Tríptico carnestolendo
Después del adelantado Centenario, que para algunos concluyó el 3 de noviembre de 2003 y que para otros comenzó en esa fecha y se extiende hasta el 3 de noviembre de 2004 (se trata del Año Centenario) es claro que se está preparando en todo el país el Carnaval carnestolendo (el propio de Panamá) y en tercer lugar se desarrolla el de la Elección canestolenda de mayo próximo. No pecamos de exagerados al destacar que este verdadero tríptico es verdaderamente carnestolendo, puesto que ha venido dominando, y dominará hasta mayo venidero la diversión que siempre ha prevalecido en la celebración de los carnavales de antaño, y que poco a poco se ha convertido en la nota predilecta, que puede considerarse como la adicción popular carnestolenda.
No ha habido manera de detener esa curva descendente de celebraciones populares, a fin de que superan un poco la chabacanería, la vulgaridad desprevenida y la obscenidad exhibicionista, como ha estado sucediendo en los últimos carnavales, cuando a pleno luz solar hay parejas (más de un par) que ya creen en las fiestas de Momo, como una oportunidad nudista. Ha sido la realidad que sigue, como tantas otras cosas de este país, en el descenso moral, considerándose que todo está permitido, sin contención alguna.
Pero como la Elección carnestolenda dura un período de cuatro meses exactos, es mucho más persistente la desfachatez eleccionaria. Ha habido editoriales de periódicos que llaman la atención por la temática chapoteadora de los "debates presidenciales" y el pugilato incontenible de la danza de promesas que impune y hasta absurdamente se hacen para consumo popular. Hay candidatos que se están dando un baño, ya diurno, ya nocturno, de exageraciones, de promesas abiertamente falaces y de retahílas improvisadas sin ton ni son. Pero simultáneamente el jolgorio acompaña por doquiera a hombres y mujeres que festejan el desbordamiento de la campaña electoral.
Hemos presenciado que las tuberías de nuevos instrumentos son tan ensordecedoras como eficaces, en contagiar a grupos siempre numerosos y fandangueros, que de trecho en trecho gritan vivas y abajos, para que entonces la murga a estilo moderno siga prendiendo el gran espectáculo. Parece que todo el país gira en la misma forma, porque así lo hemos visto en rápidos viajes hechos a poco.
Retratos, nombres, vallas y letreros se pelean las esquinas y otros lugares estratégicos. Más poco se observa alguna concentración bien preparada y con desarrollo adecuado a lo que puede ser una finalidad eleccionaria de altura. Los preparativos de jugadas y artes que pueden ser más honestos se concertan por igual, en la captación de votos. ¿Qué hará el país con tantos "salvadores" y pretendientes que en su mayoría no irían a ninguna parte? Ya se verá.
Las emisoras televisivas e instrumentos propagandísticos de toda clase están en su mejor época, en un país en que un cargo de Legislador produce muchos ingresos, muy superiores a veces a la inversión. Hay quienes empeñan o hipotecan bienes, "seguros" del triunfo o gran resultado.
Se trata de nuestro método "democrático" y que algunos convierten en "dedocrático", porque pueden poner en marcha esa modalidad más segura que otras. Se trata de una especie de feria que distrae y compromete a numerosos votantes, porque el panameño como que "siente" que se encuentra en algo "nuevo", en algo distinto al diario vivir. Mirando la perspectiva en comparación con épocas pasadas, en el renglón presidencial hay más honestidad relativa que en los niveles de legisladores y representantes, en los cuales prevalecen las malas artes, incluyendo las patrocinadas por la Ley Electoral. Allí reina la partidocracia, porque está consagrada constitucionalmente, y esto ha propiciado que ya los partidos sean relativamente pocos. Actualmente, creemos que son sólo siete, contra doce o quince que eran en un pasado no muy lejano.
Muchos panameños se preguntan si esta sedicente "democracia", que ha venido a parar en lo que ahora tenemos, puede considerarse o no como una organización eleccionaria que beneficia al país o si más bien es de resultados negativos.
El planteamiento es válido y quienes responden negativamente no deberían quedarse en el simple "no", pues al mismo tiempo correspondería formular un plan sustitutivo del existente y sus ventajas sobre lo que conocemos, y nos es muy lamentable, por cierto.
No ha habido manera de detener esa curva descendente de celebraciones populares, a fin de que superan un poco la chabacanería, la vulgaridad desprevenida y la obscenidad exhibicionista, como ha estado sucediendo en los últimos carnavales, cuando a pleno luz solar hay parejas (más de un par) que ya creen en las fiestas de Momo, como una oportunidad nudista. Ha sido la realidad que sigue, como tantas otras cosas de este país, en el descenso moral, considerándose que todo está permitido, sin contención alguna.
Pero como la Elección carnestolenda dura un período de cuatro meses exactos, es mucho más persistente la desfachatez eleccionaria. Ha habido editoriales de periódicos que llaman la atención por la temática chapoteadora de los "debates presidenciales" y el pugilato incontenible de la danza de promesas que impune y hasta absurdamente se hacen para consumo popular. Hay candidatos que se están dando un baño, ya diurno, ya nocturno, de exageraciones, de promesas abiertamente falaces y de retahílas improvisadas sin ton ni son. Pero simultáneamente el jolgorio acompaña por doquiera a hombres y mujeres que festejan el desbordamiento de la campaña electoral.
Hemos presenciado que las tuberías de nuevos instrumentos son tan ensordecedoras como eficaces, en contagiar a grupos siempre numerosos y fandangueros, que de trecho en trecho gritan vivas y abajos, para que entonces la murga a estilo moderno siga prendiendo el gran espectáculo. Parece que todo el país gira en la misma forma, porque así lo hemos visto en rápidos viajes hechos a poco.
Retratos, nombres, vallas y letreros se pelean las esquinas y otros lugares estratégicos. Más poco se observa alguna concentración bien preparada y con desarrollo adecuado a lo que puede ser una finalidad eleccionaria de altura. Los preparativos de jugadas y artes que pueden ser más honestos se concertan por igual, en la captación de votos. ¿Qué hará el país con tantos "salvadores" y pretendientes que en su mayoría no irían a ninguna parte? Ya se verá.
Las emisoras televisivas e instrumentos propagandísticos de toda clase están en su mejor época, en un país en que un cargo de Legislador produce muchos ingresos, muy superiores a veces a la inversión. Hay quienes empeñan o hipotecan bienes, "seguros" del triunfo o gran resultado.
Se trata de nuestro método "democrático" y que algunos convierten en "dedocrático", porque pueden poner en marcha esa modalidad más segura que otras. Se trata de una especie de feria que distrae y compromete a numerosos votantes, porque el panameño como que "siente" que se encuentra en algo "nuevo", en algo distinto al diario vivir. Mirando la perspectiva en comparación con épocas pasadas, en el renglón presidencial hay más honestidad relativa que en los niveles de legisladores y representantes, en los cuales prevalecen las malas artes, incluyendo las patrocinadas por la Ley Electoral. Allí reina la partidocracia, porque está consagrada constitucionalmente, y esto ha propiciado que ya los partidos sean relativamente pocos. Actualmente, creemos que son sólo siete, contra doce o quince que eran en un pasado no muy lejano.
Muchos panameños se preguntan si esta sedicente "democracia", que ha venido a parar en lo que ahora tenemos, puede considerarse o no como una organización eleccionaria que beneficia al país o si más bien es de resultados negativos.
El planteamiento es válido y quienes responden negativamente no deberían quedarse en el simple "no", pues al mismo tiempo correspondería formular un plan sustitutivo del existente y sus ventajas sobre lo que conocemos, y nos es muy lamentable, por cierto.