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Tres hombres dignos


Cuenta el Libro del Génesis que antes de destruir las ciudades inicuas de Sodoma y Gomorra, Dios le dio a Lot la oportunidad de ubicar al menos un hombre justo y, de hacerlo, el Divino las perdonaría. Lot no pudo lograr este cometido y Dios redujo a ambas ciudades y a todos sus habitantes a cenizas. Parece que Panamá aún tiene la posibilidad de salvarse de una destrucción similar. Existen todavía un Adán Arnulfo Arjona, un Arturo Hoyos y un Rogelio Fábrega que lo justifiquen. En salvamento de voto que los distingue y los honra, estos tres magistrados dignos se han separado de sus colegas para aborrecer el adefesio que sanciona, mediante golpe de morcillera a las investigaciones del Procurador de la Nación, la autoproclamada inmunidad, o mejor dicho, impunidad, de ese antro de desalmados en que una mayoría de malos elementos ha convertido a la Asamblea Legislativa.
Apartándonos de las posturas fariseícas recientemente manifestadas desde las entrañas de la Asamblea y desde otros sectores de la sociedad, razón tenía la Embajadora de Estados Unidos en advertirnos, con la imparcialidad y la perspectiva del extraño, que sobre Panamá, un país poblado, por lo general, de gentes laboriosas que merecen mejor suerte, esta famosa y mal entendida inmunidad de los Padres de la Patria pone en entredicho el futuro de este sufrido istmo.
Si pretendemos ser país de primer mundo y, por ejemplo, negociar con seriedad un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, o si al menos lo pretendemos con alguna esperanza, como lo demuestran todos los días con el producto de su esfuerzo los administradores y trabajadores del Canal de Panamá, no podemos permitir que otros sectores, encumbrados o humildes, mancillen el prestigio y buen nombre de nuestro país, vanagloriándose en su inmundicia, o haciéndose la vista gorda de ella, como, para nuestra vergüenza, lo han hecho los colegas de Arjona, Hoyos y Fábrega.
Tendremos elecciones en mayo entrante y con ellas la oportunidad de librarnos de quienes hoy día deshonran sus curules en el Organo Legislativo. A votar por los mejores, contra su reelección, y evitemos así que en nuestro país y por nuestra indolencia, se repitan la Cuba de Castro o la Venezuela de Hugo Chávez, porque estos lodos generan esos monstruos.
Así que todas las personas somos responsables del engaño, del error, del abuso. Y el fundamento para luchar por ello es el respeto a la dignidad de las personas.
No me identifico necesariamente con lo que dijo y como interpreta la señora embajadora nuestros errores, pero lo juzgo de interés, precisamente para reflexionar sobre lo que pasa y cómo habrá que afrontar los viejos y nuevos fenómenos que van apareciendo en nuestra historia ¿Es preciso lamentarnos o regocijarnos? Hay que verle el lado positivo al asunto. Estar a favor de una cultura democrática es cosa de toda persona honesta.
Es hora de pedir con claridad, coherencia en las diversas esferas de la actuación pública. Coherencia -se entiende- con el bien objetivo y cierto, no con lo consensuado pero ciertamente injusto. Además, la coherencia es un valor siempre y cuando esté referida a un valor real, no a impresiones, percepciones, sentimientos informales o, debido a un propósito real y definido de una diplomática recién llegada a nuestro país.

101 años de Panamá América

 
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