Tradición y consumo
Muchos panameños crecimos con pocos o casi ningún juguete. Conocimos la tradición de jamones y pavos al llegar a las ciudades en busca de superación. Una manzana y a veces una taza de chocolate, nos acompañaban a esperar la nochebuena. Bajo un cielo estrellado y sin faroles, arbolitos o cuentas de electricidad por pagar, nos divertíamos bajo la luz de la luna: encendiendo estrellitas o jugando con pedazos de madera, que convertíamos en lujosos vehículos a control por un hilo.
Al llegar la medianoche nos congregábamos alrededor del sagrado nacimiento, que ningún niño se hubiese atrevido a desordenar (igual que ahora). Luego de un largas letanías y encomendar a propios y extraños, era hora de tomar chocolate e ir a la cama.
No había arbolito de navidad, ni regalos o juguetes para abrir, tampoco nos hacían falta porque no sabíamos que esa tradición existía.
Los tiempos han cambiado y en la Navidad tratamos de entender instrucciones de costosos juegos de video, ensamblar complicados vehículos electrónicos y planificar cómo pagar las tarjetas de crédito que hicieron posible esos juguetes.
Deseamos dar a nuestros hijos lo que nosotros no tuvimos y en lo material de seguro que fácilmente nos superan, pero en la esencia nos abocamos al consumismo, enfocados en lo material es muy poco lo que hacemos por acrecentar la espiritualidad en nuestros descendientes. Desde pequeños conocen al Sr. Vestido de Rojo que viene en trineo del Polo Norte, escogen por ellos mismos sus juguetes y de seguro que al poco tiempo perderán toda su ilusión en el juguete que tanto les gustaba.
Finalmente, cuando hagan el papel de padres, entenderán que el verdadero significado de la navidad está más allá del materialismo y se enriquece con pequeños detalles que perduran toda una vida.
Nos corresponde a cada uno de nosotros hacer un esfuerzo por inculcar en nuestros hijos el valor por la familia, amor por los que menos tienen y que aprendan a saber hasta dónde alcanza la manta y no seguirle cada capricho, aunque la tarjeta de crédito no se inicie a pagar hasta dentro de seis meses.
Sin querer queriendo, los adultos estamos acabando con el espíritu de la Navidad y terminamos siendo víctimas de la maquinaria publicitaria que nos incita a comprar y renovar hasta lo que no necesitamos, mientras descuidamos los lazos fraternales y humanitarios que deben prevalecer en estas fechas y durante todo en año.