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Un diálogo particular


Tengo un amigo inmortal. Mejor dicho, que morirá conmigo. Hace unos días cuando levanté la vista del microscopio después de ver cómo se movían los lentos pseudopodios de la célula, siguiendo órdenes del genoma injertado meses atrás, mi amigo se mostró rebosante de felicidad. Era el resultado de un esfuerzo de 200 mil años, desde que el Homo sapiens sapiens se preguntara sobre su origen.

Al ver mi impasibilidad, me miró extrañado. Estás tan tranquilo como si lo que acabas de ver fuera el nacimiento natural de un ser vivo y sin embargo, has dado a luz una nueva vida artificial, dijo sin abrir la boca. Él me conoce tanto o más que yo. Sabe que en cualquier otro momento yo hubiera saltado de la silla y descorchado una botella de espumante. Pero ahora que veo lo que en mi imaginación he visto tantas veces, no hay sorpresa ni emoción alguna. No fue un descubrimiento, ni fue casual, todo fue previsto y ejecutado paso a paso. En la ciencia el método es la llave del éxito.

La creación no es una cualidad del sapiens sapiens. Nosotros no creamos nada, simplemente descubrimos y transformamos lo que ya está creado. Trabajamos sobre la materia disponible. Crear es hacer o partir de la nada y nosotros, los Homo sapiens “cientificus” no podemos creer ni crear de la Nada. Estamos diseñados para creer, somos una tribu de creyentes en el pensamiento lógico. Si aceptamos la Nada nunca descubriríamos nada, ni podríamos transformar la naturaleza. Me miró profundamente, hasta mi núcleo neurológico de la sinceridad. Al poco rato sonrió y guardó silencio.

Él no necesita decir nada porque nuestro diálogo es puro significado, una sucesión de palabras sin sonido. Hablamos un idioma conceptual que carece de significantes. Lo que determina nuestra relación no es la competencia, pues tengo que admitir que mi amigo es el depositario de lo que desconozco y de lo que está más allá de lo que puedo comprender, aunque de tanto en tanto me tire migajas para continuar con mi tarea de hacer pan para la ciencia. La vida es un largo proceso en movimiento. Una sucesión de reacciones bio-psico-físico-químicas sobre una matriz dotada de una energía vital hasta ahora desconocida. El laboratorio no ha superado a la naturaleza. El Hombre sólo se aproxima a Dios cuando concibe a otro ser humano o cuando lo instruye. Ahora mi amigo vuelve a sonreír.

Algo debe quedar claro en esta confesión sin mensajero ni juez que la obligue. Nuestro diálogo no tiene interrupción ni intermediarios. No utilizamos mensajeros porque éstos suelen terminar acallados por la censura o la ignorancia. Tampoco necesitamos de amanuenses. Nuestra lengua carece de símbolos y metáforas debido a que en sus escritos el Hombre tiende a fabular con un limitado idioma imperfecto del que Dios carece. Mi amigo y yo nos entendemos en el idioma del silencio.

101 años de Panamá América

 
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