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Transporte público y la "cuenta"


El sistema nacional de transporte de pasajeros (colectivo y selectivo) se encuentra en una situación de crisis porque se fundamenta en un modelo estructural, legal y operacional que es un "híbrido", contrario al desarrollo económico de Panamá y al prototipo de la segunda modernidad. En el caso particular del servicio colectivo de pasajeros del área metropolitana, utilizado por medio millón de usuarios quienes son movilizados del extremo este y oeste de la ciudad de Panamá por los denominados "diablos rojos", es un fenómeno patético, aunque en cierto modo los medios de comunicación social han acusado a los conductores de éstos de "demonomanía" . Aunque iguales y peores cosas ocurren en las rutas internas de transporte colectivo de pasajeros, para no hablar de las "bellezas"que a diario cometen los taxistas y de la corrupción predominante en el ente regulador del transporte público.
Ningún panameño sensato pone en duda la bancarrota de la modalidad actual del transporte. Dicha situación angustiosa hace de aquél un problema de Estado, objeto de discusión nacional y tema insustituible de la agenda electoral de los candidatos a la presidencia de la República. Desde luego, el diálogo se debe iniciar dilucidando la génesis y el carácter diverso del problema.
Antes del 11 de octubre de 1968, el transporte colectivo de pasajeros de la ciudad capital era operado por corporaciones privadas de tipo familiar (Barleta, Carbonell, García, etc.). En un principio y en términos generales, se puede afirmar que el servicio era bueno, aunque fue la incubadora del mecanismo de remuneración conocido como "la cuenta" y del trabajador del volante denominado "palanca" y, por esa misma razón, al momento de la irrupción de los militares a la escena política, esta práctica había colapsado. Fue el General Omar Torrijos quien intentó resolver la cuestión del transporte de pasajeros mediante la institucionalización y la modernización de este servicio. Para ello se creó la Dirección Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (DNTTT) y se fundaron dos entes corporativos: La Cooperativa Metropolitana de Transporte de Pasajeros (COOMETRAP) y la Corporación Única de Transporte, S.A. (CUTSA). Adicionalmente se procuró humanizar el aspecto social y económico de los trabajadores del transporte, surgiendo la frase de Torrijos: "El machete para el que trabaja". En ese período los antiguos y nuevos propietarios de autobuses constituyeron el Sindicato de Conductores de Transporte Colectivo (SICOTRAC).
Pero, ni ayer, con la creación de la DNTTT, COOMETRAP, CUTSA y SICOTRAC, ni hoy con la promulgación de las leyes 14 de 26 de mayo de 1993 y 34 de 28 de julio de 1999, esta última que organiza la Autoridad de tránsito y Transporte Terrestre, llamada a reorganizar el sistema de transporte público, se eliminó la hipertrofia original: La cuenta. Por el contrario, a ésta se sumaron otros males como la colusión de las autoridades y la venalidad de los -ahora poderosos - empresarios transportistas.
En el pasado "cuartelario" fue la incapacidad administrativa de los transportistas y el paternalismo de los militares. Mientras que en el presente neoliberal, las cosas en el transporte público se caracterizan por la descomposición generalizada de los gamonales del transporte y el clientelismo y cohecho de los sucesivos gobiernos pos-invasión.
De manera que la constante de los tres períodos descritos, ha sido la explotación inhumana caracterizada por una modalidad que yo llamaría la trilogía del mal: "Cuenta, palanca y pavo". Ni siquiera el paradigma neoliberal que derrumbó el muro de Berlín, y en nuestro medio privatizó los servicios de luz y teléfonos, ha logrado desmontar esta fórmula impura donde el empresario del transporte es juez y parte. Y es precisamente allí donde radica la esencia del enigma. El medio está en la práctica privatizado, pero subsiste la anacrónica relación laboral de la afamada "cuenta", que es la causa principal de todas las tropelías cometidas por los conductores de los "diablos rojos" en la ciudad de Panamá.
No se trata, por tanto, de ensayar medidas cosméticas como la unificación del precio del pasaje, eliminación de vidrios ahumados, troneras, radios, bocinas, uniformes, charlas de relaciones humanas, retirar la licencia de conducir y de fiscales de ruta. Como tampoco de acciones traumáticas y hasta demagógicas como las anunciadas por algunos candidatos a puestos de elección popular sobre la municipalización o expropiación del transporte público de pasajeros.
¿Qué hacer? Sencillo. Eliminar los certificados de operación o cupos, modificar la legislación del transporte para modernizar la relación laboral, someter a licitación pública las diversas rutas y promover la creación de eficientes, eficaces y competitivas corporaciones privadas de transporte. En pocas palabras, sólo hace falta voluntad política para hacer lo más conveniente para la mayoría de la población. Sin exclusiones, pero sí con reglas claras, modernas y viables.
*Movimiento Democrático Torrijista.

101 años de Panamá América

 
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