Un año de cenizas, o de esperanzas
El primero de enero amaneció como si fuera marzo. Un viento intrépido retumbaba sobre los techos y remecía las ramas de los árboles imponiendo su fuerza emoliente, aún sobre las esporádicas detonaciones de las bombitas que los niños explotaban por la calle, celebrando los resquicios agonizantes de un año perdido para siempre.
Una muchacha que barría en el patio los últimos escombros siderales de la parranda del año nuevo, fue envuelta de repente por una densa nube de polvo que la desvaneció, "carajo" dijo, "me lleva el diablo"; y yo imaginé por un instante el demonio con patas de burro cargando a cuestas a la mujer cuya sonrisa resplandecía de placer entre los soportes de azufre de la criatura infernal.
Pero es año nuevo y el día, además del extraño viento de la mañana, de los niños explotando las últimas bombitas de pascuas, y de la muchacha barriendo en el patio, rebuscando entre los remolinos de polvo la presencia ancestral del diablo para su fuga final hacia otra galaxia improbable, es necesario para recordar las promesas que se han venido haciendo tiempo atrás, como una entrada virtual hacia la salvación.
Y es que somos reos universales, prototipos increíbles de la destrucción, almas torcidas por las pestilencias de la maldad. Entonces debemos hacer un paréntesis en los ciclos turbulentos de nuestras vidas y prometernos la paz. Basta de caer tantas veces al abismo, de ser vagabundo de soledades, pordioseros de miserias y creer por un instante en el cielo de los impolutos, aunque continuemos marcados por los latigazos del infierno.
Dicen que cada nuevo año, en el punto exacto de la orbita celestial, el planeta se estremece con las ráfagas fugaces del bostezo universal de la vida. Es un movimiento tenue pero vivificante, como si un control infinito recordara a los entes diminutos del cosmo que existe una presencia poderosa que los mantiene palpitando. Pero ahora recuerdo que este primero de enero se me parece marzo, por los vientos enredados en los árboles o por alguna muchacha que barre en el patio los escombros residuales de un planeta girando en un tiempo perdido.
Me parece otro tiempo a pesar de prometerme la esperanza, de prometerme la gloria aunque esa esencia esté fuera del alcance de mis torpes manos mortales. Pero sueño por instante con un planeta azul girando en heridas; que somos, de veras, semillas mágicas que procrea bondades y no adversidades, que procura alegría y no rencores, que busca la salvación y no el abismo.
La televisión me saca de mis sueños: otros han seguido muriendo arrastrado por los vientos de la violencia: la presencia satánica de la maldad merodea por las calles y busca el aliento de los irracionales, los sopores mórbidos de la desgracia, y en esta forma crímenes, suicidios, intrigas y felonías se esparcen como un naciente abanico de emociones torcidas aún sobre las esporádicas explosiones de las bombitas que los niños suelen explotar en las calles, sobre el desaliento de la muchacha que a pesar del viento, agrupa los desperdicios con la esperanza quimérica de algún demonio irrumpiendo en su memoria para que la rescate para siempre de la muerte y aun sobre el viento que se parece a las brisas de marzo, aunque el almanaque indique un primero de enero improbable en nuestras vidas y que pareciera que, el tiempo ha trastocado el sentido de las cosas, para indicarnos que el mundo ha iniciado su ciclo universal de la destrucción.
Ahora en esta mañana de enero, creo en un nuevo año de esperanzas para empezar sin heridas o para morir con el cuerpo cubierto de cenizas.
Una muchacha que barría en el patio los últimos escombros siderales de la parranda del año nuevo, fue envuelta de repente por una densa nube de polvo que la desvaneció, "carajo" dijo, "me lleva el diablo"; y yo imaginé por un instante el demonio con patas de burro cargando a cuestas a la mujer cuya sonrisa resplandecía de placer entre los soportes de azufre de la criatura infernal.
Pero es año nuevo y el día, además del extraño viento de la mañana, de los niños explotando las últimas bombitas de pascuas, y de la muchacha barriendo en el patio, rebuscando entre los remolinos de polvo la presencia ancestral del diablo para su fuga final hacia otra galaxia improbable, es necesario para recordar las promesas que se han venido haciendo tiempo atrás, como una entrada virtual hacia la salvación.
Y es que somos reos universales, prototipos increíbles de la destrucción, almas torcidas por las pestilencias de la maldad. Entonces debemos hacer un paréntesis en los ciclos turbulentos de nuestras vidas y prometernos la paz. Basta de caer tantas veces al abismo, de ser vagabundo de soledades, pordioseros de miserias y creer por un instante en el cielo de los impolutos, aunque continuemos marcados por los latigazos del infierno.
Dicen que cada nuevo año, en el punto exacto de la orbita celestial, el planeta se estremece con las ráfagas fugaces del bostezo universal de la vida. Es un movimiento tenue pero vivificante, como si un control infinito recordara a los entes diminutos del cosmo que existe una presencia poderosa que los mantiene palpitando. Pero ahora recuerdo que este primero de enero se me parece marzo, por los vientos enredados en los árboles o por alguna muchacha que barre en el patio los escombros residuales de un planeta girando en un tiempo perdido.
Me parece otro tiempo a pesar de prometerme la esperanza, de prometerme la gloria aunque esa esencia esté fuera del alcance de mis torpes manos mortales. Pero sueño por instante con un planeta azul girando en heridas; que somos, de veras, semillas mágicas que procrea bondades y no adversidades, que procura alegría y no rencores, que busca la salvación y no el abismo.
La televisión me saca de mis sueños: otros han seguido muriendo arrastrado por los vientos de la violencia: la presencia satánica de la maldad merodea por las calles y busca el aliento de los irracionales, los sopores mórbidos de la desgracia, y en esta forma crímenes, suicidios, intrigas y felonías se esparcen como un naciente abanico de emociones torcidas aún sobre las esporádicas explosiones de las bombitas que los niños suelen explotar en las calles, sobre el desaliento de la muchacha que a pesar del viento, agrupa los desperdicios con la esperanza quimérica de algún demonio irrumpiendo en su memoria para que la rescate para siempre de la muerte y aun sobre el viento que se parece a las brisas de marzo, aunque el almanaque indique un primero de enero improbable en nuestras vidas y que pareciera que, el tiempo ha trastocado el sentido de las cosas, para indicarnos que el mundo ha iniciado su ciclo universal de la destrucción.
Ahora en esta mañana de enero, creo en un nuevo año de esperanzas para empezar sin heridas o para morir con el cuerpo cubierto de cenizas.