Un año de esperanza <br>
Comienza el Año Nuevo y con él, las predicciones sobre como se comportará la economía. El desempleo y la pobreza continúan siendo los problemas sociales más graves que afectan a los panameños y por ello las esperanzas de todos se enfocan en la posibilidad de crear un clima de progreso económico que permita atraer nuevas inversiones y desarrollar las empresas existentes.
Uno de los índices que utilizan los economistas para proyectar el nivel de crecimiento es el Producto Interno Bruto que aunque solamente mide el aumento o disminución en la producción de bienes y servicios, y esto no es directamente proporcional a la generación de empleo, si nos sirve como indicador aproximado de progreso.
Para 1999 concurren una vez más los pronósticos optimistas y pesimistas que generalmente coinciden con la posición política de sus defensores. A pesar de que los métodos de análisis utilizados para la proyección debieran ser científicos, el Gobierno Nacional trata siempre de ofrecer una buena imagen que justifique sus medidas económicas de ajuste, y la Oposición por su parte busca presentar una situación negativa para criticar lo que se está haciendo. Normalmente los resultados se encuentran entre ambos extremos.
Lamentablemente casi todos los analistas insisten en subrayar la incidencia que tiene el ambiente internacional sobre nuestra economía dejando poco espacio a lo que los panameños podemos hacer para cambiarlo. El fenómeno del Niño y de la Niña, la crisis asiática, el precio del petróleo, la apertura comercial y la deuda externa se mencionan como los principales condicionantes en nuestras aspiraciones de lograr el desarrollo que requerimos, y en cada caso es muy poco lo que podrá variarse.
Sin embargo el elemento que realmente marca la diferencia entre el éxito y el fracaso, y que pocas veces se menciona, es la voluntad de todos los panameños por llevar adelante la economía a pesar de los obstáculos que se presenten. Nadie se hubiera imaginado la rápida recuperación económica de Panamá después de la crisis vivida a finales de 1980, ni la reactivación comercial después del saqueo tras la invasión. En ambos casos prevaleció la determinación de empresarios y trabajadores con el apoyo de toda la población por reconstruir el sector productivo a partir de las cenizas.
Ese es el reto que tenemos frente al nuevo año. Contamos con un país que dispone de recursos naturales, una población capaz y ahora, con la reversión de los bienes del canal, una riqueza que había sido vedada para nuestro desarrollo. Esa combinación debe producir excelentes resultados durante el último año de este siglo.
Uno de los índices que utilizan los economistas para proyectar el nivel de crecimiento es el Producto Interno Bruto que aunque solamente mide el aumento o disminución en la producción de bienes y servicios, y esto no es directamente proporcional a la generación de empleo, si nos sirve como indicador aproximado de progreso.
Para 1999 concurren una vez más los pronósticos optimistas y pesimistas que generalmente coinciden con la posición política de sus defensores. A pesar de que los métodos de análisis utilizados para la proyección debieran ser científicos, el Gobierno Nacional trata siempre de ofrecer una buena imagen que justifique sus medidas económicas de ajuste, y la Oposición por su parte busca presentar una situación negativa para criticar lo que se está haciendo. Normalmente los resultados se encuentran entre ambos extremos.
Lamentablemente casi todos los analistas insisten en subrayar la incidencia que tiene el ambiente internacional sobre nuestra economía dejando poco espacio a lo que los panameños podemos hacer para cambiarlo. El fenómeno del Niño y de la Niña, la crisis asiática, el precio del petróleo, la apertura comercial y la deuda externa se mencionan como los principales condicionantes en nuestras aspiraciones de lograr el desarrollo que requerimos, y en cada caso es muy poco lo que podrá variarse.
Sin embargo el elemento que realmente marca la diferencia entre el éxito y el fracaso, y que pocas veces se menciona, es la voluntad de todos los panameños por llevar adelante la economía a pesar de los obstáculos que se presenten. Nadie se hubiera imaginado la rápida recuperación económica de Panamá después de la crisis vivida a finales de 1980, ni la reactivación comercial después del saqueo tras la invasión. En ambos casos prevaleció la determinación de empresarios y trabajadores con el apoyo de toda la población por reconstruir el sector productivo a partir de las cenizas.
Ese es el reto que tenemos frente al nuevo año. Contamos con un país que dispone de recursos naturales, una población capaz y ahora, con la reversión de los bienes del canal, una riqueza que había sido vedada para nuestro desarrollo. Esa combinación debe producir excelentes resultados durante el último año de este siglo.