Tolerancia y democracia
Uno de los rasgos más sobresalientes de una democracia moderna es la capacidad de sus instituciones de velar porque se discutan en paz y con altura todos los temas que afectan a la población. Este clima de tolerancia y apertura conduce, irremediablemente, a la convivencia pacífica.
El reciente debate en torno al tema del aborto dejó algunas enseñanzas interesantes. Primero, que es necesario un liderazgo tolerante, capaz de conducir democráticamente el debate sobre éste y cualquier otro tema. Enseñó que todos tenemos derechos a ser escuchados y, más que eso, a que se tome en cuenta lo que opinamos, pues de nada vale que se haga la pantomima de dejar hablar a otros, si no se usan las propuestas diversas para construir el futuro. Esto es así pues, de lo contrario, si todo se vuelve teatro, caeríamos en lo que el teórico Herbert Marcuse señalaba como "tolerancia pura"; es decir, aquella institucionalizada, en abstracto, que no sirve para otra cosa que para mantener el status quo de la desigualdad, y es instrumento de esclavitud cuando se da en una sociedad represiva.
Entendemos entonces que la tolerancia debe ser considerada como presupuesto de la democracia, y viceversa. Sin una, la otra es una quimera. Más aún cuando se trata de la tolerancia política, la que se ejerce desde cualquier tipo de poder, pues se convierte en la facultad de comprender y respetar al otro y reconocer a las minorías y sus ideas.
El reciente debate en torno al tema del aborto dejó algunas enseñanzas interesantes. Primero, que es necesario un liderazgo tolerante, capaz de conducir democráticamente el debate sobre éste y cualquier otro tema. Enseñó que todos tenemos derechos a ser escuchados y, más que eso, a que se tome en cuenta lo que opinamos, pues de nada vale que se haga la pantomima de dejar hablar a otros, si no se usan las propuestas diversas para construir el futuro. Esto es así pues, de lo contrario, si todo se vuelve teatro, caeríamos en lo que el teórico Herbert Marcuse señalaba como "tolerancia pura"; es decir, aquella institucionalizada, en abstracto, que no sirve para otra cosa que para mantener el status quo de la desigualdad, y es instrumento de esclavitud cuando se da en una sociedad represiva.
Entendemos entonces que la tolerancia debe ser considerada como presupuesto de la democracia, y viceversa. Sin una, la otra es una quimera. Más aún cuando se trata de la tolerancia política, la que se ejerce desde cualquier tipo de poder, pues se convierte en la facultad de comprender y respetar al otro y reconocer a las minorías y sus ideas.