Trabajo y dignidad
Desde que las sucesivas crisis del último cuarto del siglo 20 agitaron el fantasma del paro laboral, la consecución de un puesto de trabajo se ha convertido en un objetivo primordial en los países desarrollados, pero también en las naciones en desarrollo. Y durante la década del noventa, la oferta de puestos de trabajo ha ido acompañada de una reducción de los derechos y garantías laborales conseguidos por los trabajadores con sangre, sudor y lágrimas a lo largo de los siglos 19 y 20.
Esta situación era común en las áreas del mundo emergente económicamente, tales como los países del sudeste asiático y algunos de Latinoamérica, pero finalmente también ha llegado a los países industrializados. Puestos de trabajo a cambio de salarios más bajos, de menor protección social, de mayor inseguridad, de precariedad. El derecho al trabajo, a un empleo digno, un derecho universal proclamado a los cuatro vientos por todas las banderas y tan costosamente conseguido con dolor y sufrimiento, se reconvertía así en una especie de graciosa concesión otorgada.
Es en este contexto que se plantea la reivindicación de un trabajo digno, un tipo de trabajo cada vez más escaso a tenor de los datos de la OIT, según los cuales el 80% de los trabajadores del mundo no tienen protección social adecuada o no tienen ninguna protección social. Y, desde luego, es entre las mujeres incorporadas al mundo laboral donde abundan más los trabajos indecentes: las mujeres ocupan el 80 % de los puestos de trabajo temporal o a tiempo parcial y siempre con un salario inferior al de los varones entre un 20 y un 40 %.
A la vista de estos datos, queda claro que la lucha para reducir la pobreza es el esfuerzo por conseguir un trabajo digno, el tipo de trabajo que se ofrecía cuando eran hegemónicas las tesis keynesianas de un capitalismo menos voraz, con garantías laborales, con derechos de asociación sindical libremente ejercidos. Porque lo contrario de ese trabajo, el empleo desregulado, sin garantías ni protección es el camino seguro de la pobreza o la pobreza misma.
Hace unos días Kofi Annan, secretario General de las Naciones Unidas, denunció en la III Conferencia sobre Países Menos Avanzados que si en 1980 había en la Tierra 25 países pobres, en 2001 ya son 49. Todo un récord. En un par de décadas se ha doblado la apuesta por la pobreza. La lucha por el trabajo decente es la lucha contra la pobreza y es la lucha por la dignidad humana.
Esta situación era común en las áreas del mundo emergente económicamente, tales como los países del sudeste asiático y algunos de Latinoamérica, pero finalmente también ha llegado a los países industrializados. Puestos de trabajo a cambio de salarios más bajos, de menor protección social, de mayor inseguridad, de precariedad. El derecho al trabajo, a un empleo digno, un derecho universal proclamado a los cuatro vientos por todas las banderas y tan costosamente conseguido con dolor y sufrimiento, se reconvertía así en una especie de graciosa concesión otorgada.
Es en este contexto que se plantea la reivindicación de un trabajo digno, un tipo de trabajo cada vez más escaso a tenor de los datos de la OIT, según los cuales el 80% de los trabajadores del mundo no tienen protección social adecuada o no tienen ninguna protección social. Y, desde luego, es entre las mujeres incorporadas al mundo laboral donde abundan más los trabajos indecentes: las mujeres ocupan el 80 % de los puestos de trabajo temporal o a tiempo parcial y siempre con un salario inferior al de los varones entre un 20 y un 40 %.
A la vista de estos datos, queda claro que la lucha para reducir la pobreza es el esfuerzo por conseguir un trabajo digno, el tipo de trabajo que se ofrecía cuando eran hegemónicas las tesis keynesianas de un capitalismo menos voraz, con garantías laborales, con derechos de asociación sindical libremente ejercidos. Porque lo contrario de ese trabajo, el empleo desregulado, sin garantías ni protección es el camino seguro de la pobreza o la pobreza misma.
Hace unos días Kofi Annan, secretario General de las Naciones Unidas, denunció en la III Conferencia sobre Países Menos Avanzados que si en 1980 había en la Tierra 25 países pobres, en 2001 ya son 49. Todo un récord. En un par de décadas se ha doblado la apuesta por la pobreza. La lucha por el trabajo decente es la lucha contra la pobreza y es la lucha por la dignidad humana.