Triunfan Europa y los ambientalistas
En el Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, por sus siglas en inglés), celebrado en Río de Janeiro en 1992 y que entró en vigor en 1994, los estados signatarios (hoy más de 175 países, incluyendo los Estados Unidos) reconocieron que las actividades humanas están afectando el sistema climático de la Tierra y, sin detalles, se comprometieron a adoptar medidas dentro de sus respectivos territorios para aminorar la emisión de gases industriales que agravan el efecto invernadero con miras a preservar las condiciones que garantizarán el desarrollo económico de todos los países.
En vez de definir detalles, que eran inalcanzables en 1992 con la información científica disponible y las actitudes entonces prevalecientes, el UNFCCC estableció el marco de discusión periódica dentro del cual se producirían dichos detalles por medio de enmiendas o protocolos.
El Protocolo de Kioto, que complementa el UNFCCC, marca otro hito importante en el avance hacia la protección del medio ambiente. Fue denominado así por la ciudad en Japón donde 100 países (incluyendo los Estados Unidos) suscribieron en 1997 un documento mediante el cual se salvaba el UNFCCC que tenía como meta no vinculante que en el 2000 los países industrializados regresaran a los niveles de 1990 de emisión de ciertos gases.
Kioto pospuso las metas para el quinquenio 2008-2012, pero las hizo vinculantes, sin definir sanciones para los países que no cumplieran. (Panamá es signatario tanto del UNFCCC como del Protocolo de Kioto). El acuerdo en Bonn de esta semana llena los vacíos de Kioto y garantiza su ratificación.
Para la Unión Europea el acuerdo de Bonn es un importante logro porque demuestra su capacidad de ejercer liderazgo internacional, independientemente de los Estados Unidos. En marzo, el presidente George Bush (cuyo padre firmó el UNFCCC en 1992) dijo que no apoyaría Kioto porque lo consideraba contrario a los mejores intereses de su país. Hasta el último momento en la cumbre del G-8 en Génova esta misma semana, Bush trató sin éxito de descarrilar el esfuerzo en Bonn.
Pero quizá más importante aún, el acuerdo en Bonn es el resultado de más de una década de persistente cabildeo por parte de los ambientalistas, no sólo a los políticos sino también a los científicos, empresarios, obreros y la población en general.
A la postre, cuando se inventarien los beneficios que sin duda producirán estos acuerdos, no habrá que agradecerle sólo a los líderes que suscribieron estos acuerdos y se vanagloriaron públicamente; tendremos que también agradecerle a ese grupo de idealistas, soñadores y visionarios, sin nombres ni caras, quienes realmente, tras bastidores, encausaron la discusión.
En vez de definir detalles, que eran inalcanzables en 1992 con la información científica disponible y las actitudes entonces prevalecientes, el UNFCCC estableció el marco de discusión periódica dentro del cual se producirían dichos detalles por medio de enmiendas o protocolos.
El Protocolo de Kioto, que complementa el UNFCCC, marca otro hito importante en el avance hacia la protección del medio ambiente. Fue denominado así por la ciudad en Japón donde 100 países (incluyendo los Estados Unidos) suscribieron en 1997 un documento mediante el cual se salvaba el UNFCCC que tenía como meta no vinculante que en el 2000 los países industrializados regresaran a los niveles de 1990 de emisión de ciertos gases.
Kioto pospuso las metas para el quinquenio 2008-2012, pero las hizo vinculantes, sin definir sanciones para los países que no cumplieran. (Panamá es signatario tanto del UNFCCC como del Protocolo de Kioto). El acuerdo en Bonn de esta semana llena los vacíos de Kioto y garantiza su ratificación.
Para la Unión Europea el acuerdo de Bonn es un importante logro porque demuestra su capacidad de ejercer liderazgo internacional, independientemente de los Estados Unidos. En marzo, el presidente George Bush (cuyo padre firmó el UNFCCC en 1992) dijo que no apoyaría Kioto porque lo consideraba contrario a los mejores intereses de su país. Hasta el último momento en la cumbre del G-8 en Génova esta misma semana, Bush trató sin éxito de descarrilar el esfuerzo en Bonn.
Pero quizá más importante aún, el acuerdo en Bonn es el resultado de más de una década de persistente cabildeo por parte de los ambientalistas, no sólo a los políticos sino también a los científicos, empresarios, obreros y la población en general.
A la postre, cuando se inventarien los beneficios que sin duda producirán estos acuerdos, no habrá que agradecerle sólo a los líderes que suscribieron estos acuerdos y se vanagloriaron públicamente; tendremos que también agradecerle a ese grupo de idealistas, soñadores y visionarios, sin nombres ni caras, quienes realmente, tras bastidores, encausaron la discusión.