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Transmilenium o el fracaso supremo


Si criticamos al Gobierno por el secretismo con respecto al proyecto de ampliación del Canal, deberíamos hacer igual o más con el transporte colectivo, que es el más importante de nuestros "canales" a juzgar por la cantidad de usuarios que pasan por él día a día. Aquello es un desastre y una vergüenza.
No entendemos cómo es posible que frente a las críticas, el Gobierno se apreste con la autoridad encargada, a iniciar un gran debate ciudadano sobre las alternativas del tercer juego de esclusas, su costo y conveniencia para el país; mientras que el tema del transporte público se siga manejando con absoluto secretismo, cual si fuera - ¿lo es? "un negocio particular entre unos pocos, que no concierne a los usuarios".
Resulta inadmisible que, frente a uno y otro proyecto, un reducido grupito de supuestos técnicos o "sabios" decida imponernos su criterio, por versado y virtuoso que fuera, sobre lo que más nos conviene, sin consultárnoslo. Fue precisamente el error que cometió inicialmente el Gobierno con la presentación de su reforma del Seguro Social. Sus genialidades se deshicieron una vez se sentó un grupo de ciudadanos y gente común a introducir normas del sentido común, no contempladas originalmente. Lo que salió de la consulta no fue perfecto, pero sí mejor.
En el transporte colectivo, el mismo grupo del contubernio entre transportistas y detentadores del poder público, está buscando no la mejor fórmula para dar a los capitalinos el mejor servicio posible, acorde con una ciudad pujante y moderna, sino la que mayores beneficios lleve a sus bolsillos.
El transmilenium, esos buses articulados colombianos que atorarán el tránsito en las intersecciones, no solucionarán problema alguno, sino que lo agravará. Ahora no serán diablos rojos sino trenes rodantes, conducidos por los mismos piedreros y maleantes, los que embestirán contra la gente y demás vehículos.
Y en el sigilo con que trabajan para impulsar y licitar el proyecto, como un hecho cumplido y de antemano repartido en el bochornoso contubernio, han descartado otras opciones y ofertas mejores, como la planteada por empresarios locales y brasileños, siguiendo el modelo de Curitiba, Brasil, que propone una amplia red de trenes ligeros, buses eléctricos con unos más chicos en los suburbios; y otro ambicioso proyecto de un consorcio francés, que prevé un crucigrama de trenes sobre rieles elevados y subterráneos. Es imposible pensar en grande con mentes y actitudes tan pequeñas y con los bolsillos de la rebusca llenos.

101 años de Panamá América

 
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