“Un aire polar” entre Alemania y Estados Unidos
Para una preponderante mayoría de los europeos, Estados Unidos (EU) retiene la imagen de la potencia que más ha contribuido a la lucha contra los totalitarismos y en defensa de la democracia representativa. Por eso las desavenencias que están surgiendo a raíz de lo que muchos perciben como el unilateralismo del presidente George Bush, tienden a discutirse más bien a puertas cerradas, aunque a veces se deslizan a la luz pública como en el caso de las declaraciones del canciller alemán Gerhard Schroeder en oposición a un ataque a Irak. No obstante, y aunque los ministros de relaciones exteriores de Alemania y EU insisten que las relaciones siguen “cordiales y estrechas”, nadie en esta capital pone en duda que por el momento “un aire polar” existe entre los gobernantes de ambos países, como bien lo definió un embajador acreditado aquí.
Por cierto, tras la impresionante victoria de los republicanos en las recientes elecciones a George Bush poco le puede importar la muy mala imagen que tiene ante Schroeder y otros gobernantes de Europa, quizás con la sola excepción del primer ministro británico, Tony Blair, y su homólogo italiano, Berlusconi. Porque donde su popularidad realmente importa, en EU, Bush ha demostrado a través de la avalancha de votos que consiguieron los republicanos, que por ahora que ésta sigue siendo arrolladora. “La victoria de los republicanos no deja lugar a dudas por mucho que aleguen ahora algunos la baja participación electoral o su enorme ventaja en la captación de fondos debida a su íntima relación y cooperación con las grandes corporaciones que tantos favores le deben y tanto se prometen de los planes del presidente para un futuro cercano,” sentencia El País de Madrid. Tampoco pasó desapercibido en Europa la lastimosa e indecisa postura que caracterizó la campana de los demócratas. El partido de Franklin Roosevelt, Truman y Kennedy no tenía siquiera un líder como Clinton y un mensaje sólido para contrarrestar tanta contundencia que claramente se benefició con el cínico estribillo de Bush: “en plena guerra contra el terrorismo, el que no está conmigo es nuestro enemigo”.
La crisis en que se ha hundido la economía norteamericana con Bush tras los florecientes años de crecimiento con Clinton no ha alcanzado el suficiente dramatismo como para disputar el puesto de máxima preocupación a la lucha contra el terrorismo y una inseguridad cuya percepción por parte de la sociedad tan efectivamente ha sabido generar la actual Administración. Pero hay un pequeño lugar en el mundo donde la popularidad de Bush es, incluso, mayor que entre los ciudadanos del imperio. Está a miles de kilómetros de sus costas y se llama Israel. Allí los resultados norteamericanos han sido recibidos con entusiasmo, y no sólo por esos dos otros grandes halcones, Ariel Sharon y Benjamín Bibi Netanyahu, que se disputan ya encarnizadamente el derecho de dirigir el próximo gobierno israelí, disfrutar de los réditos de una victoria sobre Irak que creen segura y rápida y aprovechar el momento para llevar a cabo ‘de una vez por todas’ la eliminación de su propio problema: los palestinos que viven en Cisjordania y Gaza.
“Nada más jurar el cargo de ministro de Exteriores en el Gobierno interino, Bibi anunció que bajo él jamás habrá un Estado palestino, y prometió una política de represión más contundente que la de su primer ministro y rival en el Likud,” comenta El País. “Como Bush, el vencedor de estos halcones se enfrentará a un Partido Laborista dividido y acomplejado por su complicidad con Sharon hasta hace unos días y sin liderazgo definido. En Israel se barajan dos escenarios para después de la victoria de EU en Irak. Uno, temido por muchos, es que Bush intente apagar el incendio en el mundo árabe imponiendo una rápida creación del Estado palestino. Otros halcones son más optimistas y creen que, tras la guerra, Bush buscará otro enemigo para ir preparando el ambiente para su reelección en 2004”.
La impopularidad del apoyo de Bush al gobierno de Jerusalén es la vía indirecta que siguen algunos sectores políticos para deslizar las críticas a Washington que no se permiten hacer de forma frontal. Es como cuando Jakob Talmon, un famoso profesor de filosofía de la Universidad Hebraica de Jerusalén, usaba un proverbio judío para ilustrar la práctica del reproche indirecto: “Critico a mi hija, pero es la nuera quien debiera darse por aludida. Puede ser cierto que en todo ese tiempo de confusión internacional algunos ven la gran oportunidad de llevar leñas al juego antiyanqui, pero en Alemania este ejercicio se limita a los grupillos neonazis, por lo menos hasta el momento. Fue nadie menos que Henry Kissinger quien, en un obvio ataque a Schroeder, advirtió la semana pasada que el “antiyanquismo podría convertirse en un axioma de la política exterior alemana”, una aseveración que de inmediato despertó fuertes críticas en la prensa alemana.
Michael Naumann, el respetado co-editor del prestigioso semanario “Die Zeit”, denunció el análisis de Kissinger como un caso de “histeria”, aunque reconoce que seguramente es compartido por un buen número comentaristas estadounidenses.
“No obstante, es un análisis injusto”, afirma Naumann, recordando los numerosos compromisos adoptados por Schroeder en defensa de la democracia y los derechos humanos, inclusive el envío de tropas de paz alemanas a Kosovo y el decido apoyo que su gobierno ha prestado a la ONU, en la cual en enero entrará a ocupar un lugar en el Consejo de Seguridad.
Por cierto, tras la impresionante victoria de los republicanos en las recientes elecciones a George Bush poco le puede importar la muy mala imagen que tiene ante Schroeder y otros gobernantes de Europa, quizás con la sola excepción del primer ministro británico, Tony Blair, y su homólogo italiano, Berlusconi. Porque donde su popularidad realmente importa, en EU, Bush ha demostrado a través de la avalancha de votos que consiguieron los republicanos, que por ahora que ésta sigue siendo arrolladora. “La victoria de los republicanos no deja lugar a dudas por mucho que aleguen ahora algunos la baja participación electoral o su enorme ventaja en la captación de fondos debida a su íntima relación y cooperación con las grandes corporaciones que tantos favores le deben y tanto se prometen de los planes del presidente para un futuro cercano,” sentencia El País de Madrid. Tampoco pasó desapercibido en Europa la lastimosa e indecisa postura que caracterizó la campana de los demócratas. El partido de Franklin Roosevelt, Truman y Kennedy no tenía siquiera un líder como Clinton y un mensaje sólido para contrarrestar tanta contundencia que claramente se benefició con el cínico estribillo de Bush: “en plena guerra contra el terrorismo, el que no está conmigo es nuestro enemigo”.
La crisis en que se ha hundido la economía norteamericana con Bush tras los florecientes años de crecimiento con Clinton no ha alcanzado el suficiente dramatismo como para disputar el puesto de máxima preocupación a la lucha contra el terrorismo y una inseguridad cuya percepción por parte de la sociedad tan efectivamente ha sabido generar la actual Administración. Pero hay un pequeño lugar en el mundo donde la popularidad de Bush es, incluso, mayor que entre los ciudadanos del imperio. Está a miles de kilómetros de sus costas y se llama Israel. Allí los resultados norteamericanos han sido recibidos con entusiasmo, y no sólo por esos dos otros grandes halcones, Ariel Sharon y Benjamín Bibi Netanyahu, que se disputan ya encarnizadamente el derecho de dirigir el próximo gobierno israelí, disfrutar de los réditos de una victoria sobre Irak que creen segura y rápida y aprovechar el momento para llevar a cabo ‘de una vez por todas’ la eliminación de su propio problema: los palestinos que viven en Cisjordania y Gaza.
“Nada más jurar el cargo de ministro de Exteriores en el Gobierno interino, Bibi anunció que bajo él jamás habrá un Estado palestino, y prometió una política de represión más contundente que la de su primer ministro y rival en el Likud,” comenta El País. “Como Bush, el vencedor de estos halcones se enfrentará a un Partido Laborista dividido y acomplejado por su complicidad con Sharon hasta hace unos días y sin liderazgo definido. En Israel se barajan dos escenarios para después de la victoria de EU en Irak. Uno, temido por muchos, es que Bush intente apagar el incendio en el mundo árabe imponiendo una rápida creación del Estado palestino. Otros halcones son más optimistas y creen que, tras la guerra, Bush buscará otro enemigo para ir preparando el ambiente para su reelección en 2004”.
La impopularidad del apoyo de Bush al gobierno de Jerusalén es la vía indirecta que siguen algunos sectores políticos para deslizar las críticas a Washington que no se permiten hacer de forma frontal. Es como cuando Jakob Talmon, un famoso profesor de filosofía de la Universidad Hebraica de Jerusalén, usaba un proverbio judío para ilustrar la práctica del reproche indirecto: “Critico a mi hija, pero es la nuera quien debiera darse por aludida. Puede ser cierto que en todo ese tiempo de confusión internacional algunos ven la gran oportunidad de llevar leñas al juego antiyanqui, pero en Alemania este ejercicio se limita a los grupillos neonazis, por lo menos hasta el momento. Fue nadie menos que Henry Kissinger quien, en un obvio ataque a Schroeder, advirtió la semana pasada que el “antiyanquismo podría convertirse en un axioma de la política exterior alemana”, una aseveración que de inmediato despertó fuertes críticas en la prensa alemana.
Michael Naumann, el respetado co-editor del prestigioso semanario “Die Zeit”, denunció el análisis de Kissinger como un caso de “histeria”, aunque reconoce que seguramente es compartido por un buen número comentaristas estadounidenses.
“No obstante, es un análisis injusto”, afirma Naumann, recordando los numerosos compromisos adoptados por Schroeder en defensa de la democracia y los derechos humanos, inclusive el envío de tropas de paz alemanas a Kosovo y el decido apoyo que su gobierno ha prestado a la ONU, en la cual en enero entrará a ocupar un lugar en el Consejo de Seguridad.