, el descubrimiento de nuevos sistemas y metodologías para gobernar en Panamá.
Sin embargo, insisto en afirmar que la pobreza creciente en Panamá es en gran parte culpa de los gobernantes, ya que esta situación se origina por la falta de amor hacia los gobernados, y se alimenta de la opresión socioeconómica hacia los trabajadores, sumado esto a la corrupción rampante que corroe la mente y el alma de los políticos que detentan el poder.
En conclusión, es evidente que los esfuerzos que hagamos todos los habitantes de este país en el presente para mejorar el desarrollo integral de la niñez panameña se reflejará en el Panamá del mañana, puesto que ellos -los niños de hoy- representan el futuro de esta nación.
En Panamá, país en donde el gobierno se gastó más de siete millones de dólares para la organización y realización de la tal reunión de presidentes, viven más de 200 mil niños en estado de pobreza y de pauperismo. Todavía los panameños no hemos detectado la planificación a nivel nacional de programas realísticos que tengan el propósito de mejorar las condiciones de vida de estos niños; ni siquiera se han iniciado las inversiones que tengan como meta el desarrollo integral de la niñez a la cual se hizo alusión en la reunión de presidentes.
La niñez a la que aludió doña Mireya en su discurso de aquella ocasión, ha evidenciado la falta de una política nacional que sirva de fundamento y de punto de partida para acabar con la desnutrición y la miseria en que ellos están sumidos. Necesitamos más que meras palabras y promesas basadas en proyectos ilusorios para hacer frente a la situación lastimosa en que vive esa parte de la población de este país.
Luego de transcurrido casi un año, los presidentes de América Central y de Panamá deben sentirse avergonzados por sus promesas hechas a través de sus discursos demagógicos en aquella reunión, cuando más de dos millones de niños que habitan en este ámbito geográfico están al borde de la muerte por inanición. Preguntamos ¿Tal vez están sus mentes tan despistadas respecto a las condiciones lamentables de esta niñez, a causa de la falta de amor o, por su ignorancia del arte de gobernar?.
A tales interrogantes no existe una respuesta sencilla, a menos que se acepte el principio de que tales gobernantes no tienen sensibilidad humana, ni sienten verdadero amor hacia los gobernados. Ellos -los gobernantes centroamericanos y de Panamá- tienen en común su incapacidad para mejorar o cambiar el actual sistema y metodología de gobernar. No obstante, me inclino a pensar que ellos sienten que poseen el monopolio de la sabiduría y, por tal motivo, no aceptan que los ciudadanos pensantes participen, promuevan y forjen ideas por las cuales se logre sentar las bases para la creación de instituciones capaces de mejorar el nivel de vida de los gobernados.
El crecimiento del círculo de la pobreza seguirá su ritmo actual, y seguramente llegará a niveles de alta peligrosidad para la convivencia en un estado de armonía y de paz, a menos que el gobierno de Panamá logre fortalecer la confianza de los ciudadanos. De igual manera, no podemos ser testigos mudos del despilfarro de los dineros de los contribuyentes en momentos en que se agrava la crisis económica mundial, y en la que una devastadora conflagración global amenaza el futuro de la humanidad.
También es importante señalar que cualesquiera de los métodos nuevos de gobernar que sean aplicados en un futuro cercano deben estar dirigidos fundamentalmente al incremento de la producción agrícola, es decir, a la producción de alimentos, puesto que ello nos haría menos dependientes de los productos que actualmente provienen de países desarrollados. Más aún, el incremento en la producción de bienes primarios, sobre todo de alimentos, podría asegurar la sobrevivencia de la niñez de América Latina, en un eventual estallido de la Tercera Guerra Mundial. Es obvio que el desarrollo económico que tanto anhelamos los panameños no se puede lograr sin la participación de los trabajadores y de los inversionistas, que son los dos factores esenciales en la formación de capital; más aún, es importante que el gobierno aliente y promueva el hábito del ahorro en la clase trabajadora, a fin de hacerle frente al flagelo de la pobreza.
Es, tal vez, un punto curioso que insistamos en la necesidad de crear programas y proyectos tangibles que conduzcan al mejoramiento del nivel de vida de la niñez hasta el último confín del territorio nacional, pero para ello es necesario la inversión en salud, educación, alimentación, vivienda y vestimenta. Para lograr el éxito de estos proyectos, es ineludible poner en práctica la inventiva, el trabajo arduo y, sobre todo, el descubrimiento de nuevos sistemas y metodologías para gobernar en Panamá.
Sin embargo, insisto en afirmar que la pobreza creciente en Panamá es en gran parte culpa de los gobernantes, ya que esta situación se origina por la falta de amor hacia los gobernados, y se alimenta de la opresión socioeconómica hacia los trabajadores, sumado esto a la corrupción rampante que corroe la mente y el alma de los políticos que detentan el poder.
En conclusión, es evidente que los esfuerzos que hagamos todos los habitantes de este país en el presente para mejorar el desarrollo integral de la niñez panameña se reflejará en el Panamá del mañana, puesto que ellos -los niños de hoy- representan el futuro de esta nación.