Tras el triunfo de Justine
El triunfo logrado por la compatriota Justine Pasek en el último certamen de Miss Universo, rebasa los límites de un concurso de belleza más de esa franquicia, aunque se le sepa venido a menos. Hacía años que no percibíamos tanta euforia popular durante una transmisión del evento la cual crecía a medida que nuestra representante iba superando a la cabeza una tras otra de las etapas previas de selección por el jurado.
No tardamos en comprender lo que ocurría. Panamá arrastra años de creciente pesimismo que mantiene postrada su economía y que contamina casi todas sus actividades. El riesgo que ese sentimiento generalizado se convierta en complejo de inferioridad, está presente. Los escándalos de corrupción y la crisis institucional han moldeado el sentimiento del panameño en forma de profunda desconfianza y percepción de impunidad, proyectada socialmente en una conducta anárquica, con frecuencia violenta.
La proeza de Justine nos vino refrescante. Proyecta una imagen de autenticidad, candidez y humildad, a la vez que de vivacidad y gracia, que resaltan a la par de su belleza. Cuando empieza a hablar, se suma otra cualidad imposible de disimular tras la modestia, que es la inteligencia. Es articulada, ágil, segura y madura pese a sus pocos años. Su inteligencia en particular fue calificada con máximo grado en las fases de evaluación previas del jurado.
Físicamente, sin embargo, no es distinta a cualquier panameña común, de las que solemos encontrar por cualquier rincón del país; y a ese es quizás el principal mérito de los que la escogieron para que representara a Panamá, porque lo que es corriente para nosotros puede no serlo para un extranjero; y eso fue lo que terminó por deslumbrar al jurado internacional del evento.En efecto, pese a su apellido paterno, centroeuropeo, Justine es una típica panameña, de pómulos salientes y rasgos acrisolados que entremezclan el delicioso sancocho de genes y sangre indígena, negra y blanca. Puede que no destaque mayormente entre nosotros, que a lo mejor volteamos la mirada hacia alguna rubia caucásica de verdes ojos de las que escasean en nuestro suelo y que solemos enviar a esos concursos para quedar en nada, porque son una copia de los que allá sobra en versión perfeccionada y mejorada. Ese no es el caso de Justine.
Pocas veces hemos enviado a concursar una panameña tan típica y por eso casi siempre fallamos. Una excepción fue Lía Borrero, una espigada tableña cuyo principal antecedente fue ser reina de Calle Abajo; y que llegó también entre las cinco finalistas. La fórmula de la autenticidad es, pues, ganadora. Otro detalle, digno de destacar fue el buen dominio del inglés por Justine, porque destaca la ventaja de extender en el país el aprendizaje de ese idioma universal. No es lo mismo comunicarse directamente que a través de traductores. Ella es egresada de un colegio particular local, lo cual hace recordar el abismo educacional que debe acortarse entre la enseñanza pública y privada. Lo más probable es que una candidata salida de escuela oficial habría necesitado de traductor y eso es una desventaja en un concurso cualquiera, sea de belleza o, más importante, para conseguir empleo.
No tardamos en comprender lo que ocurría. Panamá arrastra años de creciente pesimismo que mantiene postrada su economía y que contamina casi todas sus actividades. El riesgo que ese sentimiento generalizado se convierta en complejo de inferioridad, está presente. Los escándalos de corrupción y la crisis institucional han moldeado el sentimiento del panameño en forma de profunda desconfianza y percepción de impunidad, proyectada socialmente en una conducta anárquica, con frecuencia violenta.
La proeza de Justine nos vino refrescante. Proyecta una imagen de autenticidad, candidez y humildad, a la vez que de vivacidad y gracia, que resaltan a la par de su belleza. Cuando empieza a hablar, se suma otra cualidad imposible de disimular tras la modestia, que es la inteligencia. Es articulada, ágil, segura y madura pese a sus pocos años. Su inteligencia en particular fue calificada con máximo grado en las fases de evaluación previas del jurado.
Físicamente, sin embargo, no es distinta a cualquier panameña común, de las que solemos encontrar por cualquier rincón del país; y a ese es quizás el principal mérito de los que la escogieron para que representara a Panamá, porque lo que es corriente para nosotros puede no serlo para un extranjero; y eso fue lo que terminó por deslumbrar al jurado internacional del evento.En efecto, pese a su apellido paterno, centroeuropeo, Justine es una típica panameña, de pómulos salientes y rasgos acrisolados que entremezclan el delicioso sancocho de genes y sangre indígena, negra y blanca. Puede que no destaque mayormente entre nosotros, que a lo mejor volteamos la mirada hacia alguna rubia caucásica de verdes ojos de las que escasean en nuestro suelo y que solemos enviar a esos concursos para quedar en nada, porque son una copia de los que allá sobra en versión perfeccionada y mejorada. Ese no es el caso de Justine.
Pocas veces hemos enviado a concursar una panameña tan típica y por eso casi siempre fallamos. Una excepción fue Lía Borrero, una espigada tableña cuyo principal antecedente fue ser reina de Calle Abajo; y que llegó también entre las cinco finalistas. La fórmula de la autenticidad es, pues, ganadora. Otro detalle, digno de destacar fue el buen dominio del inglés por Justine, porque destaca la ventaja de extender en el país el aprendizaje de ese idioma universal. No es lo mismo comunicarse directamente que a través de traductores. Ella es egresada de un colegio particular local, lo cual hace recordar el abismo educacional que debe acortarse entre la enseñanza pública y privada. Lo más probable es que una candidata salida de escuela oficial habría necesitado de traductor y eso es una desventaja en un concurso cualquiera, sea de belleza o, más importante, para conseguir empleo.