Un país convulsionado
El panorama social que nuestro país es altamente preocupante. Existe una inconformidad muy generalizada por las condiciones de vida de los panameños. Varios sectores laborales y profesionales tienen aspiraciones que buscan el mejoramiento económico y sus agremiados. Algunas de estas solicitudes tienen cierta justificación, pero hay otras que buscan, aprovechándose del clima de insatisfacción existente, introducir otros elementos, que le permitan ser conscientes con su línea anárquica de mantener permanentemente a Panamá en un estado de convulsión, intranquilidad y desasosiego.
Tenemos por delante los siguientes hechos:
La clase trabajadora viene aspirando a un ajuste en el salario mínimo que guarda relación con el costo de la canasta básica familiar.
Los educadores buscan reformas al plan de retiro, que conlleva, por supuesto, mayor erogaciones para el estado.
Las enfermeras y los auxiliares de la profesión están detrás de lo mismo.
Los transportistas están negociando aumento en las tarifas de los pasajes.
Los trabajadores de la construcción han iniciado un movimiento para que se les dé a sus agremiados los beneficios de unas jubilaciones especiales.
Los empleados públicos luchan por la efectividad de la carrera administrativa que fue violada por la pasada administración y que la actual, lo continúa haciendo en una escala mayor.
Es decir, los distintos sectores que son los pilares de nuestra sociedad, están empeñados en lograr mejores salarios para sus miembros.
Esas aspiraciones, como digo, algunas legítimas, coinciden, tal vez, en el momento menos apropiado, por la indiscutible desaceleración económica, motivada ésta por diversos factores, entre ellos, el retiro de los norteamericanos de la operación del Canal y de los antiguos sitios de defensa. Esto representa una disminución en nuestros ingresos de alrededor de 300 millones de dólares anuales. El reemplazar los mismos se va a dar, por supuesto, sin la menor duda, pero esto tomará un buen tiempo, período en el cual no queda otro camino que apretarnos todos, bien apretado, el cinturón.
El gobierno debe dar el ejemplo con una política rígida de austeridad que evite el derroche, si quiere crear conciencia de esta realidad. Debe, a la vez, presentar un plan de desarrollo económico que tenga el mayor respaldo posible para lograr la reactivación de los sectores productivos. Si no lo hace, pensando equivocadamente que seguimos viviendo en una época de bonanza, que se prepare entonces, para un largo período de convulsiones sociales muy peligrosas para la estabilidad de nuestras instituciones y de la incipiente democracia que tanto sufrimiento le costó al panameño recuperar.
Está ampliamente demostrado y los ejemplos son muy recientes del fracaso como política económica del paternalismo estatal que todavía algunos, muy pocos, gracias a Dios, lo fomentan.
Es la inversión privada el motor primario de desarrollo y es ella, la empresa privada, la que puede crear las fuentes de trabajo para disminuir el desempleo que nos agobia. Los que persisten en teorías obsoletas, caducas y retardarias- para usar un término hasta ayer muy de moda por los izquierdas radicales- además de estar equivocados de buena o mala fe, le ocasionan, con sus teorías y sus acciones, daños muy graves al país.
Para sobreponernos a las posibles repercusiones que pueda tener el estancamiento en nuestro crecimiento económico, debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad como gobierno y como ciudadanos de un país que busca afanosamente mejorar las condiciones en que viven sus ciudadanos, especialmente los muchos marginados.
Tenemos por delante los siguientes hechos:
La clase trabajadora viene aspirando a un ajuste en el salario mínimo que guarda relación con el costo de la canasta básica familiar.
Los educadores buscan reformas al plan de retiro, que conlleva, por supuesto, mayor erogaciones para el estado.
Las enfermeras y los auxiliares de la profesión están detrás de lo mismo.
Los transportistas están negociando aumento en las tarifas de los pasajes.
Los trabajadores de la construcción han iniciado un movimiento para que se les dé a sus agremiados los beneficios de unas jubilaciones especiales.
Los empleados públicos luchan por la efectividad de la carrera administrativa que fue violada por la pasada administración y que la actual, lo continúa haciendo en una escala mayor.
Es decir, los distintos sectores que son los pilares de nuestra sociedad, están empeñados en lograr mejores salarios para sus miembros.
Esas aspiraciones, como digo, algunas legítimas, coinciden, tal vez, en el momento menos apropiado, por la indiscutible desaceleración económica, motivada ésta por diversos factores, entre ellos, el retiro de los norteamericanos de la operación del Canal y de los antiguos sitios de defensa. Esto representa una disminución en nuestros ingresos de alrededor de 300 millones de dólares anuales. El reemplazar los mismos se va a dar, por supuesto, sin la menor duda, pero esto tomará un buen tiempo, período en el cual no queda otro camino que apretarnos todos, bien apretado, el cinturón.
El gobierno debe dar el ejemplo con una política rígida de austeridad que evite el derroche, si quiere crear conciencia de esta realidad. Debe, a la vez, presentar un plan de desarrollo económico que tenga el mayor respaldo posible para lograr la reactivación de los sectores productivos. Si no lo hace, pensando equivocadamente que seguimos viviendo en una época de bonanza, que se prepare entonces, para un largo período de convulsiones sociales muy peligrosas para la estabilidad de nuestras instituciones y de la incipiente democracia que tanto sufrimiento le costó al panameño recuperar.
Está ampliamente demostrado y los ejemplos son muy recientes del fracaso como política económica del paternalismo estatal que todavía algunos, muy pocos, gracias a Dios, lo fomentan.
Es la inversión privada el motor primario de desarrollo y es ella, la empresa privada, la que puede crear las fuentes de trabajo para disminuir el desempleo que nos agobia. Los que persisten en teorías obsoletas, caducas y retardarias- para usar un término hasta ayer muy de moda por los izquierdas radicales- además de estar equivocados de buena o mala fe, le ocasionan, con sus teorías y sus acciones, daños muy graves al país.
Para sobreponernos a las posibles repercusiones que pueda tener el estancamiento en nuestro crecimiento económico, debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad como gobierno y como ciudadanos de un país que busca afanosamente mejorar las condiciones en que viven sus ciudadanos, especialmente los muchos marginados.