Triste sustitución
Reproducimos hoy la síntesis de un cuento que leímos hace unos setenta o setenta y cinco años, cuyo título y autor no recordamos pero que nos dejó imborrable impresión.
En la misma habitación de un hospital en un piso a lo alto fueron alojados dos señores que se hallaban en serio peligro de muerte. Al uno le correspondió una cama junto a una ventana y al otro frente a él junto a la pared. A ambos se les recomendó no bajarse de sus lechos sin previo llamado a una enfermera y que cada uno de ellos tocara su timbre si notaba que el otro necesitaba asistencia. Al día siguiente, el que estaba junto a la ventana, con voz un tanto apagada, despaciosamente le describía a su compañero lo que veía.
Las descripciones eran de lo más entretenidas. Se trataba de un jardín con muchas flores donde llegaban niños y niñitas a jugar y cantaban dulcísimos canciones en coro que apenas le llegan a sus oídos dada la distancia, pero cuyos temas le comentaba a su compañero. Además, le hacía a su compañero de habitación, muchas vívidas descripciones de lo que le decía ver que ocurría allá abajo.
Al tercero o cuarto día, al amanecer lo despertó un ronquido de su compañero, el de la ventana. Tomó el timbre, pero no lo presionó. Segundos después, al verlo inerte, llamó. Cuando se llevaron el cadáver de la habitación y una enfermera se aprestó a retirar la sábanas y almohadas de la cama, el otro solicitó que lo alojaran en ella. Y así se hizo.
Miró hacia abajo y acto seguido volvió la cabeza hacia la enfermera con evidente estupor. Abajo no había tal jardín ni flor alguna. Lo que vio allí fue una acumulación de bloques de cemento y ladrillos, y la enfermera, mientras lo observaba, le dijo: “Todas las descripciones que él le hacía a usted era para entretenerlo”.