Un Estado que no supervisa
Si existieran manuales para vivir en democracia, censurarían el excesivo tamaño de los gobiernos, y más su desproporcionada presencia y notoriedad en la sociedad o, lo que es lo mismo, el exagerado ruido que hacen al moverse.
Un Estado democrático ideal, según el imaginario epítome del que hablamos, goza de un gobierno tan pequeño que se hace imperceptible.
Panamá mantiene otros itinerarios. Durante más de cien años las acciones de gobierno, de todos los gobiernos, han causado tormentas; ríos de tinta se han salido de sus cauces para informar lo que se hace y lo que no; funcionarios de todas las índoles han estado por doquier haciéndose notar y provocando con sus "ruidos" reacciones de lo más diversas.
Curioso es que la ciclópea presencia oficial en la vida diaria, se torna en exceso palmaria cuando se obvian acciones y, en consecuencia, la calidad de vida de los ciudadanos decrece. Ocurre cuando no se tienen los supervisores para que impere el orden vehicular. Sucede cuando no hay gente preparada que evite la introducción de productos médicos o alimenticios contaminados o de mala calidad. Se da cuando no existe quien pueda impedir desórdenes en la construcción de edificios y carreteras, o cuando las agencias de seguridad andan al garete.
Asusta que un gobierno en pleno siglo XXI apueste más a la burocracia y no a equipos de trabajo eficientes, con énfasis en el control y la supervisión. Muchos escándalos se evitarían si se atendiera la voz que aconseja vigilar la calidad cuando se compra la harina, y no cuando ya se han roto las galletas.
Un Estado democrático ideal, según el imaginario epítome del que hablamos, goza de un gobierno tan pequeño que se hace imperceptible.
Panamá mantiene otros itinerarios. Durante más de cien años las acciones de gobierno, de todos los gobiernos, han causado tormentas; ríos de tinta se han salido de sus cauces para informar lo que se hace y lo que no; funcionarios de todas las índoles han estado por doquier haciéndose notar y provocando con sus "ruidos" reacciones de lo más diversas.
Curioso es que la ciclópea presencia oficial en la vida diaria, se torna en exceso palmaria cuando se obvian acciones y, en consecuencia, la calidad de vida de los ciudadanos decrece. Ocurre cuando no se tienen los supervisores para que impere el orden vehicular. Sucede cuando no hay gente preparada que evite la introducción de productos médicos o alimenticios contaminados o de mala calidad. Se da cuando no existe quien pueda impedir desórdenes en la construcción de edificios y carreteras, o cuando las agencias de seguridad andan al garete.
Asusta que un gobierno en pleno siglo XXI apueste más a la burocracia y no a equipos de trabajo eficientes, con énfasis en el control y la supervisión. Muchos escándalos se evitarían si se atendiera la voz que aconseja vigilar la calidad cuando se compra la harina, y no cuando ya se han roto las galletas.