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Un balboa para las tunas tableñas


Parece un milagro, pero en ese minúsculo espacio se concentra a veces hasta medio millón de almas perdidas, dependiendo de la opinión que cada quien tenga de esas fiestas. Y los medios nos concentramos tan sólo en lo superficial, esto es en la película, la mojadera y el jolgorio, y cuando no en el desorden y el mal gusto. Pero pocos se ocupan de los preparativos, del puñado de entusiastas que hacen posible el espectáculo, y mucho menos de los que tienen la ingrata labor de dedicar semanas y a veces meses en limpiar el gigantesco muladar que queda tras cinco días de desenfreno.
La precaria infraestructura del lugar colapsa. No es lo mismo servir agua y alcantarillas a diez mil lugareños que a centenares de miles de visitantes. Los sanitarios se hunden y se desbordan. Y a falta del vital líquido se usa licor para asearse y bajar las comidas. Para los diminutos ratones portadores del hanta, aquello debe ser un paraíso. Gente durmiendo y comiendo en el suelo, con montañas de desperdicios esparcidos por doquier.
¿Quién arma el carnaval tableño y quién se encarga de la limpieza después y con qué recursos? En fin, ¿quién paga la cuenta? No por cierto el público que goza del espectáculo y se hace parte de él. Tampoco los toldos y cantinas, ni los comerciantes que lucran del gratuito trabajo ajeno. Incluso es posible que los muy miopes respondan que no es asunto suyo. Pero sí lo es.
Sin el trabajo incesante de las dos tunas, Calle Arriba y Calle Abajo, no habría fiestas, ni suculentas ganancias para las licorerías, ni para los miles de vendedores callejeros que tienen en ellas el único medio de sustento en meses y para solventar los amenazantes gastos escolares.
Del mismo modo, sin el trabajo del municipio, de los representanes de corregimiento y demás autoridades locales, e incluso de los vecinos del lugar, no sería posible reconstruir lo que queda de Las Tablas después de las fiestas. No es sólo las calles y aceras, son las paredes de las casas y edificios, el parque, la grama, los jardines, todo se convierte en un inmenso orinal y depósito de excretas. ¿Quién limpia todo aquello y con qué recursos?
Negarle un balboa por persona a las tunas es más ridículo que su monto. Es más, podría ser diez balboas y sería igual de irrisorio. Hay que proveer una fórmula legal para hacerlo posible, tal cual hacen los Kiwanis en la capital con su desfile de reinas por la Avenida Balboa. Adicionalmente hay que establecer un gravamen municipal para solventar parte de los esfuerzos para restaurar el ornato con posterioridad a las fiestas y, por qué no, para que quede algo como beneficio tras la fugaz fantasía de la que hoy sólo quedan recuerdos y una carga pesada para los anfitriones que se quedan.

101 años de Panamá América

 
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