Un héroe de verdad en tiempos de guerra
Mientras quienes hacen la guerra en Irak se ufanaban en acreditarse más destrucción, muertos y heridos, en Bangkok, Tailandia, fallecía silenciosamente, prácticamente solo, el más grande héroe de estos días. Se trata del médico italiano de la Organización Mundial de Salud (OMS), Carlo Urbani.
Urbani, de tan sólo 46 años, en la cúspide de su profesión, murió contagiado del virus de la neumonía atípica china, el mismo que -tras arduo esfuerzo e infinitas horas de trabajo - él había descubierto pocos días antes, luego de examinar fluidos de un paciente fallecido en un hospital de Hanoi, Vietnam.
El médico se convertía así en la víctima fatal número 55 de un total de 500 casos de contagio reportados en distintos países de Asia y América del Norte. El porcentaje de muertes registrado es altísimo, comparado con cualquier otra enfermedad de nuestra época, - con excepción del cáncer y el SIDA - con la agravante de la fácil transmisibilidad vía aérea del virus, sobre todo en centros muy poblados y lugares distantes.
En Singapur, en desesperado intento para detener el vertiginoso avance de la enfermedad, se decretó una alerta sanitaria que obligó a todos sus ciudadanos - salvo excepciones - permanecer en casa por una semana. Hasta el momento de la drástica medida, 17 personas habían muerto en el país producto del virus y casi un centenar guardaba cama.
El virus, como toda gripe, es tan contagioso y sus efectos tan traicioneros y peligrosos, que puede convertir al riesgo de dengue en todas sus variantes, en un juego de niños. Hasta hoy, no hay antídoto para la enfermedad, que no sea prevenirla evitando aglomeraciones, usando mascarillas y esquivando la cercanía de personas infectadas. De hecho el virus ha cobrado hasta hoy tantas vidas como las sufridas por los países aliados en lo que va del conflicto contra Irak.
En ese tétrico escenario, la figura del doctor Carlo Urbani se agigantaba a la altura de los muchos mártires de la Ciencia, que lo han dado todo, incluso la vida familiar, personal y la existencia misma, en su lucha ingrata, muchas veces anónima y mal remunerada, contra los grandes azotes de la humanidad.
Nosotros, desde este perdido rincón del planeta queremos elevar una oración por su alma y exaltar sus dotes de filántropo, su valor sin límites y su sacrificio supremo en bien de la salud y el bienestar en el planeta, lo cual cobra hoy mayor significado, cuando muchos desperdician tantos recursos y talento en la industria de la muerte y en cultivar toxinas y enfermedades para eliminar a sus semejantes.
Urbani, de tan sólo 46 años, en la cúspide de su profesión, murió contagiado del virus de la neumonía atípica china, el mismo que -tras arduo esfuerzo e infinitas horas de trabajo - él había descubierto pocos días antes, luego de examinar fluidos de un paciente fallecido en un hospital de Hanoi, Vietnam.
El médico se convertía así en la víctima fatal número 55 de un total de 500 casos de contagio reportados en distintos países de Asia y América del Norte. El porcentaje de muertes registrado es altísimo, comparado con cualquier otra enfermedad de nuestra época, - con excepción del cáncer y el SIDA - con la agravante de la fácil transmisibilidad vía aérea del virus, sobre todo en centros muy poblados y lugares distantes.
En Singapur, en desesperado intento para detener el vertiginoso avance de la enfermedad, se decretó una alerta sanitaria que obligó a todos sus ciudadanos - salvo excepciones - permanecer en casa por una semana. Hasta el momento de la drástica medida, 17 personas habían muerto en el país producto del virus y casi un centenar guardaba cama.
El virus, como toda gripe, es tan contagioso y sus efectos tan traicioneros y peligrosos, que puede convertir al riesgo de dengue en todas sus variantes, en un juego de niños. Hasta hoy, no hay antídoto para la enfermedad, que no sea prevenirla evitando aglomeraciones, usando mascarillas y esquivando la cercanía de personas infectadas. De hecho el virus ha cobrado hasta hoy tantas vidas como las sufridas por los países aliados en lo que va del conflicto contra Irak.
En ese tétrico escenario, la figura del doctor Carlo Urbani se agigantaba a la altura de los muchos mártires de la Ciencia, que lo han dado todo, incluso la vida familiar, personal y la existencia misma, en su lucha ingrata, muchas veces anónima y mal remunerada, contra los grandes azotes de la humanidad.
Nosotros, desde este perdido rincón del planeta queremos elevar una oración por su alma y exaltar sus dotes de filántropo, su valor sin límites y su sacrificio supremo en bien de la salud y el bienestar en el planeta, lo cual cobra hoy mayor significado, cuando muchos desperdician tantos recursos y talento en la industria de la muerte y en cultivar toxinas y enfermedades para eliminar a sus semejantes.