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Un mundo de expectativas


Después de darle un respiro a mis lectores por las fiestas de fin de año, vuelvo a mi comunicación semanal, para reanudar mis comentarios sobre temas que estimo puedan interesarles. Y en esta oportunidad voy a referirme al clima de expectación que se vive en la ciudad de Washington y que se proyecta a todo el mundo, por la inauguración de George W. Bush, hijo, como presidente de los Estados Unidos.
Por ser los Estados Unidos la única superpotencia del mundo actual, es imposible soslayar los efectos que conlleva el cambio que ocurrirá en próximo 20 de enero cuando el nuevo presidente se instale en la oficina oval de la Casa Blanca.
El proceso electoral de los Estados Unidos, con todas sus connotaciones, un tanto incomprensibles para los estándares que manejamos en América Latina, finalmente concluyó cuando su congreso, paradójicamente presidido por el actual vicepresidente y candidato perdedor, Albert Gore, desestimó las últimas reclamaciones presentadas por un grupo de congresistas, sobre los resultados del estado de la Florida y quedaron convalidados los 25 votos electorales que le dieron el triunfo a George W. Bush.
Para los estándares políticos que usualmente manejamos en América Latina y también para los que imperan en algunos países de otras latitudes, puede resultar sorprendente que después del grado de intensidad que cobró la disputa por la adjudicación de los votos electorales de la Florida y su cuestionado desenlace, gracias al fallo dividido de la Corte Suprema de la Nación, al final se vuelva a una normalidad inesperada en el proceso de transición, que deja atrás toda esa etapa de disputas y recriminaciones.
Para algunos observadores del ambiente washingtoniano, las circunstancias, que precedieron al reconocimiento del triunfo del señor Bush podrían tornarse en un factor negativo para su liderazgo político, tanto interno como externo. Sin embargo, esa posibilidad no parece posible. Reconociendo su triunfo, independientemente de los defectos o inconsistencias que puedan achacársele al sistema electoral vigente, el nuevo presidente de los Estados Unidos tendrá y ejercerá todas las facultades que como líder de la nación más poderosa de la tierra le aseguran un papel decisivo en los asuntos mundiales, principalmente. Y para ejercerlas contará con el respaldo de la nación como un todo.
El retraso en la iniciación del proceso de transición, con seguridad retardará la ambientación en el cargo del nuevo presidente, pero ese aspecto tampoco tendrá un mayor efecto, habida cuenta de la veteranía comprobada con que cuentan las personas que ha seleccionado para les secretarías (ministerios) de Estado, Defensa y Comercio, amén del apoyo que le representará su vicepresidente, el señor Cheney.
Para los latinoamericanos sí subsisten muchas expectativas e interrogantes que por ahora no podremos resolver. La administración Clinton, a pesar de que para el consumo corriente los demócratas debieran ser más favorables a una relación más intensa con los países al sur del río Grande, no se distinguió por ningún énfasis especial hacia nuestros países y problemas. Revertir esa tendencia representa un reto muy importante para América Latina y no será nada fácil, especialmente cuando el nuevo gobierno, por todo lo que apunta, tendrá, en primer lugar, que hacerle frente a los peligros de una desaceleración de su economía que la mayoría de los analistas prevén como segura. Sin olvidar, otros problemas, igualmente urgentes, como son el conflicto del Medio Oriente y los atisbos del nuevo acuerdo de cooperación que negocian chinos y rusos, indiscutiblemente encaminado a contrabalancear la hegemonía norteamericana.
En las circunstancias anteriores, no parece probable que la América Latina sea foco de la atención prioritaria del nuevo gobierno, durante sus primeros meses en el cargo. Sin embargo, esa desventaja inicial puede revertirse, aprovechando la coyuntura que abre la próxima Cumbre de las Américas del mes de abril en la ciudad de Quebec y a la que seguramente asistirá el presidente Bush. Será, entonces, importante que a ese encuentro vayamos con una agenda bien preparada que nos asegure un diálogo fructífero y resultados positivos.

101 años de Panamá América

 
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