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Tomar un taxi, una odisea


Algo tan elemental en cualquier ciudad que se precie de ofrecer a sus habitantes y visitantes un mínimo de comodidad a la hora de transportarse en ella, como lo es tomar un taxi de servicio público, en nuestra capital es una verdadera odisea, digna de héroes.

Si por obra de la Divina Providencia, usted tiene la suerte de divisar un vehículo con letrero de taxi en el techo, que además venga sin pasajeros, primero tiene que someterse al increíble ritual de preguntarle al taxista si él se dirige en la misma dirección a la que usted desea ir. Es decir, al contrario de como funciona en todo el mundo. Lo segundo es permitir que el taxista se detenga en sitios estratégicos que han habilitado como piqueras brujas ante la vista pesada y permisiva de las autoridades, para vocear, cual pavos, la ruta hacia su destino, para conseguir más pasajeros.

Finalmente, es muy probable que el taxista le cobre más de lo legalmente establecido, si es que tiene la suerte de nos ser víctima de un asalto a manos del propio conductor. ¡Vaya calamidad!

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