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Tras la conferencia de financiamiento


Fidel Castro y Hugo Chávez hicieron su papel esperado como críticos de un sistema que asfixia las economías de las naciones pobres, teniendo por lastre las pesadas deudas que el propio mundo industrializado y los prestamistas internacionales se encargaron de canalizar en forma irresponsable en la década de los 70. Incapaces de poder asimilar la montaña de petrodólares y temerosos de que el repentino flujo de dinero desbarrancara sus mercados, les fue más fácil canalizarlos hacia los países pobres -hartos de necesidades y regímenes corruptos- para salir del aprieto. Lo lograron hasta que, en la década siguiente se dedicaron a recortar la soga y cerraron para siempre las llaves del crédito. La montaña de dólares nunca fue ni puede ser pagada. En su mayor parte se la llevaron los dictadores de la época; y los gobiernos democráticos de ahora no pueden pagar y tienen las economías de sus países paralizadas y carentes de recursos hasta para lo más esencial.
Democracia y crisis económica no son compatibles y, en consecuencia, la inestabilidad política cunde por todo el subcontinente. Paraguay, Ecuador, Perú, Venezuela y Argentina son muestra palpable de eso. Las masas empobrecidas están derribando gobiernos libremente elegidos a cacerolazos.
Puede que el mundo desarrollado opte por seguir indiferente a los problemas de la pobreza circundante. Si es así conviene que recuerde que el 11 de septiembre marcó un hito para una nueva era, en la que seguridad, estabilidad y prosperidad no son posibles en un ambiente de desigualdad extrema globalizada en la que tarde o temprano los paupérrimos tocarán a las puertas de los emporios industriales y la emprenderán a puñetazos contra sus moles de granito.
El mero hecho de que Estados Unidos esté exhortando a las naciones ricas y a las instituciones financieras de crédito a dar más donaciones con el cuidado de que no caigan en manos de gobiernos corruptos, en vez de más préstamos que asfixian, es un avance. Sin embargo, la magnitud de la ayuda es un problema, al igual que la filosofía de la limosna subyacente, en vez del principio del propio esfuerzo edificante. La condonación parcial, bajo la tesis de la responsabilidad compartida de prestamistas y deudores como causantes de la actual crisis, tampoco ha sido abordada. Pero al menos, hay señales positivas de cambio y evolución que hacen renacer la esperanza.


101 años de Panamá América

 
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