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Tres tristes tigres


El capitalismo es considerado, erróneamente, sinónimo de mercado libre. Sin más control que la buena voluntad del capitalista, ha resultado ser además de una cuestión criminal, un sonoro fracaso económico y un costoso problema social.

Muchos de sus defensores, carentes de autocrítica y seguros de contar con el imprescindible auxilio de agrupaciones mercantiles y de medios de comunicación ideológicamente afines -siempre bien dispuestos a propagar noticias que beneficien intereses particulares- políticamente amparados por la impunidad de una administración de justicia similar a la que se le aplicaba a dos joyas de la corona británica: Henry Morgan y Francis Drake, derraman sus ideologías tal como lo hacían sus antiguos enemigos y parientes dogmáticos.

Como si se tratara de una epidemia mortal, la globalización ha puesto en evidencia la naturaleza perversa de un sistema que ha desestabilizado no sólo a las débiles instituciones de la democracia sino el entramado social de pueblos enteros. Los tigres Celtas, los de Islandia y de Estonia, ebrios de falsa prosperidad, agonizan hoy bajo los efectos de las burbujas de aquella fiesta mundial, mientras la comparsa que los alegraba canta y baila en los paraísos fiscales neo-capitalistas.

Diariamente se van desgranando hechos que ponen de manifiesto la inoperancia de un sistema donde se le dio más importancia a las empresas de capitales fáciles y a los partidos políticos que a la honestidad y seriedad profesional de sus denunciantes, olvidando solemnemente a quienes estudian, trabajan, consumen y votan. Mujeres, hombres y niños se ven ahora obligados a convivir entre la ignominia y la penuria.

Estoy convencido que ha llegado la hora de la participación ciudadana en pos de la defensa del individuo como ser ético y de la comunidad a la que éste debe infundirle esos principios. Opino que para enmarcar este cambio en nuestra sociedad debemos exigir con valentía y tesón una nueva constitución sin enmiendas astutas. Una constitución que garantice los derechos del individuo y al mismo tiempo incentive y proteja los de la comunidad organizada. Que pulverice el opresivo sistema partidocrático actual y lo transforme en verdadera caja de resonancia de la opinión pública. Los partidos son sólo una parte de esa comunidad, pero no pueden ni deben gobernar, lo deben hacer sus integrantes legalmente elegidos y una vez en el poder hacerlo para beneficio del país.

Gobernar no es mandar. Tampoco es administrar el Estado como una empresa y mucho menos liderar para complacer ambiciones personales o sectoriales. Es encontrar la solución más adecuada a los problemas que enfrenta la nación, y por sobre todas las cosas, respetar el consenso general enfocado en el bienestar común y en los derechos del individuo o de las minorías cuando éstos no pongan en peligro o interfieran con los de la sociedad.

Desgraciadamente el muestrario de candidatos que hoy nos ofrece el Tribunal Electoral -anquilosado como está en un sistema sesgado hacia los partidos políticos y sus contribuyentes anónimos- no nos brinda garantía alguna de legitimidad, que bien pudiera lograrse con la admisión de candidatos independientes y con una segunda vuelta electoral.

101 años de Panamá América

 
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