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Trabajo invisible, vidas invisibles


En días pasados nos encontramos con una antigua amiga de todo nuestro aprecio y admiración, con muchos años de no verla, que reside en el exterior y entre una y otra cosa surgió el tema del trabajo. Ante mi curiosidad por saber cómo le iba en su carrera de ingeniera civil, dijo se había dedicado a la administración de su hogar y de seguida me agregó: "es un super trabajo, sin muchos reconocimientos, salario, ni ascensos, pero con la inmensa compensación de ver a la familia desarrollarse y crecer por el buen camino. Esa es la triste realidad de la ama de casa, sobre todo de la que lo hace todo, no me refiero a la que está llena de sirvientes y dice llamarse ama de casa por el solo hecho de estar en casa, sólo dando órdenes. Me refiero a la que está al tanto de todo, la que se hace cargo de absolutamente todo, del peso fuerte del hogar, de los hijos, del marido, de los animales de la casa, hasta del jardín, y muchas veces no se cuenta con la ayuda de los miembros de la casa. Es triste porque nadie nota nada, no se ve, ni lo valoran, creo que sólo el día que esa ama de casa falte para siempre se darán cuenta de lo que se ha perdido. Como dice el dicho, "el bien no se valora hasta que es perdido". Pero nos llevamos la satisfacción que conocemos a la perfección a nuestros hijos, que le hemos dado más que amor y protección en cada instante de sus vidas, que los hemos educado lo mejor posible y no han
sido educados por empleadas, etc. Bueno si me voy por comentarios tengo para rato, no terminaría y no me arrepiento, me siento satisfecha de lo que he hecho, aunque siento en algunas ocasiones haberme graduado para engavetar un título, no haberme desarrollado profesionalmente. Pero realmente me siento realizada. No he construido grandes obras de ingeniería civil, como soñé en mi mocedad, pero he edificado una gran familia. No puedo quejarme sólo que hay veces me deprimo mucho", finalmente me expresó.
Convenimos con ella en que hay que tener mucha fuerza, mucha raza, tener muchas ganas y maña, tener fantasía siempre y manía de creer en la vida. Entonces no es cualquiera el que puede desempeñar tan gigante tarea.
En homenaje de esta distinguida amiga y muchas otras amas de casa que desempeñan lo que muchos han tenido a bien denominar "el trabajo invisible" y que otros califican, injustamente, su existencia como "vidas invisibles", deseo transcribir canción de protesta que se intitula "Se va la vida, compañera", del mexicano León Chávez y que dice así:
Abrió los ojos, se echó un vestido; se fue despacio pa" la cocina; estaba oscuro, sin hacer ruido; prendió la estufa y a la rutina. Sintió el silencio como un apuro; todo empezaba en el desayuno.
Dobló su espalda, gozó un suspiro; sintió ridícula la esperanza. Al más pequeño le ardió la panza; rompió el silencio, soltó un llorido.
Sirvió a su esposo, visitó a los niños; cambió pañales, sirvió los panes; llevó a sus hijos para la escuela; pensó en la dicha que se comía; midió el dinero, compró verduras; palpó lo gris de su economía; formó en la cola de las tortillas; cargó a Francisco, miró la calle; por todas partes habían mujeres; todas compraban y se movían; cumplían aisladas con sus deberes; le recordaban a las hormigas; sintió de pronto que eran amigas; sintió que todas eran amigas.
Volvió a su casa, casa rentada; vio a más amigas desde la entrada; le dio a Francisco con qué jugar; barrió los pisos, tendió las camas; juntó las cosas de cocinar; cortó las papas, las puso al fuego; y la manteca la hizo chillar. Ahora lo crudo se ha transformado; estaba listo para comer. La casa entera tiene otro ver; de nuevo listo pa´ ser usado. Puso la mesa, sirvió a los niños; cambió pañales, cortó los panes; limpió de nuevo mesa y cocina; le dio a Mercedes la medicina; pidió su turno en los lavaderos; talló vestidos y pantalones; miró la ropa tendida al sol; como si ayer no se hubiera hecho; la misma friega todos los días; se caminaba de nuevo el trecho; sintió la vida como prisión; se le escapaba todo lo hecho.
Se va la vida, se va al agujero; como la mugre en el lavadero. Cruzó palabras con sus vecinas; hubo sonrisas en formación; toda la raza en su cantón; se las arregla con el trajín. Siempre mujeres, cumpliendo oficios; que se entretejen sin tener fin; ser costureras, ser cocineras; recamareras, y planchadoras; ser enfermeras y lavanderas; también meseras y educadoras; muy diligentes trabajadoras; a sus familias las dejan listas; rumbo a la escuela o hacia el trabajo; que puedan checar la listas. Se daba cuenta de los afanes; y de los cines no había un rábano; para ellos siempre la vida sería; pero se ahogaban en la miseria.
Se va la vida, se va al agujero; como la mugre en el lavadero. Se fue derecho para su nido; siempre pensando planchó la ropa; todo lo roto dejó zurcido; tenía un momento pa´ descansar; se abrió la puerta y entró el marido; también molido de trabajar. Puso la mesa, sirvió la sopa; para quejarse no abrió la boca; se rieron juntos y platicaron; se habló de niños y dinero; de las vecinas, de algún dolor; de los camiones y del patrón; lavó los trastes, tiró basura; durmió a los niños, cambió pañales. Con aire que entra por la ranura; los dos jugaron con su ternura; le dio la vuelta a la cerradura; durmió de pronto todos sus males.
Se va la vida, se va al agujero; como la mugre en el lavadero.
Abrió los ojos, se echó un vestido; se fue despacio pa la cocina; estaba oscuro, sin hacer ruido; prendió la estufa y a la rutina. Sintió silencio como un apuro; todo empezaba en el desayuno.
"Se va la vida, se va al agujero; como la mugre en el lavadero".

101 años de Panamá América

 
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