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Un hombre fundamentalmente honesto


En días pasados, nos dimos cita religiosa para despedir de entre nosotros a Ricardo Enrique Icaza Epperson, hasta hace poco, Secretario General del Ministerio de Obras Públicas. El se proponía viajar, en compañía del ministro Moisés Castillo, a la provincia de Chiriquí, para cumplir compromisos oficiales.
Hasta aquí el hecho escueto, concluyente e ineludible a que todos estamos llamados al final de la existencia. De ahora en adelante, apreciado lector, encontrarás algunas reflexiones que nos hacemos sobre el por qué un hombre fundamentalmente honesto arriesga en política su prestigio, ganado y cimentado a lo largo de toda una vida (y con frecuencia varias generaciones) de lucha y esfuerzo.
"La única satisfacción por lo que hacemos bien, es haberlo hecho", sentenció admonitivo alguna vez Ralph Waldo Emerson... como para esculpirlo en bronce. Por su parte, Marie Curie nos recuerda - con igual selectividad - aquello de que "nunca pensamos en lo ya hecho, sino en lo que continúa pendiente por hacer".
Tal vez, agregaría yo, con respeto reverencial a estas figuras cimeras del pensamiento, nuestros pueblos están llamados no sólo a crecer, sino a evolucionar cualitativamente, con base al ejemplo de verdaderos arquetipos, producidos por nosotros mismos. Si los seres humanos somos producto del propio "yo y mis circunstancias", quizás los pueblos no puedan aspirar más allá de superarse a sí mismos. Más todavía. Como hemos podido comprobar en Panamá, al árbol genético de los partidos políticos y sus coaliciones, también va ligado al ambiente cívico y ético nacional, o campo de acción donde desenvuelven sus actividades.
¿Será que partimos de sociedades en las que, en verdad, las grandes mayorías no creen ni en la autoridad ni en la ley, en general, ni en los gobiernos en particular? ¿Nos ha permeado acaso la división y la anarquía histórica, hasta el tuétano de los conglomerados sociales, y por ende, también los partidos políticos? Han existido excepciones a la regla (y bien lo sabía Enrique Icaza), pero, para no ir más lejos...¿cuántas y en qué períodos de nuestra época republicana?
¿Tienen razón quienes opinan que para defendernos de la maledicencia - supuestos amigos y adversarios - al actuar en la vida pública, hay que hacerlo con botas largas de pescar truchas o, como dice otros, con una armadura que nos cubra de los dardos que nos lanzan por la espalda?
¿Podemos pensar siquiera en estos dardos ponzoñosos, cuando actuamos de cara al sol y respondiendo al imperativo deseo de servir a la Patria? Y ¿cómo aceptar la actitud de personas con instrucción superior que ignoran las limitaciones de impuestos, presupuestos e inevitable tramitación burocrática? ¿Qué agregar del irresponsable que sólo saber exigir, sin imaginar siquiera su propia responsabilidad y posible aporte a la resolución de nuestros múltiples problemas?
Podríamos referirnos por igual a encuestas amañadas, antes y después de un período electoral. Bueno, lector amigo, a la tristeza particular que nos embarga por la partida prematura del amigo, hemos querido añadir lo que estimamos cuestionamientos significativos, que afectaron profundamente la vida de Enrique Icaza y el desempeño de sus delicadas funciones. Con ello hemos deseado ahondar en reflexiones que a todos nos conciernen.
Reflexiones por el fallecimiento del amigo Enrique Icaza (y en torno al prestigio del empleado público)

101 años de Panamá América

 
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