Turismo saboteado
Uno de nuestros editorialistas tuvo que viajar a una reunión internacional celebrada en Costa Rica. Al salir del aeropuerto en su capital, San José, había varios autos color sandía en fila, brillantes, sin golpes y con choferes debidamente uniformados. Entre ellos había un capitán que preguntaba al pasajero hacia dónde deseaba ir y luego designaba al conductor que lo llevaría. En otra palabras, en dicho país tienen muy bien organizado el servicio de transporte turístico. El visitante al llegar, de inmediato recibe una buena impresión. Desgraciadamente, no sucede aquí lo mismo para recibir a quienes nos visitan. El servicio de taxis y de autobuses inspira una mezcla de menosprecio con lástima.
Abundan las unidades en que tanto el auto como su conductor merecen ser revisados y considerados por nuestras autoridades y en ello convendría que se hiciera sentir el Instituto Panameño de Turismo.
Una enorme cantidad de taxis deja mucho que desear. Algunos motores producen ruido semejante al de los aviones que despegan, o conducen al pasajero bajo un incesante traqueteo. El ocupante no va en un auto sino en una matraca disfrazada de auto que ofrece la impresión de que se desbaratará en plena vía.
En cuanto a los conductores es preciso hacerles entender que el pasajero es dueño, muy propietario del tiempo que dure la carrera. Tiene todo el derecho a ser conducido a satisfacción y no a la de quien lo transporta, casi siempre oyendo una música estridente que aturde y si le solicita efectuar la carrera en silencio, usualmente no se acoge la solicitud porque lo que le importa al chofer es su comodidad y no la del pasajero.
Debemos modificar de una buena vez el estado de cosas imperantes en nuestro transporte público; la imagen que ofrece es tan vergonzosa como irritante. Es hora de que los funcionarios de la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre y los del Instituto Panameño de Turismo afronten y resuelvan la situación.
Abundan las unidades en que tanto el auto como su conductor merecen ser revisados y considerados por nuestras autoridades y en ello convendría que se hiciera sentir el Instituto Panameño de Turismo.
Una enorme cantidad de taxis deja mucho que desear. Algunos motores producen ruido semejante al de los aviones que despegan, o conducen al pasajero bajo un incesante traqueteo. El ocupante no va en un auto sino en una matraca disfrazada de auto que ofrece la impresión de que se desbaratará en plena vía.
En cuanto a los conductores es preciso hacerles entender que el pasajero es dueño, muy propietario del tiempo que dure la carrera. Tiene todo el derecho a ser conducido a satisfacción y no a la de quien lo transporta, casi siempre oyendo una música estridente que aturde y si le solicita efectuar la carrera en silencio, usualmente no se acoge la solicitud porque lo que le importa al chofer es su comodidad y no la del pasajero.
Debemos modificar de una buena vez el estado de cosas imperantes en nuestro transporte público; la imagen que ofrece es tan vergonzosa como irritante. Es hora de que los funcionarios de la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre y los del Instituto Panameño de Turismo afronten y resuelvan la situación.