Trabajos y conflictos
Los pocos meses que faltan para que el país cuente con una nueva administración supone el ordenamiento de una transición transparente, expedita y con la menor cantidad de dudas y traumas posibles. Sin embargo, lo que se observa en los últimos días es un panorama caótico que genera preguntas sobre motivos: si serán originados en esos escenarios que producen las crisis incontrolables, o en algún tipo de inconformidad o indiferencia.
¿Es casual, por ejemplo, que el dilatado conflicto con los jubilados haya desembocado en cierres de calles que, aparentemente, el gobierno ha sido incapaz de controlar? ¿Cómo se explica que a los ya molestosos trabajos en la ciudad capital se sumen otros, sin considerar los efectos negativos que causan sobre la población? ¿Es imposible dejar esas tareas al gobierno que el país estrenara a partir del segundo semestre? ¿Por qué se deja ver un inusitado interés por realizar la mayor cantidad de trabajos ahora que sólo faltan unos ochenta días para que acabe su periodo? Nadie niega el deber y el derecho que asiste a una administración de trabajar hasta el último día, pero ¿cuáles son los resultados inmediatos que se persiguen? Porque es indiscutible que a largo plazo nada de lo que se construye podrá ser alcanzado por el brazo del gobierno que fenece. Cada trabajo moviliza contratos, recursos e interrogantes que, en el mejor de los casos, dejan abiertas... más interrogantes y dudas.