Torrijos y la soberanía nacional
Los jefes de Estado de siete naciones y el Canciller de Argentina acaban de declarar "terroristas" a las fuerzas insurgentes que operan desde hace décadas en la vecina Colombia. Las incursiones violatorias en Panamá son de vieja data, y es notorio que así como Torrijos no supo actuar correctamente en los sucesos del 9 de enero de 1964, 22 años más tarde cuando el golpe de estado octubrino lo había investido como Jefe de Estado con autoridad dictatorial, se volvió a repetir la historia poco edificante. Los sublevados colombianos, hoy catalogados como terroristas, hacían incursiones en Darién entonces como lo hacen ahora, apoderándose a la fuerza de lo ajeno y asesinando a quien se resistiera a entregar lo suyo.
La reacción del General, según informes existentes, fue reunirse con los invasores para llegar a un entendimiento amigable, en virtud del cual los guerrilleros y sus adversarios, los paramilitares, no encontrarían obstáculo alguno para perpetrar sus actos ilegales.
La prensa controlada de ese tiempo jamás dio cuenta de dificultad alguna en la frontera, y en cierto modo el desgobierno militarista por la actitud asumida se hizo cómplice de los hechos bochornosos y así denotaba completa frialdad en relación al hostigamiento que sufría la vecina Colombia de parte de los sublevados que se alimentaban del narcotráfico y, aparentemente, sin darle importancia a la violación a nuestra soberanía. Respaldado por una guardia nacional militarizada que contaba con tanquetas artilladas, miles de hombres con rifles de asalto, ametralladoras y helicópteros artillados, el General Torrijos optó por brindarle al invasor paso expedito para sus fechorías, a la par que violaba la soberanía impunemente.
Nadie podrá negar estos hechos que ocurrieron en un período funesto en nuestra historia y que jamás debe repetirse. La Constitución actual adolece de múltiples defectos, pero su prohibición a la existencia de un ejército deberá mantenerse a toda costa.
La reacción del General, según informes existentes, fue reunirse con los invasores para llegar a un entendimiento amigable, en virtud del cual los guerrilleros y sus adversarios, los paramilitares, no encontrarían obstáculo alguno para perpetrar sus actos ilegales.
La prensa controlada de ese tiempo jamás dio cuenta de dificultad alguna en la frontera, y en cierto modo el desgobierno militarista por la actitud asumida se hizo cómplice de los hechos bochornosos y así denotaba completa frialdad en relación al hostigamiento que sufría la vecina Colombia de parte de los sublevados que se alimentaban del narcotráfico y, aparentemente, sin darle importancia a la violación a nuestra soberanía. Respaldado por una guardia nacional militarizada que contaba con tanquetas artilladas, miles de hombres con rifles de asalto, ametralladoras y helicópteros artillados, el General Torrijos optó por brindarle al invasor paso expedito para sus fechorías, a la par que violaba la soberanía impunemente.
Nadie podrá negar estos hechos que ocurrieron en un período funesto en nuestra historia y que jamás debe repetirse. La Constitución actual adolece de múltiples defectos, pero su prohibición a la existencia de un ejército deberá mantenerse a toda costa.